La milpa de este año


La milpa de este año

Por J. Cruz

Fortino

Las Cabañuelas son una forma muy común de predecir el futuro entre nosotros, los agricultores; ocupan todo el mes de enero y consisten en que cada mes del año en curso usará un día del primer mes para “decirnos” qué condiciones tendrá el clima a lo largo de ese mes cuando llegue de verdad. Así, por ejemplo, si el 3 de enero llueve, los agricultores sabemos que la temporada de lluvia empezará en marzo, pero si el 4 no deja de granizar, sabemos que es probable que en abril la cosecha se eche a perder. Los primeros doce días de enero ocupan la primera vuelta. En los siguientes doce, el orden se invierte, de manera que el 13 de enero representa diciembre, el 14, noviembre y así sucesivamente. Al llegar al día 25, cada mes tiene medio día para mostrarse y el día 31 el tiempo de cada mes se reduce a dos horas.

Así nos enseñó Ignacio, mi papá, y así lo he practicado por los 30 años que llevo cultivando mis dos hectáreas de milpa. Como siempre, este año las cabañuelas funcionaron. Enero fue, como lo ha sido febrero, marzo, abril y mayo, un mes de sequía.  Ya me he cansado de esperar. Primero a que aparecieran las nubes, después a que se detengan y ahora, a que paren estas chispeadas que más que ayuda son una burla.

Da igual, dije en el día en que la tercera luna llena del año apareció en el cielo. Seguramente las cabañuelas “se cebaron” esta vez. Igual contraté el tractor, que vino a barbechar y cobró como si yo tuviera Procampo, igual traje a los peones y la yunta, tan sensibles y sentidos como siempre, como son todos en San Juan, hasta los bueyes. Igual compré el tambo de abono. Igual limpié, espalda al sol y en cuclillas, las dos hectáreas bajo este chingado sol que evapora hasta mis lágrimas y este viento que se lleva todas las nubes. Pero es hora de que las únicas matas que han crecido no levantan más de medio metro, cuando en junio casi siempre ya vemos los jilotes.

Con la cosa así, cada vez me da más vergüenza ver hacia la milpa. Cuando mi viejita menciona el clima, trato de no escuchar, de voltear para otro lado o hacerme el dormido. “No es culpa tuya, Fortino” repite, como si entendiera lo que es no tener que molestarse porque pájaros o borregas se metan a la milpa a comerse el maíz. Por más que disimule, todos se dan cuenta de mi tristeza y me animan, como si entendieran lo que es ver un inmenso pedazo de polvo en lugar de las dos verdes hectáreas que mi papá me encargó cuando murió. En las noticias dicen que por ‘ondequiera está así, que el calentamiento global y las mareas, como si entendieran la afrenta que representa la chispeada que esta tarde ha dejado con más sed a todos. Nadie entiende que sí, que en parte es culpa del sol y el viento, pero que si uno siembra y no cosecha, la culpa, como decía mi papá, no es de la tierra sino sólo de uno.

Minelia

Ve a su padre cada vez más avergonzado, con una depresión que se esconde tras una sonrisa falsa y la risa de siempre. A ella, contadora citadina, se le ocurrió venir a consolar a su papá con el chistecito de que el calentamiento global y las empresas transnacionales para las que trabaja son las causantes de que una de las milpas que el abuelo Ignacio heredó a uno de sus 18 hijos este año no dé ni un solo elote. Su papá no se lo dijo, pero estuvo a punto de decirle una grosería, como si lo entendiera.

Como todo argumento político, lo anterior fue inútil para explicar la desgracia de una persona, cuya capacidad de acción no alcanza para imaginar un proceso de dimensiones tan descomunales como la idiotez que Mine dio en llamar “calentamiento global”. Mine no entiende que el conflicto de su padre no es con algún político, con los dirigentes de las transnacionales o los productores de maíz transgénico, el conflicto es con su milpa, con la milpa que alguna vez fue admirada por el pueblo, que por consiguiente también lo admiraba a él, el gran agricultor.

Su conflicto es el del hombre que hace de la tierra no sólo su trabajo, sino su palabra alegre, su mirada atenta, sus manos callosas. Mine recuerda el lema de Flores Magón: “La tierra es de quien la trabaja” y piensa que nadie ha dicho que la tierra se comporte como al agricultor le venga en gana. Aunque le duele ver el sufrimiento silencioso y escondido de su padre, para ella es suficiente un “ni modo, para el otro año será”; su padre, en cambio, piensa que, porque es el hombre el que se debe a la tierra, él es responsable de ella llueva o no. La desgracia de su padre es, justamente, que si la tierra no da ni una sola mazorca, es él quien le falla, no sólo a su familia que se quedará sin comer huitlacoche este año, las señoras que le compran maíz para las tortillas o sus borregas que no tendrán pacas de paja en invierno, no, le falla a su historia, falla frente a su padre, falla frente a esos 50 años seguidos en que esta milpa habló bien de él.

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