Lo que nos obliga a leer (y escribir) literatura policiaca (Parte II)


Reportaje

Por Zedryk Raziel

(Viene de: Parte I: https://revistacontratiempo.wordpress.com/2011/02/17/lo-que-nos-obliga-a-leer-y-escribir-literatura-policiaca-parte-i/)

“La novela policiaca sólo es un pretexto”

Es preciso puntualizar que, a pesar de que el reconocimiento de ciertas expresiones del espíritu de la época sea el motivo sustancial del auge de la literatura policiaca contemporánea, es justo resaltar las particularidades que cada cultura literaria ha asumido en esta época. Tales distinciones son claras en lo que concierne a las peculiares características de la trama o del detective mismo –si es que lo hay–, y a la función social que cada autor atribuye a la obra policial.

Un primer ejemplo viene al recuerdo como fluyendo involuntariamente. A propósito del escritor sueco Stieg Larsson y su florida trilogía Millennium, y del danés Jussi Adler-Olsen –quien promete encabezar la próxima lista de los best-sellers policiacos–, Salomón Derreza resuelve tirar la primera pregunta: “¿Qué diablos tienen de particular las novelas negras escandinavas?”. El caso de las novelas de Larsson es muy conocido: la pareja “detective” la conforman el periodista Mikael Blomkvist y la hacker Elisabeth Salander; la vida de él está delineada por el fracaso, la de ella por el sufrimiento. Aunque en un riguroso trabajo conjunto (periodismo de investigación e informática) ambos resuelven el impenetrable caso de una serie de mujeres asesinadas ferozmente, toda la atención de la historia se concentra en la participación de Salander, la más misteriosa, la más audaz, la más lúcida y valiente y violenta. Si a la lista de rasgos se añade a Carl Mǿrck, el “policía degradado” de Adler-Olsen, se tiene que estos personajes europeos, que finalizan las tramas heroicamente, tienen tantas debilidades humanas como cualquier lector.

Derreza ofrece tres explicaciones en un intento por justificar la “oscura imaginación” escandinava, cuando el origen de los autores se sitúa en la región más próspera de la civilización actual. Hay quienes piensan –dice Derreza– que todo obedece a que allí, “bajo su aparente armonía […] se ha desarrollado un cáncer oscuro, subterráneo e impronunciable, con el que todos [incluidos los escritores] conviven en vergonzoso silencio”; otros opinan que sólo en una sociedad así de correcta es posible percibir “las verdaderas dimensiones de la oscuridad humana”; al final, la agente literaria Anneli Høier  sostiene que los autores escandinavos no pretenden hacer un mero retrato del mundo, sino que buscan “alimentar el miedo a una perversión que en realidad no existe”.

La reina en el palacio de las corrientes de aire (adaptación cinematográfica de la novela de Larsson). Fuente: cinemaniablog.com

Sin embargo, es verosímil que ninguna de tales explicaciones es atinada. El propio Larsson creía que la novela policiaca debe cumplir la función social de aplicar justicia, ésa que a menudo está ausente en el plano del crimen contra la mujer. De otro modo no se explica que los referentes literarios de su vida fueran mujeres (Astrid Lindaren, Dorothy L. Sayer, Sara Paretsky, Val McDermid), o que en Los hombres que no amaban a las mujeres al fin se castigue rabiosamente al autor de los feminicidios, o que ibídem el personaje más importante sea una mujer que ajusticia en una sociedad donde la dominación masculina es exagerada. La idea que tiene el sueco sobre la función de la literatura policiaca recuerda a Laura Esquivel, quien también reconoce en el género la capacidad de llenar el doloroso vacío de la justicia.

Para Osvaldo Aguirre, el desarrollo “más sorprendente” de la literatura policiaca se encuentra en el África contemporánea, donde las editoriales europeas y norteamericanas han hecho hallazgos que les han valido mucho. Aguirre ofrece una lista impensable de los nombres de algunos de esos autores prolíficos, cuyas narraciones tienen en común la mucha denuncia social y política; se cuentan, entre ellos: el sudafricano Deon Meyer, el argelino Yasmina Khadra, los congoleños Achille Ngoye y Alain Mabanckou, el marroquí Driss Chraïbi, el senegalés Abasse Ndione, la malí Aïda Maly Diallo –una de las primeras africanas que cultivan el género–, el tanzano Ben Mtobwa, el somalí “Nuruddin Farah, y el angoleño Pepetela (Artur Pestana dos Santos).

