Anette Messager: ‘maliciosa’ vieja niña


Reseña

Zedryk Raziel

Hace tiempo, en su artículo sobre una muestra de arte povera (“arte pobre”), mi amigo Luis Lozano advirtió que esta expresión artística contemporánea se suma a otras que han venido cuestionando –y quizá perturbando- la postura tradicional de Occidente ante la producción y consumo del arte. “Cuando se acaben los materiales”, planteó Lozano (aunque Lozano no es sino amanuense de un espíritu más o menos generalizado), “¿dejará de haber arte?”. Él mismo transcribió la respuesta: “las sábanas de una cama, acomodadas contra la pared como si se tratara de cortinas, demuestran que no”[1].

En discordancia con la inmaterialidad o “desmaterialización” que postula el arte performativo (performance) –en que las piezas van desapareciendo en la medida en que se van ejerciendo, sin dejar rastro, pof-, queda otro arte, material como el más tradicional, pero distanciado de los medios (materiales y rituales) convenidos para arribar a él. Está el arte povera, con las composiciones de rocas, vegetales, plomo y papel corrugado. Y está la obra de Anette (a net: una red) Messager, quien dice de sí:

“Vuelvo a pegar ojos,
despego orejas,
recorto dedos
desgarro un seno.
Es mi ley de intercambios.
Tallo,
hago añicos
pedazos escogidos y sobrantes.
Destazo,
despedazo.
Odio lo lineal.
Sostengo con alfileres,
seco
humedezco
vuelvo a secar.
Sólo doy luz a quimeras.”

Del arte de Messager (Francia, 1943) se ha dicho que es sutilmente violento o pervertido o chocante –en el sentido del shock-. Al parecer, hay un profundo sufrimiento tras la visión, en un museo, de unos inocentes peluches desmembrados (y luego es zurcida la boca del osito a la cola apestosa del zorrillo), o de unos dibujos en carbón que relatan la salvaje violación de unas mujeres (que asumen expresiones de dolor aproximadas a las del placer), o de unos sombríos maniquís (es decir, personas) infinitamente atados a cuerdas y poleas mecanizadas que les otorgan movilidad, pero que los condenan a repetir dos o tres movimientos diferentes, y punto.

Y, si aquel juicio sobre la perturbación de la obra de Messager es cierto, ésta es una severidad doble.

Articulés-Désarticulés, 2001-2002. Foto: balkon.c3.hu

Sobre la primera violencia: contra las normas sociales del “quehacer artístico”

En el análisis de las estructuras de la vida social, se ha visto en Occidente (y esto es una generalización analítica), no sólo el establecimiento del arte como práctica de producción y consumo necesaria (que vale la pena) para las sociedades, sino también el establecimiento de los métodos permitidos  para llegar a él: los materiales, procedimientos y rituales para la producción del arte; los mecanismos cognitivos de aprehensión y apreciación para su consumo, además de los espacios “apropiados” para ello. Un rotundo establishment.

En el desdén –originado a principios del siglo xx- de los medios convenidos en virtud del enaltecimiento del valor del arte (“lo único que importa y el único que habla es el arte”), de tal modo que se produzca arte aun mediante recursos heterodoxos y “reprochables”, la obra de Messager no es más transgresora que, por ejemplo, todo lo povera o el performance. Y, sin embargo, de la obra de la artista se invoca la perversión, ¡puag!

Sobre la segunda violencia: contra la sensibilidad angelical de los humanos, que sinceramente son buenos

Auspiciada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el Antiguo Colegio de San Ildefonso se presenta la exposición Anette Messager, una selección de las 42 obras más reconocidas de la artista, producidas entre 1982 y 2010 en instalación, dibujo, intervención-en-muro, fotografía, collage y ambientaciones. Según es fama, se trata de la más grande muestra sobre Messager realizada en América Latina, razón que multiplica las posibilidades de extrañamiento en la “experiencia artística” frente a las redes, las telas desgarradas, el estambre deshilvanado, las fotografías fragmentadas, las marionetas, los exvotos velados y los dibujos empenumbrados.

Messager desarma y arma. Para la construcción, es precisa la previa destrucción, porque es imposible partir de la nada (la creación, es decir la creación a partir de la nada, es virtud dada a las divinidades y a los ángeles, diría Borges). Jorge Contreras, quien curó la exposición junto con la artista, sostiene que “el suyo es un mundo en continua construcción”, como de hecho señala la Sociología que es el mundo social de todos nosotros: incesantemente intervenido. Pero si el arte es fundamentalmente representación, y la construcción en el arte es representación de la construcción del mundo, vale preguntar por qué la obra de Messager resulta “incómoda”.

