Modernidad: tiempos violentos


Ensayo

Iván Martínez Ojeda

Entre tantos y copiosos debates y disensos sobre la vigencia o no de la modernidad y su correspondiente paso a la postmodernidad, no sabemos bien a bien si seguimos viviendo en los tiempos modernos de Charles Chaplin. Pero en lo que sí hay consenso y certeza es en que vivimos en tiempos violentos, y antes de despedir a la modernidad resulta necesario -para evitar la impunidad intelectual- una justa rendición de cuentas a una de las corrientes del pensamiento humano que durante siglos prometió la paz a cambio de la aplicación de sus rezos y axiomas.

El método cartesiano

Ya en el siglo XVII, el padre de la modernidad, René Descartes, creía haber encontrado el camino que nos llevaría a los senderos de la paz. El problema para Descartes radicaba en que bajo la tradición escolástica todo mundo creía tener la razón y la verdad con tan sólo presentar argumentos bien estructurados (retórica). Esto representaba una “anarquía intelectual” que conduciría inevitablemente a un estado de guerra. La solución sería la instauración del método cartesiano, el cual fungiría como único juez de la verdad y la mentira.

El método cartesiano, además, era universal y por lo tanto también las “verdades” que emanaban de él.

Lo universal, como sabemos, tiende a expandirse sin control ni respeto por las fronteras, pero también tiende a universalizar, es decir, a ordenar al todo según un parámetro general. Es, como diría Edgardo Lander, una universalidad excluyente.

Es una acción universalizadora y ordenadora que excluye a lo diferente: al otro. Luego, el método deviene harto contradictorio pues para lograr la paz se requiere de la ausencia de diferencias: la pax cartesiana resulta utópica. El proceso de universalización es un proceso violento pues los elementos a uniformar suelen oponer resistencia, ergo, la coacción resulta ser vital para la modernidad, o como diría Zygmunt Bauman, “La modernidad puede vivir sin coacción tanto como un pez en el agua”[1]. Ya Weber advertía que uno de los rasgos basales del Estado moderno es el monopolio del uso legítimo de la violencia. El Estado moderno no suprime la violencia, la monopoliza.

No es un hecho gratuito el que Alejo Carpentier, en su célebre novela El recurso del método, haciendo alusión al Discurso del método de Descartes, presente como protagonista a un dictador, que al igual que Descartes veía en la diversidad la semilla del desorden. Descartes censuraba la diversidad de verdades; El Dictador prohibía la pluralidad política, los partidos políticos; Descartes buscaba una verdad ecuménica garantizada por un método único, El Dictador se caracteriza por dictar, su palabra es La oficial, La única.

Carpentier ha puesto a prueba los postulados de Descartes: del discurso al recurso hay mucho curso. Mientras el Discurso del método está ataviado de promesas pacificadoras, El recurso del método contiene cuartillas plagadas de sangre y violencia derramadas por El Dictador que ordena violentando y moderniza asesinando: la violencia resulta garante del orden, de la estabilidad y la paz. Entonces, cabe preguntarnos, ¿no hay mejor morada para este pensamiento que la guerra?

La efectividad sobre la afectividad

La guerra como institución, pero también como marco de acción social, guarda elementos basales del pensamiento moderno, a saber, la acción racional e impersonal.

En la burocracia moderna -descrita por Weber en las formas de dominación- el factor impersonal es el que permite la racionalización y eficacia dentro del aparato burocrático.

Mientras que la dominación tradicional, siendo el patriarcado la forma más pura, se rige por la persona del líder, en la dominación burocrática la subordinación es respecto a un cargo superior, nunca a la persona como tal. Además, mientras en el patriarcado el líder decide con base en principios informales e irracionales (caprichos personales), el líder en el aparato burocrático se rige mediante reglas y leyes previamente establecidas. Por último, la remuneración del burócrata sustituye la vieja relación social donde la lealtad era la moneda de cambio.

Por lo anterior, el factor impersonal, o la supresión del factor humano, hace loable la eficacia. La racionalidad deviene cultura y con ello una nueva concepción del mundo. Las reglas sustituyen al capricho humano, el salario a la lealtad y el cargo a la persona. Todo funciona como una perfecta máquina.

Ahora bien, en la guerra el factor impersonal es la nota común, es más, a mayor desarrollo de la tecnología bélica, menos injerencia humana. Ejemplo de ello son los drones (aviones no tripulados) que Estados Unidos ha venido utilizando en la guerra de medio oriente desde 2001. Estos aviones funcionan vía satélite, facilitando la operación de los mismos a cientos de kilómetros fuera de los objetivos, y aunque fueron diseñados para “objetivos selectivos” lo cierto es que estos asesinos voladores cuentan con un margen de error considerable: según el diario paquistaní Down, de las 708 personas asesinadas durante el 2009 por drones tan sólo cinco eran militantes reconocidos.[2] El 22 de abril, La Jornada informó del asesinato de 20 campesinos por aviones no tripulados, presuntamente talibanes.

Pulp Fiction (fotografa). Fuente: http://www.chilango.com

Se ha eliminado el factor humano, los combates cuerpo a cuerpo son cosa del pasado, residuo del feudalismo. Los militares pueden ejecutar a cientos de kilometros de su objetivo, sin verse las caras: el botón reemplaza al rifle. Tal parece que los militares practican videojuegos: joysticks y botones coloridos; hay incluso una pizca de diversión, baste con observar los videos que muestran ataques indiscriminados en Pakistán o Afganistan, donde entre balas se escuchan mofas y risas por parte de los pilotos norteamericanos; 30 tiros para un sólo hombre, total, como dice Eduardo Galeano, “valen menos que la bala que los mata”.

