Saber y no


Saber y no

Fernando Alonso Zuli

A los setenta y siete años, Carlos Ortiz de Mora seguía soñando con salir de su pequeña casa, al sur de La Corvera. Cinco años antes, su hijo José Luis le obsequió una máquina algo vieja pero que aún funcionaba. La primera vez que la utilizó no llegó más allá del muro de su patio: un accidente que le provocó más pánico para salir del que ya tenía.

Una tarde de otoño, cuando los cielos se tiñen de rosado por la mala reflexión de la luz, Ortiz salió de su hogar y caminó hacia el centro corveriano. Cerca de llegar a la estación del bus, un hombre con atuendo opaco se ocultaba detrás de un árbol. Ortiz sólo lo miró inocentemente mientras pasaba a su lado.

El bus no llegó pronto. La tarde siguió tranquila, con una brisa refrescante, casi fría que bordeaba los cuerpos con suma precisión. Una hoja voló delante de los ojos del viejo, quien sólo la miró pasar y caer varios metros más allá. El autobús llegó casi vacío, apenas dos personas viajaban en su interior. Ortiz subió a la unidad con temor del hombre que aguardaba paciente escondido detrás del árbol, como un mal presagio de un suceso lejano.

El bus llegó al centro con Ortiz como pasajero. El viejo se apeó con la lentitud de la edad y las rodillas desgastadas por el trabajo. Sobre la plaza caía la luz de los enormes faros que la cercaban. Un kiosco de dos niveles se erigía en el centro sobre una base de piedra volcánica. Un vendedor de algodones se aproximó al anciano a pedir más que ofrecer, pues al fin ¿qué podría querer un viejo con un vendedor de golosinas? Ortiz se sacó de la bolsa una moneda dorada, un quinto y nada más para el algodonero, quien no tuvo más que aceptar la moneda con un gesto de falsa gratitud.

El viejo rodeó el kiosco y caminó hacia la mercería de la contraesquina a la parada del bus. Su semblante tranquilo y sus ropas modestas le ayudaron a sortear a un par de asaltantes conocidos por sus fechorías en La Ribera y Santa María, que recién llegaban a La Corvera, quienes prefirieron atracar a un hombre de sombrero alto. Ortiz sólo rió por la desgracia.

Frente a la tienda había una señal de alto derrumbada por una máquina fuera de control que se había dado a la fuga sin siquiera intentar reparar el daño.

La noche se aproximaba con lentitud tenaz. En el aparador, un hombre con una herida en el rostro a un costado del ojo izquierdo, miraba hacia abajo con nostalgia, como si el daño se hubiera provocado en el pasado y apenas entonces comenzara a sangrar. Ortiz dudó de cumplir con su travesía. Sin decir una sola palabra, el viejo se acercó al aparador y señaló un pequeño botón pardo, como el que le faltaba a su chaleco. El hombre entendió de inmediato la señal y extrajo un par de una caja metálica con decenas de casetas. Ortiz tomó sólo uno y dejó una moneda de medio Sol en su lugar. El trato estaba sellado.

El viejo volvió a casa convencido de haber hecho lo correcto.

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