Argentina: aún hay esperanza


Luis Lozano

El futbol no ha perdido el control de las canchas. A pesar de la idea latente de que el futbol es dominado por intereses económicos, que la pelota gira hacia donde vaya el partido en el poder, que todo se sabe antes de ocurrir, y que el resultado final no depende del partido sino de un arreglo previo, tal parece que no siempre tiene ni tendrá por qué ser así. Argentina nos ha devuelto la esperanza.

Hace poco menos de un mes, el 26 de junio, River Plate, el equipo con más torneos de liga ganados de ese país, descendió por primera vez a la Primera B Nacional. Jugar la promoción ya era suficiente humillación para el ‘Millonario’. Perderla significó la demostración de que la historia sí juega partidos, pero no necesariamente los gana. Belgrano de Córdoba quedará en la memoria de millones de argentinos como el equipo que mandó a River a la B. Incluso la afición de Boca le cantaba “mi vida no es igual,/ si te vas a la B / cómo te voy a extrañar”. El cuadro de Núñez descendió, y con él sus casi 110 años de historia, y aunque la gente pida lo contrario, su banda roja también.

Y no hubo interés extracancha que lo salvara. Ni su larga trayectoria en la Primera A, a pesar de la insistencia de un abogado de que River no podía descender; ni las ingentes sumas de dinero perdido que representará su descenso (tan sólo sus ingresos por derechos de transmisión televisiva se reducirán siete veces, de 28 a cuatro millones de pesos argentinos [de alrededor de 80 a 11 millones de pesos mexicanos]), pudieron evitar la catástrofe ‘millonaria’. Ni siquiera se pudo salvar a ‘la banda’ desde lo político, aun cuando este año habrá elección provincial en octubre y se llevará la segunda vuelta por la alcaldía de la ciudad de Buenos Aires el próximo 31 de julio. Esta coyuntura se pudo utilizar para sacar algún rédito político, y sin embargo, no se hizo.

El descenso de River (Foto: Diario Olé)

Esa tarde de domingo, tampoco las amenazas al árbitro pudieron salvar a River. Según el testimonio de Sergio Pezzotta, juez central del encuentro de vuelta en el Monumental, éste recibió amenazas de aficionados locales durante el medio tiempo para pitar un penalti a favor de ‘la banda’ luego de que en la primera mitad, el silbante no concediera la pena máxima en una falta sobre Caruso. Los aficionados accedieron, según el mismo testimonio emitido ya con una cinta de seguridad del estadio como respaldo, con la complicidad del cuerpo de seguridad del inmueble.

Nada. Absolutamente nada pudo salvar a River: ni ellos mismos, ni el árbitro, ni su rival. El futbol se dejó llevar por lo que esa tarde ocurrió en la cancha. Y el segundo equipo con mayor afición de la Argentina perdió la categoría. El futbol no ha cedido: aún se juega y se gana sobre el cesped.

Tres semanas más tarde, durante la Copa América jugada precisamente en territorio pampero, se presentó otro respiro para el futbol. Si el desencanto con el juego venía de la previsibilidad de los resultados afectados por intereses extradeportivos, una sorpresa reivindicó la limpieza del juego.

Uno de los equipos candidatos a vencer la competición, con el presunto mejor jugador del mundo entre sus filas, luego de un fracaso en el Mundial el año anterior, con más de 20 años sin alzar trofeo alguno a nivel de selecciones mayores, y sobre todo, con el apoyo de su afición, sus canchas, sus tiempos y espacios, Argentina, se jugaba el pase a semifinales en el clásico más antiguo de la región y el duelo que más veces se ha disputado en la historia de la competición, frente a Uruguay.

El clásico del Río de La Plata, a jugarse en la cancha de Colón de Santa Fe, sede donde el gobierno no está en manos del Partido Justicialista de la actual presidenta Christina Fernández (El País, 09/07/2011), definiría a uno de los cuatro semifinalistas. Lo esperado: que Argentina avanzara, en casa, para llevarse el título luego de derrotar a Perú, tal como ocurrió en su mundial, 33 años atrás. Sobre la cancha: Uruguay derrotó a la albiceleste en penales, arruinó la fiesta y de paso, rompió la paridad en las estadísticas de los juegos entre ambos equipos en Copa América, igualados en 13 triunfos.

El llamado ‘Cementerio de los elefantes’, por ser la cancha donde caen los grandes de la Argentina, fue el escenario de la derrota de una escuadra que poco hizo para ganar, que tiene potencial pero no termina de hacer y en la que abundan los pies, pero carece de cabeza. El entrenador del equipo, Sergio Batista, dio muestras claras de su falta de liderazgo desde antes del inicio del torneo, cuando Carlos Tévez terminó por incluirse en la lista de los convocados, mientras Batista no lo deseaba.

Grande o no, la selección Argentina perdió y salió del torneo antes de lo esperado, luego de un partido donde tuvo la bola pero no deseo ni ideas para hacer algo con ella. Uruguay en cambió mostró deseos de ganar, de seguir en la competencia e incluso más capacidad de creación al frente. Aunque pocas, las aproximaciones de la ‘celeste’ en verdad pusieron en peligro el marco de Sergio Romero.

La albiceleste, fuera (Foto: Getty Images)

El triunfo charrúa, con fiel apego a su tradición: lleno de garra, acabó con los pronósticos anticipados de una Argentina campeona en casa. Al igual que con River, no hubo interés extradeportivo alguno, ni político ni económico, que pudiera ayudarlos a hacerse con el título. Fue sobre la cancha donde se decidió el resultado. Una vez más en territorio rioplatense, el futbol no ha perdido el control de las canchas: Argentina nos ha devuelto la esperanza.

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