Metrópoli subterránea


Crónica

Dulce Anahí Soto Luévano

El camino comienza mucho antes de que el sol nazca. Mujeres, hombres y niños descienden somnolientos al mundo subterráneo, un lugar plagado de habitantes.

Como los obreros de Metrópoli, la multitud se dirige a la entrada, con caras largas y ojeras pronunciadas. Apelmazados, amontonados como muéganos, avanzan con pasos lentos, cortos, cansados. Al mismo tiempo mueven el pie izquierdo, ahora el derecho, un paso, otro, se mueven como el péndulo de un reloj antiguo.

Un letrero rojo restringe el paso, cierra las rejas, los usuarios se convierten de obreros a judíos presos en un campo de concentración. Es increíble la rapidez con la que cambian de actividad. Es una multitud sin identidad o con múltiples personalidades. Ahora aparecen los grilleros, los que gritan e insultan a los policías: “déjanos pasar, pinche puerco”, hasta que las puertas se abren de nuevo.

Comienzan las carreras simples o con obstáculos. Los deportes son diversos. Hay lucha grecorromana para pelear el asiento, lucha libre para defenderse de los empujones. También aparecen personas de fuerza inmensa que consiguen detener puertas magnéticas o algunas lo bastante hábiles y flexibles como para entrar en cualquier espacio pequeño.

La sede olímpica se convierte ahora en salón de belleza, en gritos apagados, en jalones de cabello y rasguños para marcar el territorio: “qué le pasa, me viene empujando”. “¿No ves que todas venimos igual?, si no te parece te hubieras ido en taxi”. El aire falta, las más bajitas se asfixian, absorben con mayor intensidad los olores.

En este mundo subterráneo hay de todo: alegres y agresivas, personas que duermen y otras que cantan, gandayas y solidarias. Las muestras de solidaridad se imponen, siempre salta una líder que pelea por los derechos de las demás: “párate, ¿no ves a la señora?, está embarazada y ese lugar es reservado”, “¡Dejen salir, que dejen salir!”, ¡No empujen, viene un niño, están aplastando a un niño!

Metro de Santiago. Fuente: traslaniebla.com

A veces son tales los apretones que algunas se botan de risa, mientras otras apelan al puño. Pero todas se unen para exigir equidad de género, aunque ellas no la promuevan, para demostrar que son el sexo fuerte: “Es el vagón de mujeres, por qué te subiste aquí”. “Yo no vi la división y no le afecta en nada, señora”. “Cállate o te bajamos, pendejo”. “Sí, hay que bajarlo”, “Hay que bajarlo”, “que bajarlo”, “bajarlo”, repiten las voces femeninas y a la siguiente estación lo bajan a empujones mientras sonríen entre ellas.

Los escenarios son diversos. Debería considerarse a este mundo subterráneo como uno de los mercados más grandes y surtidos del mundo. Competiría con un Waldo´s, sólo que aquí todo es a diez. ¿Quieres comprar discos, cables, libros, pañuelos, dulces, pan, mapas, linternas, plumas, libretas?, todo lo que te imagines, y lo que no también, lo puedes encontrar en un viaje por cualquiera de las líneas del Metro de la Ciudad de México.

El Sistema de Transporte Colectivo Metro (STCM), además de recibir a un total de mil 451 millones 121 mil 151 usuarios, lo cual rebasa su capacidad, es cuna de distintas problemáticas sociales. Desde economía informal, robos, acosos sexuales, hasta asesinatos.

Me centraré sólo en una situación. Con la constante crisis económica que vive el país, aunque el gobierno diga lo contrario, los trenes se han convertido en el recinto de ventas de los llamados “vagoneros”, comerciantes informales, ambulantes.

Según un censo realizado por autoridades del STCM, hay 2 mil 868 personas, aproximadamente, que se dedican a dicha actividad. El problema radica no sólo en la venta de productos piratas y el posible daño que causa a la industria mexicana, sino también en el hecho de que el ser “vagonero” es ya un oficio. La única entrada de ingresos para ciertas familias.

Mientras el Estado no garantice el mínimo bienestar para sus ciudadanos como empleo, seguridad, vivienda, de poco servirá instalar 11 mil 592 cámaras de vídeo para tener una “Ciudad segura”. La problemática tampoco se resuelve ampliando el sistema de Metro. Dicha acción puede ayudar, pero nunca sanar de raíz. La insuficiencia del servicio de transporte público, la metrópoli subterránea que es el Metro, grita desesperada: ¡falta mucho para llegar a ser una urbe en movimiento!

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