Instancias


Instancias

Por Luis  F. Lozano Cervantes

Josep Martin Leukovic habitaba el número cuatro de la calle de Instancias. A nadie le habían dicho antes la razón de tal nombre que intrigaba menos que uno desconocido y propio, pero más que el apelativo de un derruido sitio al sur de Cimberelia. Las gotas de agua de la inesperada lluvia matutina caían siempre hacia el sur, con una ligera inclinación al levante, prueba irrefutable de la enorme fuerza de atracción que el Sol ejerce sobre los insignificantes cuerpos terrestres, derrotada únicamente por los rayos de luz, ese inexplicable mito de invencibilidad ondulatoria-material tan frágil que su mayor virtud podía fenecer con tan solo cerrar los ojos.

Ahí, detrás de la puerta de madera gruesa carcomida por la humedad que rebotaba contra los adoquines consumidos por el tiempo y el andar de las carretas, justo ahí habitaba Leukovic. El magro muro grisáceo de su casa lo protegía de la exhibición pública pero no del frío otoñal que cala hondo los bronquios sin provocar mayor consecuencia que un resfriado de esos que ceden ante la perseverancia. El resguardo que le proveía su humilde morada apenas bastaba para sentirse ligeramente más solo que las calles aledañas a La Cantora, el barrio más infortunado de Cimberelia, descuidado por décadas por los nobles mientras lo dominaron; luego, la innoble clase política, siempre pintada de colores disímiles que le restaban armonía a la ciudad en tiempos de votación, arrendó a los más viles contratistas esta zona para usurar con los préstamos a trabajadores que luego de tres generaciones no han terminado de liquidar.

Así es la vida de Leukovic.

Por la mañana sale a caminar en busca de alimento. A veces las tiendas son la alternativa escogida, sólo cuando el suelto sobrevive en sus raídos bolsillos, algo poco frecuente. Las más de las veces, el hombre de mirada cansada pero penetrante y brazos gruesos por la labor, asiste a la mesa de alguno de sus vecinos en busca no de un plato ni de una ración, sino del consuelo de saber que a pesar de la ausencia de viandas, al menos los amigos permanecen juntos. La alegría del alma de esos sujetos reanima el cuerpo y a veces resulta suficiente para un día más. Sólo a veces.

La semana anterior, mientras todos reían por una broma del anfitrión, José Miguel Estévez, la vitalidad se esfumó del cuerpo de Miranda Lérico, una chica joven, de no más de tres décadas, quien convive con esta familia de forajidos, expulsados de sus propias tierras por la autoridad no bien ganada de una de las dinastías más indignas del poder, tanto que la traición se volvió su sello distintivo, al grado de que se les da por nombre el del inicio del linaje cuando ya ningún miembro lo posee, aquél que comenzara con Don Ignacio Irrazábal, quien luego de desposarse perdiera casi la totalidad de su fortuna a excepción de dos monedas de oro, con las que pudo hacerse de un carro para no volver a mirar a la mujer con quien compartió parte de la vida ni al pueblo que lo condujo a una miseria casi tan profunda como la que él mismo provocó.

Aquella mañana, Miranda rió levemente, en silencio, luego puso su cara sobre la mesa y calló, signo que de inmediato alertó a sus colegas. Pronto un sujeto de apellido Millá salió en busca de un bocado que pudiera reanimarla. Al regresar, Miranda se puso en pie gracias a un pedazo de pan y el penetrante aroma de una botella vacía de licor que aún preservaba su esencia. Luego del percance, el grupo salió a trabajar.

Los cuatro tenían que andar por más de una hora en vista de la escasez de monedas para pagar por un viaje y la poca capacidad de adquirir, pero sobre todo de mantener un caballo. El campo no les daba para comer más que una pobre ración de granos y un trozo de pan de salvado, que el menor de los “nietos” de Irrazábal les proveía más por lástima que por humanidad. Además, la producción se mantuvo desde la aplicación de su medida “social”, según él mismo la denominó.

Las manos de Leukovic sangraban al final de la jornada. Miranda lo ayudaba con un pañuelo que cubría su cara del los rayos del sol. Millá caminaba siempre detrás de ellos, como el hombre que era: con la espalda encorvada por el peso de catorce horas de incesante labor a cuestas. Estévez sólo los animaba, con la confianza en que algún día sus sugerencias de prestar herramientas para labrar la tierra serían escuchadas por el patrón, ciego a la miseria ajena, quien sólo veía con humanidad las enormes bolsas de grano cuando estaban listas para venderse.

El nombre de Instancias no tenía razón de ser oficial. Pero bastaba con mirar la pared de Leukovic para entender su origen.

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