Crisis humanitaria, Km. 50,000


Iván Martínez Ojeda

El enfrentamiento armado que vivimos en México, a raíz de la absurda “guerra contra el narcotráfico” animada por la ausencia de legitimidad con la que Felipe Calderón arrancó su gobierno, ha dejado a su paso ya decenas de miles de muertos; las cifras son alarmantes: en la emisión del programa Primer Plano del lunes 12 de julio, transmitido por Canal Once, el historiador Lorenzo Meyer citó un recuento realizado por la revista Zeta: 50 mil muertos en lo que va del sexenio. Más aún, el historiador José Antonio Crespo advirtió que de seguir la tendencia, el sexenio de Calderón cerraría con 70 mil muertos y, si la propensión no encuentra freno alguno, el siguiente sexenio podría arrojar 260 mil muertos más –independientemente de los hipotéticos 70 mil del presente sexenio–, es decir, que si la espiral de violencia no detiene su ritmo actual, para 2018 esta guerra estaría arrojando 330 mil muertos.

Lo anterior es un reflejo del envilecimiento y degradación sobre la concepción del ser humano. Una desvalorización que hace presencia en los discursos de quienes han dirigido esta nefasta guerra. Recordemos que ante la masacre de 18 jóvenes en Villas de Salvárcar en enero del 2010, Felipe Calderón intentó minimizar la tragedia esgrimiendo que aquéllos eran pandilleros; como si valieran menos, como si merecieran morir.

El discurso de los gobernantes, pero también de mandos policiacos y militares, está colmado por una fraseología ya conocida: “se están matando entre ellos”, “murió por ajuste de cuentas” o “es daño colateral”, términos que rematan al difunto, revictimizan a la víctima: tiros de gracia. Pero también, el discurso oficial no hace más que reflejar que lo que vivimos es una crisis humanitaria, una degradación del valor del ser humano, porque ahora, los que mueren, “valen menos”.

Pero ¿en realidad el ser humano se ha desvalorizado?, ¿ha perdido todo valor? Paradójicamente, todo parece indicar que sucede justamente lo contrario. Marx ya nos advertía sobre el valor de la fuerza de trabajo. Ésta, al igual que el hilo que sirve al costurero o la máquina que sirve al fabricante, es un insumo más para la producción económica. El capitalismo valora tanto al ser humano, que no le permite morir, lo prefiere agonizante; la reproducción de la fuerza de trabajo es la disyuntiva entre el esclavismo y el capitalismo. En el primero, los hombres prácticamente contaban con fecha de caducidad dentro de la producción, hasta que esa consideración dejó de ser rentable.

Hoy mismo los países en desarrollo compiten por la valoración del hombre: quien ofrezca la mano de obra más barata tendrá las mejores inversiones extranjeras. El mercado gana, nosotros perdemos.

Por otro lado, en el momento en que nuestro cuerpo, ya no sólo la fuerza de trabajo que éste produce, adquiere valor, es objeto del mercado: mercancía. ¿Cuánto cuesta nuestro cuerpo? ¿Y tu cuánto cuestas?, pregunta Olallo Rubio: córneas: 4 mil dólares cada una; médula ósea: 23 mil dólares por gramo; un pulmón: 60 mil dólares; un riñón: 47 mil 500 dólares (precios del año 2005). Nuestro cuerpo vale una fortuna y en entonces comienzan los robos a infantes, el tráfico de personas, tráfico de órganos, prostitución: las mafias tienen mucho que comerciar.

Pero es justo esta manera de valorar al hombre lo que nos ha llevado a la presente crisis. Esa forma de “comerciar” no es un asunto baladí: el tráfico de personas se encuentra dentro de los negocios más rentables del orbe, junto con el tráfico de armas y el tráfico de drogas. Al fin y al cabo el neoliberalismo ha desvanecido las fronteras. De eso está hecho el capitalismo actual, estamos ante una nueva fase del capitalismo. Y es que es sabido que las grandes ganancias de las drogas van a parar a Wall Street; que compañías como Western Union son las principales ganonas en la trata de personas, como lo ha denunciado el Padre Alejandro Solalinde respecto al caso del tráfico de inmigrantes en México y Centro América ; y que la industria bélica de Estados Unidos, junto con su estribo legaloide en la Asociación Nacional del Rifle, son las principales benefactoras del tráfico ilegal de armas.

