Cambio en el mundo árabe: ¿una posibilidad para México?


Zedryk Raziel

Que en México pueda, o vaya a tener lugar un proceso similar al que experimenta el “mundo árabe”, es un vaticinio (o un deseo) de imposible realización. Cuando menos, por ahora. Ésa es la respuesta que las actuales condiciones de México –diametralmente distintas a las que imperan en aquellos países del norte de África– solicitan para ciertos políticos de la “izquierda” nacional que han postulado la posibilidad, y aun la necesidad, de que la sociedad “aproveche” una serie de circunstancias –no visibles hoy en día– a fin de lograr un cambio en la organización política hacia una “verdadera” democracia, una forma de vida democrática.

Si la similitud histórica, política, económica, étnica y religiosa que generalmente comparten las naciones del mundo árabe, justifica ese “efecto dominó” que comenzó en Túnez y ha tocado ya a una decena de países emparentados, se entiende que difícilmente en México, y en cualquier otra parte del mundo, pueda ocurrir un proceso semejante (China, como se verá, es una excepción razonable). Por negación, la veracidad de este razonamiento derivará de la exposición de los rasgos que justifican y caracterizan el poderoso movimiento social árabe.

Aquellos países han padecido gobiernos dictatoriales conformados hace decenas de años, de lo cual han resultado “venerables” gerontocracias frente al hecho de que un 60 por ciento de la población árabe tiene menos de 30 años, y dos terceras partes es menor de 15. La larga permanencia de esos regímenes trajo consigo una profunda corrupción que regaló innumerables fortunas a los gobernantes y grupos cercanos al poder, “mientras la pobreza y el desempleo, así como la falta de educación y salud, mantenían a enormes sectores de la población en niveles de mera subsistencia y a veces en la hambruna”, como anota Vargas Llosa. En última instancia, apunta el escritor, la corrupción generalizada y un sistema de privilegios “cerraban a la mayoría de la población todos los canales de ascenso económico y social”, y más aún: toda posibilidad de participación política, de ejercicio de la libertad y de respeto a los derechos humanos.

Esta suma de circunstancias justifica, por un lado, que las juventudes árabes, especialmente aquellas egresadas de la universidad –ilustradas, pobres y desempleadas –, conformaran la parte más pujante e insurrecta de los movimientos sociales; y justifica, por otra parte, que esos mismos jóvenes (también adultos) hayan encontrado en las redes sociales, sobre todo Facebook y Twitter, el instrumento extralegal para informarse, comunicarse y coordinarse entre sí, a pesar de los mecanismos de censura que las “satrapías árabes” habían puesto en marcha. Pero que esto quede claro: las redes sociales no han sido razón sino instrumento –muy importante, por cierto–. Las “redes sociales”, como característica aislada de la Sociedad de la Información, son mero instrumento; sólo pueden constituirse en razón si se las considera en conjunto con internet, la telefonía móvil y los medios alternativos de comunicación, vehículos informativos que auspician (aunque no garantizan) el reconocimiento de la propia condición bajo un régimen inmovilizador y enclavado en mitad de un mundo que ve florecer economías y robustas socialdemocracias.

En apariencia paradójico, existen más posibilidades reales de que un proceso como el que recorre el mundo árabe –de explosiva participación política– ocurra en regímenes totalitarios que en sistemas democráticos, como el mexicano (salvadas sean las diferencias). De acuerdo con el politólogo Giovanni Sartori, mientras que los sistemas “horizontales” consienten y promueven un poder popular cuyas exigencias repercuten en la toma de decisiones, y se vuelven reformas y políticas públicas, en los sistemas “verticales” o dictatoriales los mandatos no son, por lo general, reconciliables con las “demandas ascendentes”, y esto por una razón: esos regímenes “impiden la formación autónoma y la libre expresión de la demanda social”, sentencia Sartori. Ésa es la explicación de que la sociedad China, no compartiendo ese lazo histórico que hermana a las naciones árabes, pero consciente de que su circunstancia política actual sí que es semejante e igualmente restrictiva, ha dado señales de inconformidad y movilización social.

Si los movimientos árabes no habían salido a flote anteriormente, es porque ni siquiera “se consideró que fuera posible hacerlo; y cuando en un lugar, eventualmente, surge una chispa que propicia un resultado, desde los otros países se ve la posibilidad de hacer algo similar, sobre todo porque no ocurre en un ámbito extraño, sino dentro de su mundo”, afirma Ricardo Magaña, profesor de Geopolítica en la UNAM. Puesto que el árabe es un movimiento incendiario que anhela la libertad, para Magaña es improbable que las sociedades consientan que se instale un gobierno teocrático como en Irán y Afganistán. Existe un comportamiento consciente de su parte.

Vuelvo: ciertos políticos mexicanos de la “oposición”, y sin duda algunos académicos e intelectuales de izquierda (salvadas sean…), han convocado a la sociedad a la movilización, tomando como ejemplo a las naciones árabes (aunque, en el caso de éstas, la insurrección no surgió de la oposición ni es dirigida por ella: es de cuño social).  Por una razón, hasta ahora, en México no ha sido el caso: el régimen democrático –cuando menos de derecho–. De acuerdo con Magaña, la explicación está en la diferencia: en México “tenemos instituciones políticas, libertades y la posibilidad de revocación de mandato [según la Constitución]. […] Una serie de instancias que nos plantean que existen medios institucionales para poder acceder [a los beneficios de la democracia]”.

Esa circunstancia de “absorción institucional” trae como consecuencia que no exista una razón por la cual fuera necesaria, en México, una movilización como la árabe. “Si viviéramos una situación extrema […] de crisis de legitimidad […] Pero no es el caso”, apunta Magaña.

–¿Y si, por el contrario, hubiera una justificación? Es decir: ¿los ciudadanos mexicanos poseen una cultura cívica que, en efecto, los llevaría a participar de tal forma?

–Si ocurrió en el mundo musulmán, donde hay una cultura cívica infinitamente más atrasada que la nuestra, ¿por qué aquí no? Hemos tenido ejemplos importantes de movilización cuando se ha requerido; por ejemplo, en el tema de [rechazo a la] violencia. La gente se moviliza, aunque sea sólo una jornada. Si esto no ha ido más allá, es porque no se han dado la necesidad ni el caso. Pero [ha habido participación], que es lo importante.

Es un razonamiento cuestionable, claro. Pero igualmente está previsto por la teoría de la democracia. Según Sartori, el sistema democrático dispone de mecanismos institucionales que tienden a producir “resultados de suma positiva” (“nadie pierde todo y todos obtienen algo”), proceso que permite “acomodar” o postergar las demandas de los sectores inconformes.

Y hay una satisfacción espiritual en el sentirse atendido y escuchado…

 

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Comments
2 Responses to “Cambio en el mundo árabe: ¿una posibilidad para México?”
  1. Jair o dice:

    Por qué utilizas una foto de una marcha del sindicato? Será que ellos representan el ejemplo preciso de una movilización?

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