Léase sin jabón y sin plancha a la mano


Semblanza

Alejandro García Domínguez

La creación del saludo

Lo conocí por la música clásica. Yo andaba en busca de discos o recopilaciones de cualquier compositor. Recuerdo que la mayoría de las veces que pasaba por la lavandería, él estaba trabajando al ritmo de Brahms, Schumann o Wagner (eso me lo dijo después de que yo le dijera erróneamente mis suposiciones vivaldianas o mozartnianas). “Oiga, disculpe la molestia, usted escucha demasiada música clásica. ¿Cree poder prestarme algunos discos?… perdón por ser confianzudo pero supongo que usted me conoce, vivo por…”

─En la última casa de esta acera. Sí sé dónde vives y sé que eres hermano de la niña a la que le gusta el rock. Le he dado discos. Namás dile que me los devuelva, no vaya a creer que se los regalé.

El señor Carlos no dudó en prestarme en ese instante un disco de Chopin y dos recopilaciones de Mozart originales. Al pasar los días me di cuenta que Carlos tenía gran pasión por la literatura. Aquel señor de cara aburrida, por momentos ingenua e insignificante, un hombre que si se le viese por la calle uno no se imaginaría que lleva bajo el brazo Esperando a Godot de Samuel Becket. “Así es la gente, a veces se hacen ideas equívocas por cómo vistes, cómo te mueves, en qué te transportas. Todos creen y dicen pero no saben, no te conocen. El prejuicio les gana. Es normal y uno se acostumbra, mano”, dice con su voz ronca pero sin esa decrépita entonación de un viejo acabado, al contrario, a sus 55 años aún mantiene vitalidad.

Después de varias idas y vueltas a la tienda, de recomendaciones de autores y libros, decidimos que al saludarnos nos pusiéramos un nombre de cualquier autor. Él ya ha sido bautizado como Saramago, Fabbri, Hesse, Lovecraft, Platón, Hobbes, Spinoza, Bergson, por mencionar algunos. Él me ha bautizado como Sterne, Ibargüengoitia, Cortázar, Boccaccio, Joyce, Faulkner, Bolaño y demás. Aún preservamos esa costumbre.

La monotonía del lavado y del planchado

El sonido de la cortina resuena cuando los primeros rayos del sol aparecen de forma nítida, justo en el preámbulo de las horas pico. El señor Carlos Cruz Rangel comienza los movimientos casi robóticos para encender las máquinas, trapear y limpiar lo poco que esté fuera de su lugar. Saca la plancha y la deja quietecita; la base, junto con sus pequeños agujeros, brinda la impresión de cierta tristeza. Ve los pendientes para reafirmar la memoria. Las máquinas están preparadas. Sólo es cuestión de esperar.

Es un viejo entrado en años, su cabello lo mantiene al límite donde lo largo se confunde con lo corto y viceversa. Su frondoso bigote y su cabellera ya muestran las marcas que dibujan los truenos en el cielo, líneas blancas, rebeldes en su posición.

Con camisa tipo polo, un suéter, pantalones de mezclilla y zapatos cafés, muestra un perfil que pasa inadvertido sobre la calle de Erasmo Castellanos Quinto, cerca de la avenida Taxqueña. Al pasar por su negocio de lavandería y planchado, el señor Carlos ya está realizando sus primeros pendientes: Un edredón, tres camisas, ocho pantalones y dos libros por leer.

Primer encuentro y los amantes

Su acercamiento al gusto por la lectura fue relativamente tardío, a los 16 años. Un refrigerador inservible yacía en el patio de su casa, ahí, un día, el joven Carlos abrió la puerta y se encontró basura, sin embargo, algo captó su atención. Las mil y una noches, ese libro fue su primer encuentro consciente con lo que trataban de decir las letras. El que viaja con un libro, viaja dos veces sobre realidades paralelas. Para qué ir a una librería a quebrarse la cabeza cuando lo fortuito agarra forma de un refrigerador inservible y te guarda una sorpresa literaria, y además gratis.

Al transcurrir los años aprendió a reconocer que los libros eran como cualquier amante.

─Se pueden llevar a cualquier lado, no se les pide nada a cambio, sólo que se pase un rato agradable, que haya atención. Pero lo mejor, es que cuando los botas no te dicen nada.

─La gran diferencia, para que la analogía sea correcta, es la ausencia del coito ─le recordé.

─Por eso recomiendo que no ai nada mejor que tener un amante como tal y un libro al mismo tiempo.

Posteriormente otra obra que lo marcaría fue Miedo a la libertad de Eric Fromm, cuyas ideas se introdujeron en su pensamiento. A los 18 años y con muchas incertidumbres decidió optar por ser más aventurero que de costumbre. No obstante, eso no impidió que entrara a la universidad y decidiera estudiar Actuaría en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Las cosas cambiaron fortuitamente en 1977, se enamoró de Magdalena, en ese entonces de 16 años, y al poco rato el domingo siete salió a dar la noticia de que sería papá. No pudo evitar que el remordimiento de conciencia le ganara y que por consecuencia dejara los estudios o cualquier anhelado futuro de sueños y aspiraciones, que si bien estaban difusos ahora habían mutado en total oscuridad.

El espíritu aventurero lo dejó en el baúl de los recuerdos de su mente, mejor se enfocó a cuidar y hacerse cargo de su familia. Posteriormente, nació Carlo, su primer hijo, y después le siguieron otros tres: Omar, Aurora, Aldo y Antuan.

─ ¿Se considera buen padre?

─ No. He cometido muchos errores, pero creo que, en general, las vidas de mis hijos han sido estables.

Omar es actuario, Aurora es maestra de primaria, Aldo es sociólogo y Antuan apenas terminó el bachillerato y piensa estudiar Arquitectura.

─¿Y Carlo? ─Al preguntarle, se nota que las palabras tardan en llegar a su boca para decirme que Carlo tuvo un tumor cerebral en 2005, el cual pudieron extirpar con éxito. El problema fueron las secuelas que dejó en su cerebro, como la pérdida de memoria a corto plazo. Carlo está consciente de su enfermedad y eso es una gran ventaja.

─Carlo depende mucho de la confianza de sus seres queridos. Quiera o no, tiene que confiar. A veces hay días consecutivos en los que desea comer tortas de jamón, y mi esposa y yo le decimos que las comió la semana pasada. Lo mismo pasa con las medicinas. ¿Quién te asegura que ya se las tomó?

El otro lado y terremotos

La etapa de la voracidad en el hábito de la lectura le llegó a los 27 años. “Era un hambre abismal de leer”, me dice como si la panza se le revolviera sólo de recordarlo, el deseo de obtener el conocimiento absoluto al estilo hegeliano se interpuso en aquella gula literaria, pero como todo lector, fue una época efímera y más porque en el año de 1983 decidiría irse al otro lado. Con pasaporte y papeles en regla, hizo maletas y sin decir nada se fue.

─¿Por necesidad económica lo hizo?

─No. Da la casualidad que lo hice por mera aventura. Me valió madre dejar a mi familia. Un día mi hermano llegó y me propuso la idea y en ese momento no dudé en irme.

El viaje fue un retorno a la búsqueda de algún anhelo extraviado. No sabía con claridad a qué iba allá. Eso no impidió que trabajara como chofer de una tienda de abarrotes en Chicago. En los ratos libres se dedicaba a leer y a leer. Los siete ahorcados de Leonid Andéyev y El astillero de Juan Carlos Onetti son obras que tiene muy vivos en su memoria.

─¿Algo más que tenga vivo de aquellos tiempos?

─No encontraba eco. Uno intentaba comunicarse y a pesar de hablar poco el inglés y de tener compatriotas, todo era, en esencia, monótono y sinsentido, tuve ganas de regresarme pero el dinero y la paga eran mejores que estar en México.

En 1985 el terremoto que azotó a México hizo que Carlos decidiera volver.

─Cuando llamé para saber cómo estaba mi familia, pus me decían que todo estaba bien pero las noticias en los medios te daban a entender otra cosa.

Al llegar al DF supo que la preocupación era una exageración. Lo que sí era de temor era el remordimiento que en el futuro le manifestarían sus hijos. “Me siguen reclamando mi partida, ellos me decían que no era justo que me haya largado porque fueron tiempos difíciles y ellos me necesitaban”. Carlos se arrepiente de ese viaje. “Me tildan de ser mal padre y ser un gran un abuelo. Tal vez tengan razón, con mis nietos intento hacer lo que no hice en su momento con mis hijos”.

Encuentro con las prendas

Su contacto con el agua, los detergentes, las lavadoras, planchas y prendas, que van desde lo más sencillas hasta las más exóticas se dio en el 2005. Su hijo Omar decidió invertir en una lavandería para que su padre tuviera sustento económico, debido a que la búsqueda de un empleo era cada vez más difícil.

La colonia Balbuena era el lugar para que comenzara un oficio que ni él mismo sabía desempeñar. Los libros no le aportaban el conocimiento que debía de tener para mantener el negocio. “Todo lo tuve que aprender empíricamente”. Carlos recuerda aprender, mediante la observación, el uso de las máquinas, la cantidad exacta de jabón que le ponían, qué criterios se seguían para lavar las prendas: color, textura, tela, tamaño, olor.

Después de tres años de trabajo en la colonia Balbuena, su hijo Omar lo convenció de traspasar el negocio. “Entiende que las cosas aquí no son muy agradables. La zona es muy insegura y corres riesgo de que te pase algo, aparte la chamba ya no es la misma”.

Es entonces cuando llegó a la colonia Taxqueña, en ella lleva casi cuatro años. La zona es más tranquila y su experiencia ha evolucionado. Las habilidades como doblar la ropa, lavar y secar, reparar las máquinas han ido mejorando al paso del tiempo. Los cambios son diferentes. Carlos argumenta con tono recriminatorio: “La gente de aquí es muy fría, es difícil sacarles la conversación,  a uno lo ven con cara de un empleado más en un entorno que no es suyo. Por lo menos en la Balbuena te reconocían el trabajo. Lo que no ha cambiado es mi compromiso con la literatura.”

Libros regalados

La frase “Todo el mundo me exaspera, pero me gusta reír y no puedo reírme solo”, de Cioran, le viene atinadamente para describir su personalidad solitaria pero sin perder su capacidad para entablar conversaciones con los clientes. Constantemente apegado al silencio, a la música clásica o al jazz, y por supuesto, acompañado de un libro, se le puede encontrar diariamente cuando no está planchando o tendiendo la ropa.

Su suerte para que le regalen libros en los años que ha laborado en la lavandería ha sido una característica inherente. Sin embargo, él ha aceptado que le gusta “más dar que recibir”. “No sé, simplemente me emociono más cuando doy algún detalle, pero independientemente de lo material, la acción del dar, ya sea cariño o afecto siempre ha sido una característica mía”

Carlos recuerda que en la colonia Balbuena “la gente luego entraba y yo pensaba que traían chamba, pero no. Como la mayoría de las veces me veían leyendo, pus pasaban a regalarme los libros que estaban botados en sus casas”. Hubo un día ─cuenta Carlos─ que un “marihuano” entró con una caja grande llena de literatura. Se los dejó para regalárselos y pedirle que los cuidara.  Él aceptó gustoso y como un niño chiquito al que le acaban de traer un juguete nuevo, empezó a checar los títulos, “algunos buenos otros malos”, pero en general era literatura que ansiaba adquirir. Así como yo había pensado prejuiciosamente de manera burda y vacía, en cómo Carlos podía ser un lector asiduo sin siquiera poseer trayectoria universitaria, a él también le pasó algo semejante al tratar de pensar en cómo un marihuano conservaba esa cantidad de libros, los haya o no leído. “Después de eso, luego llegaban otros marihuanos pidiéndome que les prestara libros o les recomendara. Yo, mano, en vez de recomendarlos mejor los regalaba pidiéndoles que los leyeran, que se tomaran el tiempo que fuera pero que los leyeran. El negocio en ese entonces era depósito de libros y servicio de lavandería y planchado” dice con una sonrisa irónica y nostálgica.

Las anécdotas no terminaron en La Balbuena. En Taxqueña también se ha encontrado con curiosidades.

 Hubo un día que Carlos se enteró que una clienta fue secretaria de Juan Rulfo. Simplemente no lo podía creer, la noticia salió por los temas de literatura que luego llegaban a retomar entre prenda y prenda arrojada a la lavadora con la clienta. Las pláticas sobre experiencias y anécdotas rulfianamente laborales se extendieron a lo largo de las máquinas de lavado, jabón y blanqueador. Una semana después, la clienta le llevaría el libro Tríptico para Juan Rulfo, obra hecha en homenaje al novelista y cuentista. Carlos estaba anonadado. Sólo le quedó agradecer humildemente con atomizador  en mano.

En otra ocasión, un señor que se consideraba priista de hueso colorado comenzó una discusión acerca de política y de cierto enamoramiento por Salinas de Gortari. “Ese cabrón era un chingón, tiene un cerebro enorme. Le voy a traer un libro acerca de él”. Carlos sólo le dio por su lado para no perder al cliente, “porque a pesar de ser priista dejaba buenas propinas”. Dos semanas después regresaría para mostrárselo. “Este es el que le digo, pero no se lo puedo regalar porque está autografiado por el mismísimo Gortari, pero para que vea que no soy mala onda. Tenga ─le extendió 200 pesos─ cómpreselo y léalo” Carlos se rehusó al principio pero el señor fue insistente, a fin de cuentas los tomó y prometió comprarlo. El priista no se ha enterado de que Carlos fue a parar a una “Librería de viejo” y en lugar de comprar el ejemplar prometido, decidió gastarlo en una recopilación de 10 obras de autores que fueron Premio Nobel de Literatura, entre ellos estaban Faulkner, Hemingway, García Márquez, Jean Paul Sartre, Salvatore Quasimodo, entre otros. Dos semanas después y más de una tonelada de ropa lavada, regresó el priista

─ ¿Ya lo compró?─ preguntó

─ Sí, ai lo tengo, lo está leyendo mi esposa─ respondió con tono nervioso

 

“La ironía siempre está presente”

Al observar su cautela para acomodar y dejar todo en orden antes de cerrar el negocio. Le hago una última pregunta:

─¿Le falta algo por hacer en la vida?

─Sí, me gustaría terminar una carrera. Quiero estudiar letras hispánicas, deseo hacerlo pero la edad y alejarse de los estudios por muchos años son factores que me intimidan, me da miedo.

─¿Es la espina que trae atorada por dejar la carrera de Actuaría?

─Sí.

─¿Cree que la familia hizo que todos sus planes, sus sueños, se vieran obstaculizados?

─Sí, en parte es eso, pero como te dije, me gusta más dar que recibir, y la verdad, aunque tenga por pequeños momentos un espíritu aventurero e impulsivo, no puedo dejar a un lado a los seres que más quiero. Si caen o están en problemas me quedo con ellos. Por eso me arrepentimiento de haberme ido a los Estados Unidos.

Al jalar la cortina del consorcio y poner los candados comenzamos a caminar. Carlos me dice una frase simple y verdadera: “La ironía siempre está presente en la vida”. Aquel argumento era irrefutable para la última anécdota que tenía guardada antes de la despedida.

Cuando cuidaba a su papá, éste le pidió que se comprara unos pantalones. Como la mayoría de las veces, se negaba y se hacía del rogar. “Yo para qué quiero pantalones si nunca salgo, en cambio tú, Carlos, deberías de comprarte unos, cómo te atreves a trabajar con esos trapos. Ten 300 pesos” Tomó el dinero y lo primero que hizo fue ir a comprar La muerte de Ricardo Reis de José Saramago. “De no ser por mi padre, me hubiera retrasado más tiempo en conocer la pluma de Saramago, mano. Es un lindo recuerdo que tengo de mi padre antes de su muerte”. Al llegar a su casa y al pasar los días, su padre se acordó del mandado. “¿Ya fuiste por tus pantalones?”

─Claro, ai los tengo ─respondió Carlos.

─No se te olvide plancharlos y darles una lavadita de vez en cuando.

─A mí qué me dices de esas cosas, yo no sé planchar, ni lavar.

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Comments
One Response to “Léase sin jabón y sin plancha a la mano”
  1. Julian dice:

    Pues esta muy largo, lei unos cuantos parrafos y supuse que seguirian intercambiando autores asi que que flojera no? Ademas no se te hace que ese tal señor desperdicio una gran parte de su vida para que a los 55 años lleve un libro de becket bajo el brazo y trabaje al ritmo de brahms, todo eso se consume se guarda y se atesora. yo creo que los señores que piden varo en el metro sin una pierna tuvieron vidas mas interesantes, o menos aburridas. (apuesto a que los dicos eran de pink floyd o de led cepillin)

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