Un fallido plan de educación pública


 Anna Lagos

 Después de creer que no había un plan de nación en cuestión de educación pública en el país, me encontré con que sí existe, lamentablemente el plan es desalentador para los que, dentro de poco, serán egresados de instituciones de educación superior. Fue a mediados de 1998 cuando las autoridades de la Secretaría de Educación Pública (SEP), dieron a conocer una versión detallada de sus planes para el perfil de escolaridad de la población mexicana en el siglo veintiuno y hay otro documento llamado: “La educación superior hacía el siglo XXI Líneas  estratégicas de desarrollo”, originado por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) que presenta un detallado plan por etapas de lo que se quiere sea la educación superior para el año 2020.

Éste plan dice que se requiere una fuerza de trabajo compuesta de cerca de 90 por ciento de personal técnico y sólo una reducida proporción de profesionales egresados de las instituciones de educación superior. La SEP se preocupa fundamentalmente por la fuerza de trabajo, no se conoce un proyecto para el desarrollo educativo de la población en general del país, la finalidad prioritaria (de los documentos anunciados anteriormente) está orientada al mercado laboral.

Es claro que en el discurso se mencionen propósitos mucho más amplios sobre la educación como: la participación, la ciudadanía, el estado de derecho, derecho humanos, cultura cívica, bienestar social y personal, sin embargo, sólo es parte del discurso para ganar simpatizantes, sólo buenos propósitos. El Estado mexicano, desde principios de los noventa ha abandonado su responsabilidad legal y social de financiar e impartir educación más allá de la educación básica; restringe entonces el financiamiento a la educación media y superior.

Ya sólo se educa (y muy mal) para reproducir la fuerza de trabajo. De hecho el plan de la SEP y la ANUIES asume lo que ya ocurre: una tercera parte de la población del país trabaja, otra se prepara (mal) para sustituirla y la otra tercera parte está excluida de la educación o del trabajo. El plan pretende que México sea un país de técnicos, no se considera que una cantidad importante de personas tenga educación superior.

¿Y qué pasará si el plan se lleva a cabo? ¡Desastre total!, un país así no puede crear una amplia y multifacética infraestructura de bienes y servicios, ni tener una fuente de descubrimientos básicos en todas las ciencias, no habrá personas con la educación y cultura necesaria para incorporarlos a sus actividades cotidianas, no existirá una reflexión y profundidad del acontecer, una concepción filosófica sobre su ser y su tiempo como país y como cultura. Seremos entonces, el país de los técnicos, el país de los que se preparan para el trabajo, así de triste, una máquina más, perfectamente sustituible.

¿Quién piensa en los planes de educación para el país?, ¿Quién analiza las necesidades y las oportunidades a las que nos enfrentamos? Creo que la universidad no es la panacea, sin embargo, es obvio que podría ser utilizada en beneficio del desarrollo integral del país, generando una forma más balanceada del anteriormente citado plan.

La sola reducción de recursos, es un mecanismo demasiado burdo e incluso contradictorio impulsar el nuevo modelo de educación. Cuidado, no es sólo tener estudiantes en las aulas, sino de mejor calidad, preparados para los problemas económicos y sociales nacionales e internacionales.

Es claro cuando se revisan las cifras del dinero que se gastaba en educación superior y la cantidad de alumnos beneficiados; en 1982 se destinaban 35.6 millones de pesos para atender a 666.4 mil alumnos, pero en 1994 con sólo 25.6 millones de pesos, las instituciones atendían a casi un millón de estudiantes; casi un 50% más, según el gasto federal en educación y matricula.

Es evidente que no se requieren más alumnos en las aulas, se necesita asegurar a profesionales de excelencia, que los recursos se utilicen para generar educación de calidad, personas capacitadas para el acontecer mundial y para el desarrollo de un país mejor. No se necesitan más universidades, se necesita mejor calidad educativa; no se necesitan más alumnos en las aulas esperando un título universitario, el país necesita estudiantes (aunque no sean muchos) interesados y sobre todo suficientemente capaces para resolver los problemas que nos afectan día con día, cada quién en su área.

La solución encontrada para utilizar mejor los recursos es clara, los exámenes de ingreso y la creación del Centro para la Evaluación de la Educación Superior (Ceneval)  como instrumento de la política de restricción del acceso y egreso de la educación superior.

Entonces, a partir de estas formas de evaluación, el discurso es el siguiente: no es la falta de recursos o la disminución de lugares disponibles en las universidades lo que hace que un número creciente de jóvenes quede excluido de la oportunidad de educarse, sino su propia capacidad para pasar exitosamente exámenes objetivos y científicos. Ahí es donde entra la iniciativa privada a proveer educación superior a las personas que no lo obtienen haciendo su examen de ingreso a la Universidad, ahí el plan de una nación de técnicos capaces de trabajar falla aún más, universidades privadas cumplen con el rol de dar educación (por lo regular más deficiente que las instituciones públicas) generando así una cantidad impresionante de egresados sin posibilidades de entrar rápida y dignamente al mercado laboral.

El plan no está saliendo bien ni porque tengamos aspiraciones tan básicas como ser un país de técnicos profesionales en el trabajo, ¿la solución que se propone con exámenes de ingreso y egreso garantizará un mejor uso del gasto?  Con tal cantidad de egresados el trabajo se abarata y la esperanza disminuye…

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