Y es que no es fácil apretar el gatillo con la víctima enfrente. Volviendo a la novela de Alejo Carpentier, cito un pasaje, donde el Coronel Hoffmann persuade a El Dictador para atacar la iglesia patronal del pueblo y que ilustra muy bien lo anterior:

-“¡Qué carajo -decía el Coronel Hoffmann- la guerra no se hace con estampitas!” Al fin y al cabo todo edificio podría restaurarse.

-“¿Y si resulta dañada la Divina Imagen?” -decía El Dictador.

Replicaba el coronel: -”Nuestros marines hubiesen liquidado ya el asunto, ellos no son tan sentimentales como ustedes” (…) y fue el primer disparo. [3]

La acción ha tenido que despojarse del afecto para lograr la efectividad y la eficacia. La separación mente-cuerpo para sintonizar con Descartes.

La bolsa de valores, en efecto, guarda valores morales; muchos de ellos ad hoc al pensamiento racional.

George Soros, uno de los delfines del capitalismo, principal propietario de Quantum Fund, que para 2001 contaba con 7,200,000,000 millones de dólares en activos, mejor conocido como uno de los atacantes al Sistema Monetario Europeo en 1992, es un caso emblemático.

En la bolsa se manejan miles de millones de dólares al día, mismos que se mueven cual golondrinas, adonde mejor sople el viento, causando profundas consecuencias para los pueblos del llamado “Tercer Mundo”. Soros, en su libro -también escriben libros- La crisis del capitalismo mundial. El integrísmo de los mercados (1998)  describe cínicamente cómo funcionan los engranajes de la bolsa. En la bolsa, los “corredores” mueven dinero de aquí a allá, laceran a miles a la distancia sin siquiera enfrentarlos; su trato, antes bien, es frente a monitores, teclas y números.

Citaré algunos párrafos de su libro y no escribiremos más sobre él, con el fin de racionalizar la tinta:

“Cuando vendí al descubierto la libra esterlina en 1992, tenía frente a mí al Banco de Inglaterra e hice perder dinero al contribuyente británico. Pero si hubiera intentado tomar en cuenta las consecuencias sociales de mis actos, mi cálculo riesgo/ganancia habría sido falseado y mis probabilidades de éxito, reducidas. (…)

Si me hubiera visto confrontado a individuos y no a mercados, no habría podido esquivar el problema moral de elegir entre dos alternativas. Bendigo al cielo por haberme guiado hacia los mercados financieros en los que nunca he tenido que mancharme las manos[4] (sic) (sick!).

Dialéctica de la racionalidad-irracionalidad

Sin embargo, el estimado lector podría objetar que en nuestro país las cosas no marchan así: las burocracias no son racionales ni efectivas, se obedece a la persona y no al cargo; manda la lealtad y no el salario y los gobernantes mandan según caprichos y no reglas formales. En efecto, es cierto.

También es cierto que los sicarios no utilizan aviones no tripulados y prefieren métodos medievales; es también verdad que nosotros, los muchos, no tenemos ninguna participación en la bolsa de valores. Entonces, ¿la modernidad ha sido un proceso ajeno a nosotros?

La respuesta es un rotundo “No” con todo y sus dos letras. Los sicarios recurren a métodos de tortura medievales mientras que las ganancias de las drogas corren por Wallstreet y la bolsa de valores. Según la ONU el 70 por ciento de los 72 mil millones de dólares del negocio de la droga se va a Estados Unidos, Europa y Canadá; acá lo que hay son decapitados, colgados, degollados con cabezas de cerdo como sustituto, balones de futbol forrados con pieles de rostros y pozoles con ácido y miembros corporales, mientras que en el mundo civilizado las pingües ganancias de las drogas visten a sujetos con trajes Emidio Tucci , muñecas decoradas con rolex y para el traslado personal, Lamborghini, Maserati o Rolls Royce, según el día de la semana.

Octavio Iani diría: “como si fuera posible la prosperidad sin la explotación del trabajo”, y nosotros decimos: como si la racionalidad fuera posible sin la irracionalidad. La civilización tiene, pues, raíces en lo bárbaro. La Asociación Nacional del Rifle en Estados Unidos está por un lado financiada por el aparato gubernamental-empresarial del negocio bélico y por otro es quien promueve la venta de armas, mismas con las que han sido asesinadas ya 40 mil personas de este lado de la frontera.

Hay más, los Maras de El Salvador son un residuo de la guerra, que a su paso dejó organizaciones paramilitares, armas, municiones, rencores y violencia.

Sin embargo, la ingenua civilización se cree ajena a la barbarie, aún más, se cree como la encargada de eliminar la barbarie, cuando en realidad la barbarie es producto de aquélla. Son, antes que una dicotomía, cabos de un mismo hilo. La civilización es un proceso que se recicla: autófago. Mientras exista la barbarie la civilización justificará su incómoda presencia… Por desgracia, como bien se dice en nuestros tiempos violentos, “Nosotros ponemos los muertos y ellos las armas”.


[1]    Beriain Josetxo, Modernidad y violencia colectiva, p. 36

[2] Muhammad Idrees Ahmad, El realismo mágico del número de bajas, en http://www.rebelión.org, del 15-06-2011   (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=130451 )

[3]    Carpentier Alejo, El recurso del método, p. 172

[4]    Soros George, La crisis del capitalismo.El integrísmo de los mercados, p.215

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