La Caída: memoria de una cicatriz


Por Alfonso Hernández

Cuando miré de nuevo no quedaba nada: ni gota de las líneas rojas que minutos antes empañaban el suelo. Mucho menos los cristales rotos derramados en el piso, ni un ápice de polvo; todo estaba impoluto. Sin embargo, un poco más allá del sitio en el que aconteció todo, indefensa y sospechosa, giraba sobre sí misma la pelota verde.

Mis padres no estaban en casa. Habían ido a visitar a mi abuela paterna, quien cumplía años. La casa de Doña Rosa, como le decimos sus nietos desde que tengo memoria, no dista más de dos calles desde mi vivienda. Pero aquel día me negué a acompañarlos. No quise abandonar mi juguete nuevo, mi hermana mayor, también reticente, aguardaría conmigo.

No importa, ¿qué podría pasarme? pensé. Una vez que mis padres se marcharon, mi hermana se dirigió a su habitación y yo permanecí en el patio. Un golpe, después otro, otro más, cada vez más fuerte los rebotes de mi pelota. ¡Pum! ¡pum! Hasta que, en uno de los tantos botes, la pelota desvío su curso y entró en la sala. Corrí a buscarla motivado por el miedo: no quería perder el ritmo de los golpes.

A primera vista no encontré mi esfera. Miré hacía todo lados: debajo de los sillones, detrás de las cortinas y a un lado de la televisión: no había nada. De pronto, mientras alzaba la mirada después de hurgar bajo la mesa, divisé su verde limón sobre una de las sillas del comedor. Sin pensarlo me lancé sobre ella. La tomé con ambas manos, la miré con atención y tuve una idea.

Con cuidado, y aprovechando la distancia de mi hermana, subí a la misma silla, sujeté la bola, y después la arrojé violentamente contra el suelo. ¡PUM! Un sonido metálico surgió al impacto y la pelota voló por la sala, sobre un sillón,  sorteando la mesa, rozando la televisión. ¡PUM! De nuevo el sonido metálico, después de que el balón golpeara la pared, y que ahora se dirigía hacía mí.

"Ya ves por qué no quería dejarte solo..."

 

El esférico chocó contra mi silla, cimbró mi base. Traté de aferrarme a las cortinas pero mis dedos no atinaron a tocarlas. En seguida yo era caída, golpe directo contra mi ceja izquierda. Una gota primero, después un hilo rojo, una mínima cascada de sangre pintándome la cara, la ropa, manchando el piso.

Después de tocarme la herida vino el grito. El susto de no saber qué pasaba motivó el escándalo que hacía. Entonces mi hermana fue carrera, salió volada a ver qué pasaba. Cuando estuvo frente a mí abrió los ojos, se tiró hacía atrás y apretó los labios: se asustó. Voy por mis papás, me dijo. No me tardo, siéntate, no te muevas. También voy por un bolillo para el susto. Todo me daba vueltas.

Cuando mi papá llegó ya no salía sangre. Se acercó corriendo hasta donde estaba y me contempló sudando: ¡¿Qué hiciste, cabrón?! Me dijo, mientras tocaba la herida. Ya ves por qué no quería dejarte solo, eres un necio, hijo. Continuó ¡Sofía! ¡Sofía! ¡Sofía, ven acá y tráeme una cebolla, córrele!

Primero sentí frío. Como si una cuchara reposara en mi frente y se concentrara en mi ceja. Más tarde supe que aquél frío era mi papá limpiando la herida con hojas de cebolla helada. No hubo aguja ni hilos, no hubo puntos de sutura. Tras mucho insistir en vano, contra mis ojos, me quedé dormido. Todo fue silencio. ..

Un dolor punzante, después un calambre tenue, una leve molestia. Eso era mi frente: un ciempiés caminando sobre mi ceja, un hormigueo. Abrí los ojos lentamente, primero fueron los colores, en seguida las siluetas y entonces el mundo y sus formas, lo reconocía todo.

Sin embargo, cuando miré de nuevo no quedaba nada: ni gota de las líneas rojas que minutos antes empañaban el suelo. Alcé mis manos, las observé limpias. ¿Estaría soñando?, me pregunté.

Mi hermana mayor se aproximó cuando me notó despierto: Te rompiste la madre, dijo. ¿Dónde están mis papás?, le respondí a manera de pregunta. Salieron por más pan, ya no tardan. ¿Y el bolillo por el que fuiste?, insistí de nuevo. Ya me lo comí, me asustaste de veras. Pinche Geo, te pasas. y al terminar de hablar, se volvió sobre sí misma para marcharse sonriendo.

 

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