ESPECIAL. Día internacional de la Mujer: Algunas formas de dominación masculina


Francisco Javier Montaño

¿Feliz día internacional de la Mujer? ¡Seguro! Habrá que ver quién será la valiente que no lave un plato, no barra ni un centímetro, no planche ni un calcetín ni le sirva la cena a su esposo; una fémina que deteste la caballerosidad y privilegie la fortaleza de su género en contra de la virilidad del macho. Habrá que ver quién es la osada belleza que no caiga, de entre las mil y una formas posibles, en alguna conducta de dominación simbólica masculina.

Si hombres y mujeres queremos un mundo en el que la dominación masculina desaparezca y la equidad de género sea más frecuente, debemos empezar, claro, por dejar de violentar físicamente a las hermosas mujeres que viven a nuestro alrededor.

Pero aún cuando esto se logre, habrá que admitir que la violencia simbólica seguirá existiendo; una violencia en la que la víctima no es siquiera consciente del maltrato que sufre.

El francés Pierre Bourdieu en su libro La dominación masculina, delinea una serie de pautas estructurales sobre las cuales se basa la subordinación de la mujer al hombre ante el resto de la sociedad. “El fundamento de la violencia simbólica no reside en las conciencias engañadas que bastaría con iluminar, sino en unas inclinaciones modeladas por las estructuras de dominación que las producen”.

Las estructuras sociales, explica Bourdieu, son las responsables de la biologización de la debilidad femenina, por ejemplo. Dicen muchos que la mujer es biológicamente más débil; no se dan cuenta de que son las actividades declaradas por la sociedad como “propias de la mujer” las que le han impedido desarrollar su fuerza física. Al respecto, la mujer es igual que el hombre, sentencia Bourdieu.

Cualquier demostración de fuerza se califica como una pérdida de femineidad. “Es una machorra”, diría una buena porción de la gente cuando una mujer es más fuerte que un hombre. Mejor tener a una niña débil, quietecita y bien portada, que a una pequeña salvaje que desafíe a los varoncitos.

Por otro lado, está también la famosa intuición femenina, el sexto sentido del que muchas mujeres tanto se precian. Proviene, sigue Bourdieu, de la necesidad de adivinar los deseos del hombre casi por instinto.

“¿Qué no ves que hoy no quiero?, déjame en paz”, dice, Don Ruti, protagonista de El Callejón de los milagros, a su esposa, Doña Cata, cuando ésta ansía tener interacciones sexuales. La mujer debe estar disponible cuando el hombre anda “jarioso” y debe dormirse rápido cuando al hombre “le duele la cabeza”, que para eso sirve la intuición femenina.

¿Con quién se relaciona la intuición?, con féminas; ¿y la sabiduría?, con un hombre viejo, mas ¿qué hay de la agricultura? Las mujeres, dado que pueden embarazarse, son fértiles y por ello, la mayoría de las deidades de la abundancia son mujeres, ¿pero son creadoras? No, los creadores son siempre hombres, ¿No es el Padre quién usa a la virgen como medio necesario para dar a los hombres a Jesús? ¿No los griegos, los mayas y los romanos tienen como base de su teocracia a un hombre? Este tipo de representaciones sociales privan a la mujer de existir en las historias orales de los pueblos; sí existen, lo hacen marginalmente, como las madres de nuestros Zeus, Ra y Jesús.

“Claro, los hombres nos dominan. Debemos liberarnos. Son ellos los tontos”, puede decir, en un momento de apasionamiento una de esas “feminazis” que pululan alegremente por las organizaciones dizque feministas.

Tales señoritas abrevan de la sabiduría popular construida por mujeres ilustres. Frases como “todos son iguales”, “los hombres sólo piensan en sexo (en coger, dicen las más francas)”, “son todos unos brutos insensibles”, “son infieles, chismosos, misóginos” y demás adjetivos coloridos, son parte de las ofensas que reconfortan y alivian la presión de las mujeres ante semejantes estructuras de dominación.

Pero, ¿qué harán dichas mujeres, hermosas, desbordantes y voluminosas –que no siempre voluptuosas-, cuando se enteren de que Bourdieu también afirma que la dominación está interiorizada y que en ritos sociales como el cortejo, las mujeres cumplen el mero papel de objetos simbólicos por los que los hombres pelean?

Objetos simbólicos; se lee machista, desde una óptica simple. En realidad, todos somos objetos simbólicos, el problema es que las mujeres ven a los hombres como portadores de valor simbólico por sus características viriles, racionales, de capital simbólico con respecto a una colectividad. Traducido: “Es guapo, es fuerte, es inteligente y todo el mundo lo respeta”.

Ustedes en cambio, mujeres bellas, de cuerpos curvilíneos y mentes conspicuas, se comportan como objetos simbólicos cuya posesión –sí, posesión- dota al hombre de capital simbólico. A ustedes, por ende, se les debe cuidar, proteger, atesorar diría yo. Si no se hace corremos el riesgo de que nuestra mujer se deprecie, explica Bourdieu.

¿Suena “fea” mi aseveración? Puede ser. Lo cierto es que en las sociedades occidentales y otras no tanto, estos esquemas son reproducidos cotidianamente. ¿No quieren que pase? Regálennos flores, lleven serenata, escríbannos poemas, no acepten nuestro despectivo sentido de caballerosidad y exijan respeto real.

No se acostumbren a que les regalemos flores, olvídense de serenatas a menos que sean ustedes las cantadoras, no esperen que las protejamos cuando caminamos por la banqueta.

De otra forma, quizás piensen que la dominación masculina no siempre es tan perjudicial. ¿O están tan dominadas que la modorra se apodera de ustedes?

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