"Pase o no pase, no vuelvo jamás": crónica de un migrante centroamericano


Crónica

Alejandro García Domínguez

 

La fe es como el amor:
no se le puede obtener por la fuerza

Arthur Schopenhauer

 

Cuando vas por estos caminos, tu fe abunda…

 Yo no vengo solo, vengo con Dios

Lenor Bosermia

 

[5/11/2010] La madrugada avisa que un nuevo día va a comenzar. La mayoría de los que viajan están como sonámbulos ante el constante miedo, la perenne preocupación los mantiene alerta. Todos se miran entre sí de forma taciturna, sus rostros son diferentes. Al hablar, pueden distinguir entre ellos de dónde provienen y hasta de qué poblado son. Pero todos concuerdan tácitamente en el mismo objetivo. Algunos se conocen por el camino que han venido compartiendo desde más de mil kilómetros. El sonido de La Bestia ruge sin parar a 80 kilómetros por hora. Los trece cabalísticos viajantes tratan de darse calor, los noticiarios informaron que en Orizaba, Veracruz, la temperatura ha descendido a cuatro grados centígrados; ellos no lo saben, sólo tienen entendido que para quitarse el asfixiante frío de las venas es necesario trotar dentro de las Góndolas o simplemente recostarse con algún desconocido, ya sea compatriota o no, para sentirse menos congelados y más vivos.

Dentro, sentado en la esquina, acompañado de la oscuridad y el gélido metal de las Góndolas, con sus pantalones de mezclilla, con un cordón que ha pasado a ser usado como cinturón, permanece Lenor Bosermia, migrante hondureño de 37 años de edad, originario del Estado de Lempira. Tiene ojos tristes y mirada cansada, es de estatura alta, piel café, rostro redondo y cabello oscuro lacio, no luce delgado pero sí menoscabado, es de complexión robusta pero su sonrisa es la que aleja cualquier atisbo de intimidación, lleva puesta una playera negra y una chamarra de mezclilla que le “prestó” un compatriota al que se había encontrado en Medias Aguas, Veracruz, con el cual perdió comunicación debido a que los dos decidieron tomar rumbos distintos. «Me la “prestó”, por así decirlo; yo le dije: “Hey, te devuelvo tu chamarra, Ernesto”, y él me contestó: “No te preocupes, aquí traigo otra, estoy casi seguro que nos vamos a topar de nuevo y cuando lo hagamos me la devuelves, nada más cuídamela”, y eso fue todo, él no quería seguir conmigo porque pensaba que perdía más tiempo en ir al Oeste, yo iba para la Casa del Migrante de Apizaco [Tlaxcala] y mi compa ya no pretendía alargar la agonía de su viaje…».

Antes de migrar, Lenor laboraba como herrero, su experiencia la consiguió por su tío, a quien siempre quiso como un padre. Su familia está conformada por su madre Josefina, su hermana Berenice y su hermano Emilio. Su padre los abandonó cuando Lenor tenía 14 años. «Yo siempre fui un travieso de pequeño, a mi madre la hacía sufrir y mi padre ni enterado estaba, pero cuando iba creciendo, mi madre supo guiarme para que no cayera en complicidad con las pandillas que estaban de moda por el barrio». Lenor ─o Len, como le decían en su país─  aún no ha formado una familia, pero sí tuvo muchos amoríos; ahora que los tiempos cambian asevera que la necesidad no da tiempo para pensar en el amor.

Uno de los temores de Len, y de muchos migrantes, es el ferrocarril, mejor conocido con el apelativo de La Bestia. «Debes tener mucha maña para agarrarlo, algunos lo trepan mal y quedan hundidos bajos las vías». Es bien sabido que por falta de recursos, los migrantes que vienen de Centroamérica se tienen que valer de los trenes de carga; los riesgos son inminentes y variados: tratan de evitar a los guardias que cuidan la zona ferrocarrilera, se protegen de los peligros climáticos y hasta de la presencia de los Mara salvatrucha, todas son en conjunto preocupaciones constantes.