Precisamente, por ser representación de-lo-que-hay. Y algo más: los recursos “insensiblemente” utilizados para su destrucción-construcción: elementos asociados a la infancia (acuarelas, muñecos, guantes), que a su vez está previsiblemente asociada a la inocencia, la incorruptibilidad, las buenas intenciones que son malas sólo en apariencia. Desde el punto de vista adulto, esa inocencia es inocencia perdida, es nostalgia; se culpa rousseaunianamente al entorno; la infancia se juzga, salvo trágicas excepciones, un recuerdo grato. Y como la experiencia actual en el mundo a menudo se reputa –justificadamente- desconsoladora, todo motivo que sirva para la fuga psíquica (por ejemplo la memoria) es procurado con celo y amonestada su transgresión.

“Es normal que la gente tenga estos sentimientos al ver mi obra”, dice la artista. “Yo no hago arte para que la gente tenga sólo sentimientos placenteros. El arte no resuelve los problemas, pero sí plantea las preguntas”[2]. Se trata, pues, de un razonamiento más general: entre el juicio que confronta al “arte comprometido” con el “arte-por-el-arte”, hay quienes se aproximan al Arte como buscando un paréntesis en medio de un pantano; los inquieta cualquier continuidad, cualquier asomo de la severidad del mundo en las obras.

Mis votos bajo la red, 1997. Foto: club.doctissimo.fr

Pero a Messager, pese a todo, no se la amonesta. Porque ella es astuta. Ella es “una vieja niña”, como dice. “¿Por qué utilizas juguetes y peluches en tu obra, y por qué los rasgas, los perforas y los alteras”, preguntó La Revista a la pequeña Anette. “Nunca tuve peluches cuando era niña y me gusta su suavidad, son como una almohada. […] Me gusta abrirlos y jugar con su interior porque eso es lo que a los niños les gusta hacer, siempre tienen la curiosidad de conocer la realidad de su interior”[3]. De modo que, por mediación de la resignificación del juego, la labor destructiva-constructiva de Messager se muestra como un acto inocente o bienintencionado pese a la apariencia más o menos siniestra de sus creaciones. “Deshacer la división entre el orden y la transgresión”, dice el curador de la muestra.

He aquí la contrariedad, que no es inaugurada sino evidenciada por la artista francesa en piezas como aquélla titulada “Protección” y que expone el dibujo de un payaso sospechosamente mal pintado; o aquélla que es un conjunto de peluches destazados y cosidos a modo de que formen en el muro la palabra “Protection”; o ésa que representa en la pared el término “Fun” con estambre negro enmarañado, como una telaraña o como una cabellera desafortunada (cerca de cada obra, la numeración de los elementos que la constituyen semeja un recetario fantástico: “ropa de niño”, “lana desenredada”, “poleas”, “dibujos a color enmarcados”; en ese contexto, sólo algo no sería sorprendente: leer en esos recetarios algo como “dientes de sable”, “uñas cortadas-con-dificultad”, “tristeza de huérfano”).

Messager recuerda que a los juguetes se puede acudir en busca de refugio (o fuga) lo mismo que de “continuidad”: basta admitir que, a menudo, los niños liberan enojos y frustraciones a través de sus muñecos, devastándolos (la confrontación del malestar ejerciendo malestar no es sino la confirmación del mismo, establecer un continuum). Al arte –ya sea para su producción o para su consumo- se acude de modo semejante.

“Creo que la ternura y la crueldad van de la mano”, dice la artista.[4] El malestar frente a la obra de Messager evidencia el olvido o deliberada omisión de la dialéctica entre lo “positivo” y lo “negativo”; de que “el niño”, como “el adulto”, puede ejercer conmovedoramente la violencia. En la consideración de la infancia como un estado de absoluta bondad subyace la creencia melancólica de que, en cierto momento, uno mismo, que se sabe más o menos bueno y más o menos malo, fue enteramente bueno, como los ángeles o las divinidades.

Antiguo Colegio de San Ildefonso:

Justo Sierra No. 16, Centro Histórico

Martes, de 10:00 a 19:30 hrs. Miércoles a domingo, de 10:00 a 17:30 hrs.


[1] Luis Lozano, “Una contradicción bien comulgada: el arte povera”, revista Contratiempo [en línea], Dirección URL: https://revistacontratiempo.wordpress.com/2010/07/21/una-contradiccion-bien-comulgada-el-arte-povera/, [consulta: 23 de junio, 2011].

[2] “Anette Messanger [sic]. Retrospectiva”, La Revista [en línea], Dirección URL: http://www.larevista.mx/data/?p=1014, [consulta: 23 de junio, 2011].

[3] Ibid.

[4] Ibid.

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