Así se 'chambea' en Ecatepec


Dulce Anahi Soto Luévano

Si vas al banco, cuidado. Si utilizas combi o camión, asegura tus pertenencias. Si caminas solo por las calles oscuras, corre y grita. Estás en territorio Ecatepunk.

Dijo “buenas tardes” al subir a la combi. Al menos tiene modales. Pone la mochila sobre sus piernas. Observa el reloj, eran alrededor de las tres de la tarde, acomoda sus audífonos y finge dormir. Su aspecto ha causado nerviosismo y tensión en los demás pasajeros. Pienso bajarme en la siguiente cuadra. Tengo miedo. Volteo a mirarlo: va dormido. Tal vez sólo es un estilo, una moda. Procuro no discriminar.

Nadie puede evitar verlo. Todos los dedos de la mano izquierda están tatuados y plagados de anillos que simulan ser de plata. No distingo las figuras de los tatuajes. Pantalón negro “tumbado”, camisa negra encima de una playera blanca que combina con sus tenis blancos Nike y una gorra del mismo color. Sumamente delgado, moreno y chaparro.

El tipo despierta cuando suena su celular: “Bueno. Simón, donde mismo, ¿no? Cámaras”. Entonces pregunta un tipo de cabello oxigenado, lacio, tan parado que parece que le explotó algo en la cabeza, y de ojos rasgados, casi japonés, que aparentemente no iba con él: “¿Qué pasó?”. Con una sonrisa burlona en el rostro y los ojos rojo-marihuana, el chaparro responde: “Nos vamos hasta Indios Verdes”.

La combi en la que viajo todos los días pertenece a la ruta San Pedro-Santa Clara-Indios Verdes. Antes de cruzar Periférico, por San Juanico, el hombre chaparro que parecía dormir saca una pistola de la bolsa de su pantalón mientras grita a los pasajeros: “¡Ya chingó a su madre, cabrones!” “Todos con la mirada gacha, no me mires, pendejo. Esos dos de atrás, o bajan la cabeza o los plomeo.” El japonés se apresura a registrar, basculear y embolsar. El chaparro apunta con la pistola al chofer.

El encargado de guardar el botín le dice a una chica: “el monedero, amiga”, después de quitarle el iPod y el celular. Usa un tono tan amable que recuerda a Perri Smith, el asesino de la familia Cluther de la novela A sangre fría. El otro sería Dick, al decir: “órale, culera, no te hagas pendeja, ya te vi el celular”.

–Me quitaste mi cartera. Sólo regrésame mi licencia, por favor –comenta un señor a mi derecha.

–¡Cállate, pendejo! Hijo de tu puta madre. ¿Te crees muy vergas o qué? – responde el asaltante chaparro con la pistola apuntando.

Después se dirige al chofer: “Ya ves, nada pasó. A ti no te voy hacer nada. Párate aquí… No seas mamón, pinche ñero, para qué prendes las intermitentes. ¡Quítalas!”.  Y ordena a Perri: “órale, bájate bájate”. Y al público en general: “al verguero que voltee se lo carga la chingada, ¡eh!”.

Antes podías viajar en combi porque supuestamente era más segura. Las técnicas criminales han cambiado. En un principio los delincuentes necesitaban la oscuridad para atreverse a robar. Los callejones y las calles solitarias eran la mejor guarida. Ahora te asaltan de día y de noche, en la tarde o en la mañana. Afuera de la iglesia, en el mercado o en el carro.

A veces te enfrentabas a uno solo, sin armas, y hasta zapatillazos podías dar para defenderte. Actualmente, es novato el que únicamente carga una pistola. Los camiones eran el blanco perfecto. Hoy, en las combis, es más fácil: ven a todos sentaditos en mesa redonda, observan lo que traen y atacan. Basculean mejor. Son menos los pasajeros, pero hay mayor seguridad de que ninguno se escape.

Es la forma más atractiva de trabajar para los jóvenes de las clases bajas, sin oportunidades de empleo ni de educación: dinero rápido, objetos valiosos en unas cuantas horas. No hacen nada pesado ni cansado. No necesitan trabajar todo el día para obtener 500 pesos semanales.

Así se chambea en Ecatepec y en otros municipios. La empresa ha crecido. Cada vez son más los empleados y los asociados; más variados los clientes. Asaltos personales, secuestros, robo de autos, para los obreros más calificados. Los trabajadores comunes prefieren los celulares, los reproductores de música, cámaras, relojes y dinero en efectivo. Los dueños trafican drogas o violan mujeres.

La empresa se expande. Anteriormente San José y San Miguel Xalostoc eran las colonias más temibles. Las oficinas centrales, la matriz. Ahora cuentan con sucursales en la colonia Vivero, desde San Pedro hasta San Andrés, pasando por Santa Clara Xalostoc.

Hoy en día Ecatepec es catalogada como la “demarcación con mayor número de incidentes delictivos”, pues según datos del Sistema Nacional de Información, Estadística y Geográfica (SNIEGI) en este municipio se reportan alrededor de 50 asaltos de todo tipo diariamente; un aproximado de mil 520 robos al mes, lo que daría un total de 18 mil 250 asaltos anuales. Únicamente en robo de vehículos, Ecatepec ocupa el segundo lugar, después de Monterrey, con 21 autos robados diariamente.

Ante la situación cada vez más violenta, los colonos buscan hacer justicia por su propia mano: “ayer, en San Pedro, Xalostoc, muere un joven a manos de una muchedumbre enardecida. Lo habían identificado ya. Varios asaltos cometidos. Su cómplice logró escapar”, decían los periódicos Excélsior y El Gráfico.

De repente aparecen patrullas por las colonias, dan su ronda nocturna o visitan la lonchería de Flor, burdel barato. Total, el problema es la crisis económica, la falta de oportunidades, la pobreza extrema, el desempleo. Aún así, las autoridades locales creen que a San Andrés le conviene más la construcción de una gasolinera y un mini market de 24 horas, que la remodelación de la única preparatoria que existe ahí.

Yace la preparatoria oficial no. 128 luciendo su nombre con letras chorreadas, hechas con aerosol. Con láminas por paredes, salones insuficientes (es del tamaño de una casa Infonavit) y profesores escasos. Me pregunto entonces, ¿cómo acabar con la delincuencia y la violencia si ni siquiera se invierte en educación?

Así se chambea en Ecatepunk. Así se sobrevive en Ecatepec.

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