Fernando de Szyszlo: diálogo entre color y textura


Reseña

Abigail Mancilla Gómez

Las pinceladas se agarran con fuerza al lienzo. A cada paso que dan dejan una huella imborrable de textura, color y forma. El resultado es una experiencia de los sentidos. Un reto que exige al espectador concentración, astucia y sensibilidad para descubrir la frustración, el miedo, la dicha y el orgullo de toda una cultura que se expresa a través de un individuo enraizado en sus orígenes.

Con su inigualable yuxtaposición de formas y colores, Fernando de Szyszlo hace suyo una vez más un recinto mexicano. En esta ocasión el Antiguo Colegio de San Ildefonso abre sus puertas para recibir una explosión de vida, adrenalina y expresión visual que surge de las manos de este artista peruano con más de 50 años de carrera.

Dentro de la exposición Elogio a las sombras, que se exhibirá hasta el 8 de mayo, se reúnen, en cinco salas, 27 piezas realizadas entre 1977 y 2011.

Para este personaje clave de la pintura abstracta en América Latina, que nació un 5 de julio de 1925 y cuenta hoy con 85 años de edad, “la pintura es el encuentro visible de lo sagrado con la materia”, y en su obra se debe ser capaz de apreciar dos cosas: “la serie de alusiones al paisaje, a los espacios abiertos, que tienen mucho que ver con el paisaje del desierto peruano donde pasé mi infancia y la parte que sucede en recintos, en espacios cerrados, donde se busca más el espíritu de lo sagrado, de lo oculto”.

Su natal Perú es fuente de inspiración permanente en la obra. El paisaje trasfigurado del desierto y los mares de su país se revelan en un ensayo místico de la belleza de los escenarios latinoamericanos.

Szyzslo forma parte de un ola de pintores cuyo origen se encuentra en las tierras de Latinoamérica, que a fuerza de tener un contacto profundo con la realidad de estos pueblos, donde apremia la desigualdad y la injusticia, pero que a su vez son dueños de una riqueza cultural inigualable, forjaron en sus adentros una conciencia sobre sus raíces y la importancia de rescatarlas del olvido.

Al respecto, el pintor declaró alguna vez que “vivir en una ciudad del tercer mundo, agobiada por la miseria pero al mismo tiempo alimentada por la sensación de que eso podría cambiar, y que nosotros podríamos participar en ese cambio, ha sido un motor durante toda mi vida”.

Es así como se integra a la obra de este pintor abstracto, con influencias tanto cubistas como surrealistas, todo un recorrido por paisajes emblemáticos de Perú, como se aprecia en el El mar de Lurín y Camino a Mendieta, piezas que a pesar de ser poco figurativas -es decir, con un referente difuso-, hablan de lugares y sensaciones representadas por el color, el trazo y la composición de la misma obra.

Un caso similar es el del artista mexicano Rufino Tamayo, quien fue amigo íntimo de Szyszlo y del cual reconoce tener una fuerte influencia, misma que resulta evidente no sólo en la técnica y el estilo, sino en el sentido y la intención de sus pinturas.

Ambos artistas impregnan en el lienzo la necesidad de transmitir la potencia de una cultura con una riqueza inigualable por medio de rutas alternas, dejando a un lado corrientes como el realismo o el muralismo para recrear paisajes e identidades, demostrando así que el arte abstracto o poco figurativo puede lograr una evocación poderosa, tomando como elemento principal el color de sus respectivas culturas y tradiciones.

En las piezas de Fernando de Szyszlo predomina el lirismo del color, los efectos de la textura, el manejo de la luz, la mezcla de técnicas y materiales, aunque mucha de su obra es resultado de la veladura, técnica pictórica que consiste en aplicar capas de color una sobre otra, esperando con cada nueva capa suavizar el tono de lo pintado.

En las pinturas de este creador de arte existe un diálogo profundo pocas veces visto en la totalidad de una producción artística. Szyszlo gusta de series y de la repetición de elementos tanto geométricos (líneas, puntos, círculos, cuadrados) como figurativos, a través de los cuales transmite la sensación de que las piezas entablan grandes conversaciones, mientras el espectador observa la pintura elucubrando sobre el origen de susurros casi imperceptible que invaden la sala.

Lo anterior puede constatarse en pinturas como las que componen la serie Duino, o las inigualables piezas de la serie Los visitantes de la noche, donde el artista crea seres fantásticos, pobladores del mundo mágico creado para ellos a través de la pintura y que podrían ser, en un momento dado, la evocación de nuestras más terribles pesadillas.

La obra de Szyszlo es una obra de misterio, de ritos, de geografía. De luz y de sombra. De realidad y sueño. Una obra donde una mesa puede ser un altar de sacrificio para realizar rituales tan sagrados “como comer o hacer el amor”.

“A mi edad ya no puedo pensar en muchos años por delante. Lo que quiero simplemente es lograr ese cuadro que he perseguido toda mi vida y que nunca he alcanzado. Acortar la diferencia entre lo que uno soñó hacer y lo que pudo hacer sigue siendo la fascinación que me mueve a pintar todos los días”.

Los visitantes de la noche, 1988. Foto: Abigail Mancilla

Mar de Lurín, 1989, óleo sobre tela. Foto: Abigail Mancilla

Visitante, 1992, óleo sobre tela. Foto: Abigail Mancilla

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