Len asegura que la migración en su país es como un rito, como la iniciación al reconocimiento de un hombre, pues el fenómeno migratorio se ha vuelto cada vez más precoz entre los jóvenes, que comienzan el viaje entre los 14 y 16 años.

En el caso de Lenor, éste es su tercer intento por cruzar, como diría él, «al otro lado, un lado que permanece en una delgada línea que se pierde de vista entre la felicidad y la muerte: eso es Estados Unidos». Aquella aventura ya no le parece emocionante como la primera vez. La necesidad de saldar una deuda de su familia y, a su vez, procurarle una mejor calidad de vida es lo que le preocupa. «Tengo miedo, pero encima de La Bestia no te puedes dar el lujo de tener sentimientos, porque te bloquean, te distraen, en este viaje no puedes pensar en la familia, luchas por ella, pero no debes pensarlos, si te ganan las lágrimas entonces eres vulnerable y eso no te conviene».

***

[Madrugada del 5/11/10] La Bestia rompe el silencio de la noche al avanzar kilómetros de piedras y pastizales. Lenor sólo tiene un pensamiento: «Aguantar el frío»; algunos compañeros sacan de sus bolsillos algunos cigarrillos desgastados para calmar la pesadumbre. Las Góndolas, cuyos vagones se caracterizan por no tener techo y ser utilizados como depósitos de basura o residuos industriales, tienen la ventaja de protegerlos ante la intemperie, pues son de fácil acceso. Lo peor que le puede pasar a un migrante es viajar colgado o montado en la superficie de uno de los vagones, ahí el aire rebana, desde los pensamientos hasta las extremidades. Y, no obstante la bondad de las góndolas, lo ideal para un migrante sería estar en un vagón techado. «Ésos son los mejores, te mantienes un poco más calientito», dice la sabiduría de Len.

Su primer viaje lo realizó con mucha emoción hace cuatro años. «Cuando lo intenté parecía un chamaco con ansia de tener un juguete nuevo, yo emprendí la hazaña ya muy viejo para ser migrante, a mis hermanos les prohibí que me acompañaran y que ni se les ocurriera alcanzarme. Es mi deber sacar la cabeza por mi familia porque soy el mayor, ellos no». Uno de los mejores momentos fue cuando logró pasar al otro lado, al lado feliz, al sueño americano. Una de las complicaciones que tuvo fue trabajar en pequeños poblados para juntar dinero, al llegar al Norte de México contactó a sus familiares para que supieran que todo por allá estaba en orden. «A cada instante, cuando podía, los llamaba; lo peor que le puedes hacer a quienes te esperan en tu país es no comunicarte con ellos, mi madrecita ahora está que sufre». En ese entonces, su madre y su hermano habían ahorrado dinero para mandárselo, para que así pudiera pagarle a un pollero que le ayudara a cruzar la frontera.

Fuente: El País.com

«Corrí con mucha suerte, mi primer viaje no fue tan difícil, me encontré con gente muy grata y amable, inclusive el pollero que me llevó resultó ser honesto, cumplió su palabra y me ayudó a llegar». Al haber conseguido su objetivo, las cosas le favorecieron sólo durante un tiempo. Lenor vivió en San Antonio, Texas, durante un año. Trabajó en diversos oficios: carpintero, mesero, albañil y ayudante de cocinero. Sin embargo, no todo fue la felicidad y estabilidad que promete el anhelo norteamericano. Lenor fue deportado. «Dos días antes de que me deportaran había dejado el último depósito a mi madre, si me hubieran pillado antes hubiera sido un dinero perdido».