Aunque en Argelia la trama policial tiene un desarrollo sostenido desde la década de los 70 (recientemente ha cobrado un nuevo impulso gracias al trabajo de autores jóvenes), Ngoye asume que el interés mostrado por los escritores africanos sobre la novela policiaca obedece a tres factores: es una vertiente aún no explorada en la tradición literaria del continente, sirve para difundir ideas y, por último, confirma que “la vida no es tan rosa como se la quiere presentar”.

Dice Aguirre que “una característica del policial africano es que el culto del género resulta menos importante que su utilidad para la difusión de ideas”. Por ejemplo, Pepetela satiriza la vida en Luanda y mira críticamente la política sudafricana y la que proyecta EE. UU. sobre el continente. Para él, “el argumento policial es un pretexto para analizar la sociedad”.

En ese mismo sentido escribe policiales el griego Petros Markaris, pues “los lectores encuentran en la novela negra la única vía para leer una crítica social y política de la situación actual [de su país], al centrar la temática no solo en las vivencias de los personajes sino también en una reflexión en los cambios estructurales de la sociedad”.  Por su parte, la escritora francesa Fred Vargas, que escribe policiaco a partir de situaciones comunes y personajes muy ordinarios, encuentra una función más existencial en el género: creo que la novela policiaca –afirma– trata de “escenificar, sin descanso, los grandes peligros que amenazan el impulso vital. De contarlos para liberarse de ellos. […]. Al aniquilar al “asesino” (sin matarlo jamás), la novela policiaca elimina provisionalmente la angustia vital. Y creo que este alivio temporal es lo que crea la célebre adicción”.

México criminalmente novelado

Un relato policial necesita básicamente un enigma y un detective, asegura Osvaldo Aguirre. Sin embargo, puesto que una vasta porción de la literatura que se produce en nuestros días ha tenido bastante éxito aun cuando carezca de un detective profesional (los perseguidores de Larsson son un periodista y una hacker; el personaje del italiano Todde es un médico embalsamador; la investigadora de la holandesa Noort fue antes una diseñadora gráfica), queda claro que el rasgo fundamental de la literatura policiaca no es tanto la presencia de un detective como la existencia de una vasta carga de misterio. En todo caso, dice Narcejac, lo que resulta sustancial es que haya alguien que indague el misterio, sin que sea necesariamente un profesional. Misterio e investigación.

El hecho de que el detective de la trama policial pueda ser un aficionado –siempre y cuando exista un misterio que resolver–, en la literatura mexicana contemporánea es casi una obligación. En teoría, el detective de novela se diferencia de un policía en que éste se niega a emplear el razonamiento y echa mano sólo de procedimientos empíricos. Es cierto. Ahí tenemos al Dupin de Poe, al Holmes de Doyle, al Padre Brown de Chesterton, todos agudísimos razonadores.

Pero, si en las letras mexicanas es imposible hallar una sola narración policiaca que haya alcanzado fama gracias a su magnífico detective, es porque un personaje así es inverosímil en un país como México. Una novela policial mexicana que aparece con esas características del canon resulta ingenua, sentencia el escritor Ignacio Trejo Fuentes. Y explica: “México es otra realidad. Primero, no hay detectives privados como tal –y los que posiblemente hay, se dedican a descubrir infidelidades–; segundo, no hay una cultura de la justicia, no se cree en ella y, de hecho, a veces incluso se desconfía de las autoridades”.

