Estigmas de orfandad y de conquista


 Ensayo

Ricardo García Rivera

Antes de la Conquista, morir era algo natural, fuese por ancianidad o por valentía en la guerra. Vida y muerte, naturaleza, riqueza, guerra y espíritu eran concebidos de distinta manera por los pueblos originales; el discurrir de su paso por el mundo era regido por la pureza de su pensamiento. De pronto, eran asesinados brutalmente por manifestar su adoración a las deidades y ofrecerles sacrificios. ¡Cuán satanizados fueron sus rituales!, tan incomprendidos, pues ofrecer el corazón de una doncella, un enemigo o un animal era más que matar a alguien: era corresponder a la gracia de sus dioses. La idea de la muerte como algo terrible fue real con la llegada de los españoles.

Estigmatizados por la lucha contra los árabes en la península, los españoles llegaron a América a enfrentar a otra cultura, a pueblos con cosmovisiones diferentes. Y así fue. El choque entre las dos culturas fue sangriento, oscuro y triste, además inaplazable. El arcabuz y la espada traspasaron el cuerpo de cuanto indio se alzó, dejando una desastrosa estela de guerreros, mujeres, sabios y niños muertos. ¿Qué hay de los que sobrevivieron? No estuvieron exentos de la muerte atroz que trajo la conquista española: su muerte no se expresaba en la sangre brotando de las heridas incurables; residía en sus almas despojadas.

El pueblo, huérfano. Sus hermanos habían muerto; sus dioses, destruidos; su lengua, prohibida y hecha parecer como los ladridos ininteligibles de un perro; su emperador, humillado y muerto; su libertad, desaparecida ya. Los indios que vivieron estuvieron a la merced de los españoles, a su servicio y forzados a reconocer la religión católica. No debía haber manifestación alguna de lo que habían sido por siglos. El sentimiento de orfandad no lo había sentido el pueblo mexica desde que peregrinó en busca de un lugar para asentarse, y ahora era insoportable: hacía falta la fertilidad que preserva la familia, pilar de la sociedad, la madre que rige y cuida a todos sus hijos.

 

(Foto: Ricardo García)

 

La otra conquista fue la que se impuso sobre el espíritu. No bastaban las armas ni los saqueos, era necesario moldear a los indios si querían (obligadamente) vivir y ser parte del nuevo orden. La representación tosca de la Tonantzin-Coatlicue fue sustituida por la figura de María, señora de piel blanca, madre de Jesucristo. No es fácil abrazar una nueva fe, pero es forzoso hacerlo cuando impera el miedo. La conquista cultural y religiosa fue la más honda; de las cadenas del alma es terriblemente duro desatarse.

La imposición del reconocimiento al icono de la Virgen María también fue violento. Esta nueva “palabra” ponía al cristianismo como la verdadera y única fe. La evangelización entendida como la salvación de los indios heréticos no era más que un eufemismo. Para los españoles, encaminar las almas de aquéllos no importaba, lo que les interesaba era la promesa del oro y la seducción de tener un nuevo mundo a sus pies contraria a una patria que los había echado. Las ambiciones regían realmente a este puñado de hombres, y el afán de evangelizar no tenía más fin que mantener dominados a los indios por medio de las creencias. La nueva madre, de manos unidas en una plegaria, no pedía corazones; demandaba devoción ciega e incuestionable. México tuvo una enorme regresión, olvidó la forma en la que definía y explicaba su mundo. Los hombres que convirtieron a los indios aseguraban la sujeción de los bravos guerreros, hábiles artistas y científicos a través de un moldeamiento de figuras de adoración.

Para que se lograra el sometimiento de los indios fue preciso hacer que reconocieran total e indudablemente su inferioridad y su condición de “perdidos” y pecadores por sus prácticas y costumbres, tanto religiosas como sociales. Tuvieron que seguir modelos de identidad: personas sumisas, sin derechos (o con escasos derechos) que estaban a la orden de los señores y los clérigos. Por medio de esto, se aseguró el dominio de los indígenas por alrededor de tres siglos. Como ejemplo, el ritual de aceptación de la nueva fe era llevado a cabo de manera pública y humillante; seguía la misma línea del castigo ejemplar de la Edad Media, y resultaba una “conversión ejemplar”.

Entonces los clérigos eran los más cercanos a los indios, ya que eran los encargados de su conversión y enseñanza del español. Los gobernantes y terratenientes siguieron explotando los recursos naturales y humanos para enriquecerse. De los dos lados la presión era ejercida con rigor sobre los indios. Suprimir las raíces mexicas iba incluso desde el nombre; se evitaba el nombre original en náhuatl y se les ponían nombres castellanos. De esta manera, se escindía más el indio de su pasado.

El hombre sin historia solamente no es. Pierde lo humano: la conciencia, pierde su identidad y todo lo propio de su existencia. Los pueblos originales de México no fueron aniquilados de la faz del territorio, como hicieron los ingleses en parte de Norteamérica; sin embargo, sus almas fueron abatidas por el sometimiento y la explotación. Dominar el alma resultó ser lo más eficaz para llevar a cabo la profunda conquista, ya que se nulificó la capacidad de levantarse contra el opresor.

Tales lastres arrastra México desde hace siglos, y, gracias a esfuerzos que buscan rescatar la esencia del mexicano, se han desgastado recientemente. No obstante, los velos que cubren los ojos, las mordazas en las bocas ansiosas por gritar, permanecen… tan arraigadas a la cultura, al miedo aferrado a una sociedad sometida. Actualmente, todos los mexicanos sabemos que nuestra cultura es en gran parte española y que los rasgos indígenas se han perdido poco a poco. Existen grupos, marginados, muy cercanos a la apariencia de los antiguos mexicas; mas son objeto de discriminación por parte del resto de la población. México arrastra tantos errores de su pasado, y las vejaciones a su población indígena es deleznable. Se le ha olvidado y se repite la tarea de someterla, callarla. En la Conquista era indispensable impedir que los indios sobrevivientes alzaran la cabeza de nuevo, porque recordarían su pasado, volverían a escribir su historia. Conocer la historia es tener conciencia, saber quiénes fuimos, somos y podemos ser.

Parece que el abrazo a nuestra historia es incómodo, casi vergonzoso; mas lo verdaderamente vergonzoso es renegar de él y pretender que se asume otra identidad, cuando este universo nos pertenece a todos nosotros. Somos nuestra historia, nos condiciona nuestro pasado… podemos ser lo que nuestra alma se ha privado.

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