Pero, como en toda dominación, se requiere de un “lubricante”, de un mecanismo que genere aceptación por parte de la población: legitimidad. El actual sistema económico, el de la trata de personas, del tráfico de drogas y de armas, no se puede sostener con la pura coerción física. Existe pues, siguiendo a Gramsci, una hegemonía ideológico-cultural vertida desde las clases dominantes, que imponen una visión del mundo que llega a las masas y se interna en ellas para luego formar parte del sentido común y, como tal, no ser cuestionado. Una hegemonía ideológica que se distribuye desde agencias de control social; medios de comunicación, pero también por una clase intelectual y, claro, desde los mismos gobiernos.

Es una hegemonia ideológica que no sólo impacta en el “ciudadano de a pie” sino también en el policía, el militar y el marine. Recordando el brillante discurso de Mike Prysner –soldado estadounidense disidente–: en él advertía que “las armas son inofensivas si no hay quien las utilice”. Y justamente para que se utilicen, ciertos valores tienen que ser vertidos con anticipación en la sociedad. Y vemos la campaña lanzada por el gobierno Federal que intenta limpiar la imagen del militar, vemos espectaculares de militares jugando con chiquillos de 3 años –campaña, por cierto, apoyada por Televisa–, también vemos al Campo Militar Uno convertido en un museo del niño, donde los pequeños pueden disfrazarse de militares, tomarse fotos con ellos e incluso cargar rifles de alto poder.

Pero también vemos intentos mediáticos para legitimar el uso de la fuerza estatal. Tengamos presente el recién fracasado experimento que el gobierno Federal, junto con Genaro García Productions y Televisa lanzaron hace algunos meses, en la telenovela estatal llamada “El Equipo”. En ella se trata de enaltecer la figura del policía. El policía es el personaje, es quien tiene vida personal, quien se enamora, quien tiene celos, quien llora y hasta va al psicólogo; en cambio el sicario irrumpe abruptamente en la escena al sonar de las metrallas, disparando sin control como quien tiene rabia; el sicario no tiene vida personal, no se enamora ni llora, no se parece a un ser humano. La categoría “Ser Humano” se encoje dejando a muchos fuera de ella, que luego pasan a quién sabe qué categoría.

Con todo ello, la telenovela invita al espectador a identificarse con el policía, a entrar en sus dilemas, en sus problemas de amor, en fin, a internarse en el mismo policía, a sentirse policía o por lo menos a legitimarlo; en cambio se fomenta el odio hacia el sicario, al narco que violenta a los personajes de la novela, rompe con la armonía y hace del policía una víctima ante el espectador.

Así que tenemos una sobrevaloración económica del ser humano a expensas de una subvaloración moral del mismo. La vida vale tan poco ya, que los sicarios la evaden sin problema para la obtención de fines; es decir, la acción, como un proceso en búsqueda de fines, considera el asesinato y la tortura como un medio, un paso heurístico más. La economía de la acción abarata la vida para la obtención de fines.

Tal es el caso del asesinato de Juan Francisco Sicilia, hijo del poeta Javier Sicilia, cuyos asesinos no vacilaron en arrebatarle la vida. La razón, una simple sospecha: “podían ser informantes”. Para lograr un fin –en este caso la eliminación de una simple sospecha– se procede al asesinato, pues en estos días resulta más eficiente y barato eso, que tomarse el tiempo de investigar, averiguar si Juan Francisco Sicilia y compañía eran informantes.

Y parece ser que, como dicen, los derechos humanos son sólo para humanos derechos. De los 50 mil muertos por la actual guerra, ninguno fue enjuiciado ni declarado culpable de delito alguno, peor aún, decenas de miles de ellos han muerto en condición de “desconocidos” –la CNDH calcula, conservadoramente, la cifra en 10 mil–. Las desapariciones no son sólo físicas sino que tocan ahí donde más duele, en la memoria. Las fosas comunes son ya verdaderas necrópolis.

Se asesina por eficacia, para lograr un fin con el mayor beneficio y al menor costo; la vida es barata y se puede suprimir en la obtención de fines. Se asesina porque las vidas son baratas, porque nosotros somos los nadies, daños colaterales, cifras sobre el buró, 50 mil nadies: los nadies de Eduardo Galeano, “los nadies que no tienen nombre sino número, que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local; los nadies, que cuestan menos que la bala que los mató”.


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