Palacio de Minería: la cruz marca el tesoro


Crónica

Por Abigail Mancilla

Quienes son amantes de los libros, atraviesan por grandes disyuntivas cuando se encuentran en un recinto dedicado a estos portadores de sueños. Para este tipo de personas, pisar una librería, puede convertirse en la experiencia más fantástica, o la más terrible.  Estos lugares son como la isla de Clipperton, que ofrece grandes placeres, pero también enormes congojas.

Es casi un hecho que más de uno, de los casi 100 mil visitantes que la feria recibe año con año desde 1980, resisten con grandes esfuerzos el impulso desmesurado e irracional de lanzarse sobre los libros, que aguardan con aparente inocencia en sus estantes, en espera del lector que habrá de darles vida con su lectura.

Para un lector apasionado, la sensación es apabullante. Desde el momento en que la vista se posa en los primeros títulos, quiere leerlos todos, comprarlos todos, vender su alma al diablo por tener a Vargas Llosa, a José Revueltas, a Carlos Monsiváis o a Jorge Ibargüengoita en el bolsillo.

Se extasían los sentidos al estar rodeado de tanta belleza, quizá como sintieron los españoles al llegar a territorio azteca, pero la maldición de los dioses no perdona, y la desgracia viene al momento de escoger, ¿me llevó Días de guardar o A ustedes les consta?, ¿José Saramago o Xavier Velasco?, ¿filosofía o literatura? Uno quisiera ser Slim para no tener que decidir, aunque mejor no, si el precio a pagar es pensar que la imprenta fue un descubrimiento y no una invención.

Una vez más, la Feria del Libro del Palacio de Minería se engalana con las más de mil 800 actividades preparadas, con la participación de casi 600 editoriales, con la presencia de figuras clave en la industria del libro y la cultura en México, como Sergio Pitol, Vicente Rojo, Laura Esquivel, Paco Ignacio Taibo II (por mencionar tan sólo algunos), y por supuesto, con la puesta al público de un  catálogo de 325 mil títulos, que abarcan desde ciencia hasta filosofía, pasando por la literatura y las artes.

XXXII Feria Internacional del Libro. Fuente: aztecanoticias.com.mx

Si al llevar a cabo la planeación del proyecto de lo que sería, en el año de 1797, la Sede del Real Seminario de Minería (también conocido como Tribunal de Minería), el arquitecto Manuel Tolsá hubiera conocido el destino de la construcción, quizá lo habría considerado una buena broma, pero irreal. La decisión del químico Fauto Elhuyar de pedir la construcción de este lugar seguro no incluía la posibilidad de convertirlo en punto de encuentro entre el libro y el lector.

Sin embargo, el recinto ha desempeñado múltiples funciones. Albergó la  Escuela de Ingenieros, fue el Colegio de Minas y el Instituto de Física de la UNAM; en la actualidad, es la Sede de la División de Educación Continua y a Distancia de la Facultad de Ingeniería, y claro está, el lugar donde, todos los años, se lleva a cabo la fiesta de los libros que presumen sin pudor sus apellidos rimbombantes, tales como Alfaguara, Era, Selector, Océano, Siglo XXI, entre otros, sin olvidar mencionar a la anfitriona, Editorial UNAM.

A partir de entonces, la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la Facultad de Ingeniería, y con el apoyo de otras dependencias universitarias, hacen posible esta feria y demuestran que, a pesar de los malos augurios y de la difícil situación que atraviesan, las editoriales persisten y continúan con su labor de difundir la cultura, que nos da nuestra identidad como seres humanos.

A la conferencia de inauguración de la feria asistieron figuras como la directora general del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Consuelo Sáizar; el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto; el Secretario de Educación del DF, Mario Delgado; el presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), Victórico Albores; el director de la Facultad de Ingeniería, Gonzalo Guerrero y el rector de la UNAM, José Narro.

En ésta, Victorino Albores expresó su preocupación porque en México “los escritores pierden 125 millones de pesos cada año por la piratería y el fotocopiado” y son otros 250 millones para editores y libreros.

Fuente: coord.hum.unam.mx

El panorama parece poco alentador. Según datos de la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumos Culturales, 58 por ciento de las personas no ha ido a una librería en su vida, y es bien conocido por todos que el mexicano promedio lee un aproximado de tres libros al año. Si a eso se le suma que los títulos de esos libros son Crepúsculo 1, 2 y 3, entonces sí, tal vez haya un serio problema.

Pero no vale la pena ser tan catastrofista. Esteban Jiménez, encargado del estante de Alfaguara, revela que México ha superado en adquisición de libros (dentro de la editorial) a países como Argentina, y se coloca sólo por debajo de España, lo cual no significa precisamente que los lean, pero es un buen comienzo.

Las editoriales no la tienen fácil, pero el barco se mantiene a flote gracias a la venta de los famosos Best-sellers, cuya venta y ganancias aseguran el capital para la publicación de títulos perdurables como las publicaciones de los grandes escritores, como Saramago o Vargas Llosa.

Éstas y otras estrategias son implementadas por editores inteligentes que pelean día con día por mantener viva a la industria. Su figura se ha desgastado con el tiempo, a la par de todos los actores involucrados en el proceso como impresores, vendedores, diseñadores, correctores, consultores, y muchos más.

El 2010 no fue un buen año para las letras en el mundo: se perdieron grandes plumas como la de José Saramago, Carlos Montemayor, Alí Chumacero, Esther Seligson y German Dehesa. Sin duda se resiente su ausencia, pero dejaron para la posteridad un tesoro de valor incalculable, se inmortalizaron a través de sus obras y de los lectores que los resucitan con cada lectura.

Estar ahí es toda una experiencia. Una aventura que ofrece múltiples sorpresas, es un encuentro que ofrece diversas posibilidades. Quien tiene la posibilidad de entrar caminando, tendría que comprender la ventaja que posee, frente al pobre caballito, quien mira en dirección del recinto de los libros, adherido al suelo, incapaz de moverse, presa del pesado metal que le impide ser salvado por una de esas fascinantes historias, que se leen en estos hermosos objetos, a los que llamamos simplemente libros.

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