El escritor policial Rodolfo J. M. abunda en el punto: mientras que desde el punto de vista estadunidense o europeo el detective representa –o instaura– cierto orden y goza de la confianza de los personajes que lo rodean, no es el caso para México y Latinoamérica. “Aquí las novelas no repiten el molde de policía o detective ‘heroico’ –afirma el autor–. Incluso, cuando es protagonista, se le caricaturiza. Porque no hay una misma percepción del individualismo o el heroísmo. Aquí nos topamos mucho con el punto de vista del delincuente, del victimario, de la víctima, más que el de quien hace las indagaciones. Eso permite el análisis sociológico.

Pepetela. Fuente: biografiasde.com

Si de herencia literaria se trata, dice el escritor “fronterizo” Elmer Mendoza, los recursos de que se vale la novela policial mexicana son muy semejantes a los de la tradición norteamericana, “que es de más acción y sangrienta”. ¿Por qué no otra escuela? Por las exigencias de realismo con que se suele desarrollar la literatura policiaca en nuestro país. Trejo Fuentes asegura que los autores de aquí no recurren al detective reflexivo sino a un personaje audaz en el manejo de las armas, severo e indomable, es decir, apto para combatir a criminales igualmente audaces, implacables y violentos. Y eso sí es verosímil.

A pesar de que el tema del narcotráfico sólo sea uno de los temas posibles en el género escrito en México, en los últimos tiempos ha ganado tal preferencia que se ha comenzado a hablar de “narcoliteratura”. En sus comienzos, la literatura sobre el narco en el país hacía referencia a su aspecto técnico (el trasiego, de dónde proviene, adónde va, quién compra o vende), pero hoy se busca comprender a sus personajes, surgidos de una realidad cotidiana e inmediata, según observa el escritor español Imanol Cayenada.

A Rodolfo J. M. lo preocupa el hecho de que las coyunturas sociales nutran los temas de la novela policiaca, pues la “narcoliteratura” –que parte de la violencia y guerra contra el narco– “se ha subido a los titulares de los periódicos, en ese sentido se podría hablar de moda”. Puede ser. Pero es casi seguro que no se trata de una moda. No para los escritores que María Antonieta Barragán denomina, en su “Nueva geografía de la novela mexicana”, fronterizos: Juan José Rodríguez, Elmer Mendoza, Luis Humberto Crosthwaite, Rosario Sanmiguel, Gabriel Trujillo, David Toscana, Felipe Montes… La característica que los integra y los diferencia de otros es pertenecer al norte y hablar sobre el norte desde el norte, alejados de las pautas literarias que emana el centralismo defeño y en constante pugna con la influencia de la cultura gringa, en medio de una manera de hablar propia, y de pensar y de sentir y de abordar los balazos.

Elmer Mendoza cree que la literatura con fundamento en el narco tiene una función social. “Nuestro país pasa una etapa dolorosa y hay una literatura que la representa; también lo hacen otras artes como la danza, la plástica y la música. Este conjunto está produciendo una estética que se define sobre características fijas como la corrupción, los delitos sangrientos, la falta de respeto a las leyes.” En cambio, Ignacio Trejo Fuentes tiene una concepción más pesimista: para él, este género sólo es capaz de elaborar un mero retrato del devenir social, nada más. “Como toda la literatura, no hace nada”, y punto.

Anuncios
Comments
2 Responses to “Lo que nos obliga a leer (y escribir) literatura policiaca (Parte II)”
  1. Hi there! Someone in my Facebook group shared this site with us so I came to
    check it out. I’m definitely loving the information. I’m book-marking and will
    be tweeting this to my followers! Terrific blog and wonderful design.

Trackbacks
Check out what others are saying...
  1. […] * Texto publicado originalmente en febrero de 2011 en la revista Contratiempo en dos partes en estos enlaces: https://revistacontratiempo.wordpress.com/2011/02/17/lo-que-nos-obliga-a-leer-y-escribir-literatura-policiaca-parte-i/ y https://revistacontratiempo.wordpress.com/2011/03/03/lo-que-nos-obliga-a-leer-y-escribir-literatura-…. […]



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • "Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos." E. Galeano

  • "Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte." J.Cortázar
  • "No hay necesidad de fuego, el infierno son los otros." J.P. Sartre
A %d blogueros les gusta esto: