El túnel


El túnel

Por Montserrat Pérez

Lo mira desde lejos y decide que hoy, por lo menos hoy, pretenderá no haberlo visto. Él camina con prisa. Eligió vestirse con  una camisa a cuadros, trae el cabello más largo que de costumbre y  el pantalón no le va al resto del atuendo. Piensa que el gusto no le ha mejorado, desgraciadamente.

Seguro él también la ha visto, pero, como siempre, prefiere volver la cara y esperar que la “niña” corra a su encuentro o grite su nombre en el túnel para llamar su atención. Sin embargo, pasan los segundos y nadie  le dice con voz temblorosa: “¿Javier?”; tampoco siente cómo alguien le toca el hombro y lo mira como quien ve un muerto, y, mucho menos, se le cuelgan por el cuello en un abrazo desesperado.

Se ve linda con esa camisa de rayas y el suéter largo, abierto. Se ve linda con su mochila demasiado grande. Qué bonita va pretendiendo que busca algo y sus pies, vestidos con tenis morados, se doblan hacia dentro, como cuando se ponía nerviosa al hablar con él.

Podría detenerla, pero eso no es lo convenido. La relación no es así, no puede ser así. Él tiene que parecer perdido y solo, para que Rita lo rescate de ese mundo aparte en el que vive. Extraña que le diga que lo quiere. Hace meses que no se lo dice… bueno, por lo menos no a la cara o a gritos por el teléfono.

A veces lo echa de menos. Cuando se siente con los pies muy firmes sobre la tierra siente la falta de ese aire enrarecido por su presencia, pero también le parece que nunca lo conoció, sino que sólo fue un sueño, o un mal rato. Ya no se siente desgarrada como antes, cuando despertar sin él era un suplicio. Ahora sólo le queda una sensación de vacío cuando piensa en él o lo ve, como hoy, como hace algunos meses.

Cuando se encuentran a la misma altura del pasillo ninguno dice nada. El túnel cae en un silencio mortal. ¿Por qué no pasa más gente, dónde está el vendedor ambulante? Nadie se decide a hablar a tiempo. Los pensamientos son ensordecedores:

-Adiós, Javier.-

-Perdóname, Rita.-

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