Volvió a su país, el fruto de su trabajo en Estados Unidos ayudó a la familia Bosermia a conservar un temporal ambiente de tranquilidad. Pasaron 3 años para que Lenor iniciara otra vez el proceso de migración, las deudas habían vuelto, la carencia de trabajo y la crisis en su país fueron algunos factores que produjeron la toma de decisión. Por segunda vez sentía emoción, y nunca contempló que las cosas “buenas” que le habían sucedido no podían permanecer tan “buenas”.

***

[Mañana del 5/11/10] Un chirrido retumba en los tímpanos de Lenor y sus compañeros. La inercia los empuja hacia un lado. La Bestia gritó anunciando su detenimiento, después de unos segundos reanuda su andar. Sólo fue un susto. Los rayos del sol comienzan a abrasar a la frente de Lenor, La Bestia continúa con la marcha menguada como si la luz de la mañana debilitara su estructura. A la lejanía se oían, cada vez más grave, los gritos de unas personas ordenando que se bajaran, el tren iba a escasos 10 km, Len y sus compañeros comenzaron a exaltarse, las demás Góndolas eran saqueadas, a los migrantes no les quedaba más que obedecer. Llegaron a su vagón y Len alcanzó a ver que lo primero que se asomaba por la superficie era una pistola, en ese instante pensó: «Por favor, Dios, que no sea otro secuestro».

Uno de los momentos más difíciles que yacen inyectados en las neuronas de Lenor, es la experiencia de haber sido secuestrado a la altura de Tierra Blanca, Veracruz ─considerada, junto con Medias Aguas, el poblado más peligroso para pasar, debido a los altos índices de secuestros a migrantes realizados por los cárteles [de la droga] del Golfo de México─. «Nos agarraron, éramos como 10 migrantes, incluso por un momento llegué a imaginar que era la migra disfrazada de civil, pero cuando comenzaron a pedir los números telefónicos y nombres de familiares, supuse que no era normal». Su segundo viaje fue todo lo contrario al primero, un giro de 180 grados: la amabilidad, la generosidad, los terrenos, los recorridos y la inseguridad, ya eran diferentes, en el lapso de tres años nunca pensó que la situación en México había cambiado drásticamente.

A la familia Bosermia le pidieron mil dólares por el rescate. «Hasta para quitarnos el dinero no se ponen necios, les convenía agarrarnos en grupos, sólo así lograban sacarnos algo del bolsillo». Su cautiverio duró tres días, que para él transcurrieron como meses. Lo mantuvieron amarrado como a un pollo a punto de rostizar: los brazos atados junto con los pies hacia atrás. Estuvo despierto esas 72 horas con la atmósfera de miedo y furtiva psicosis. Los músculos ya los tenía entumidos, el hambre y la sed gritaban, pero eso sí: «La fe nunca se me murió, pedí a Dios que estuviera conmigo y lo hizo. Nunca voy a olvidar a mis captores. Sabes que es injusto y que no lo mereces, pero ellos no merecen que les tengas odio o que los mentes, sólo hay que pedir por ellos, que se den cuenta, algún día, del mal que hacen, hasta para eso tengo fe». Sus captores lo dejaron libre al recibir el dinero y posteriormente fue entregado a Migración para su segunda deportación.

***

[Mañana del 5/11/10] Falsa alarma, no era un secuestro, los recuerdos le vinieron a la mente por unos segundos. Las personas que estaban saqueando a los migrantes de La Bestia eran unos simples residentes en busca de una mujer que supuestamente se había escapado de su casa, Lenor sólo negó la presencia de aquella mujer. Los residentes, con pistola en mano, aprovecharon para sacar ventaja de los escasos recursos que traían los migrantes, a algunos les sacaron dinero, a otros pertenencias, pero nada fuera de lo normal. Después de un rato, todos en fila india empezaban a trotar, a ajustarse la mochila, los amuletos y las persignaciones. La Bestia comenzaba a soltar el rugido de partida. Primero uno se trepaba, ulteriormente otro y esos dos ayudaban a que subieran los demás. Len ya estaba arriba. Por un momento pensó en su familia, pero mejor decidió entretenerse con el paisaje árido que se dibujaba, sacó un cigarrillo, lo prendió y esperó.

Su tercer viaje lo comenzó hace tres semanas ─hace cuatro meses fue apenas el cruce de su incómodo segundo intento─. El objetivo era hacer escala en la Casa del migrante de San Juan Diego ubicada en Lechería, Estado de México; este punto del recorrido migratorio es la señal de cambio, ya que los migrantes que vienen del Sur y se dirigen al Estado de México saben que las adversidades más arraigadas han sido superadas. «Cuando llegas hasta aquí, ya has sufrido lo pesado, ahora, de Lechería pal’ Norte es sólo cuestión de cuidarte de los tiras». El exceso de confianza está prohibido, sabe muy bien que en grupo siempre se apoyan. Incluso, le parece más efectivo mantener la paranoia, porque sólo así sabe que no se puede confiar en nadie.

Fuente: noticias.univision.com

Su táctica hasta ahora ha sido evitar las zonas en las que pasó su secuestro, por el momento le ha ido bien aunque está consciente de que va retrasado. «Tal vez voy con más probabilidades de ser deportado, pero no de ser secuestrado». A causa de su rapto, nunca llegó a reflexionar acerca de cargar un arma para su defensa.  «Yo no tengo necesidad de traer cuchillos o pistolas, yo traigo algo mejor»; saca de su playera un escapulario blanco: «esto me ha sacado de dificultades, me ha venido acompañando desde mi segundo viaje, es la mejor arma que puedes cargar contra la escoria que te topas».

Len llegó a su pausada meta, la madre Lupita, coordinadora y responsable de la Casa del migrante de Lechería, acepta darle un techo para que duerma, se bañe y coma.

Los objetivos aún parecen muy lejanos, la meta dista de ser alcanzada pero Lenor mantiene fe  y esperanza en llegar vivo a su destino. «Ésta es la tercera, ésta es la buena, lo sé, lo puedo sentir. Siempre, en esta vida se lucha por algo material, pero independientemente de mi bienestar personal, quiero que estén mejor las personas que más amo: ¡Mi familia, pues!… de lograrlo, ya me preocuparé por mí».

La única preocupación de su madre es que llegue vivo, y la de él es procurar darle buenas noticias, sólo trata de no quedarse en el camino como muchos compatriotas, él desea, mofándose, llegar a ser viejito para poder presenciar los triunfos de Honduras contra México en el futbol. Por ahora ha tomado un ultimátum, que al igual que su destino, permanece perdido en sólo una promesa: «Pase o no pase, no vuelvo jamás».

Son las 9 de la mañana de un sábado 6 de noviembre del 2010; después de ser acogido por un día en la Casa del migrante, Lennor sabe de la importancia que tiene un fin de semana: en Migración no laboran. Toma una ducha con agua fría, se rasura, se viste: pantalones de mezclilla, playera negra, botines negros, y la chamarra de su compatriota Ernesto, el cordón en la basura y un cinturón regalado que para él es nuevo; un vaso de leche, huevos con frijol y dos conchas, son su desayuno. Ya está preparado para reiniciar la ruta, se despide de otros migrantes catrachos (hondureños), ticos y salvadoreños, se dirige al Norte sin saber que, horas antes de su partida, un desconocido lo entrevistaría.[1]


[1]Quisiera agradecer a Alan Espinosa por su confianza, de no haber sido por él no hubiera conocido la existencia exacta de la Casa del migrante. También a Guadalupe Calzada por dejarme entrar y a Lenor Bosermia, por su confianza y su complicidad para contarme su vida y dejarme una lección de la misma.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • "Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos." E. Galeano

  • "Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte." J.Cortázar
  • "No hay necesidad de fuego, el infierno son los otros." J.P. Sartre
A %d blogueros les gusta esto: