Patografía de un amor


Alejandro García Domínguez

Es una hermosa ventaja que pueda reírme

de los viejos amores mentirosos, y herir de vergüenza a

 esas parejas embusteras.

Arthur Rimbaud

Mi cara de pendejo lo dice todo. Miro fijamente a la pared rosada, carcomida por los años y los recuerdos de su niñez, contados por ella. Siento húmedo mi hombro, ¡claro!, son sus lágrimas de melancolía barata. Está llorando por él, otra vez. Otra vez y otra vez, como buen amigo, no me queda más que aguantar, ponerme mi máscara favorita. Pretendo estar con Jazmín hasta el último instante, pero con cada problema entre ella y él hace que me arrepienta. Deseo en ese momento que la eterna repetición del “¿No sé qué pasó?” se diluya como un huevo sobre mi cabeza de teflón. A cada “loquieromucho” que dice, provoca que mire mi reloj para predecir el momento en el que me dirá “Gracias-por-estar-aquí”. Entonces sonreiré y le daré un beso en la frente, una caricia rodeará su cuello. Tal vez piense en ese momento en asfixiarla para callarla de una vez por todas. Me lo imagino: la vería cara a cara con una sonrisa hipócritamente enorme, pondría mis manos sobre su cuello y las dejaría ir a la velocidad de un relámpago, muy adentro de la tráquea hasta dejar de oír ese sonido de ahogado.

“Todo va a estar bien”, mi frase más fácil, pero al mismo tiempo la más idiota, tan idiota  como ella. Yo me pregunto cómo es posible que siga con él cuando a mí me han preguntado cómo es posible que yo la soporte a ella.

Sigo perdido con la pared (la mirada se disipa en sus imperfecciones y hoyuelos). Dicho y hecho, me dice todo lo que supuse, una pequeña carcajada brota en la mente. Le digo lo mismo de siempre, me dice lo mismo de siempre. Nuestro pasado quedó atrás, todo. No he encontrado vendedor que pueda comerciar nuestros recuerdos, ¿quién querría comprármelos? Tal vez a un cliente le diga, como estrategia de mercado, que todos estos recuerdos huelen a felicidad momentánea, que le conviene comprarlos porque sólo así sentirá el amor. Obvio, como cualquier vendedor pirata no le diré  que están mal grabados, atiborrados de defectos, pura tristeza y abulia. Será como venderle la película de mi vida.

Nos levantamos del piso, siento mis nalgas hechas del mismo material con el que está hecho el suelo: concreto duro y plano. ¿A quién no le va a ocurrir semejante fenómeno fisiológico, si se aventura a aguantar cuatro horas de su tradicional discurso? Me resulta más interesante leer noticias de la nota roja que escuchar todos sus lamentos hacia un amor con el cual va a terminar por regresar como si nada hubiera pasado.

Nos sentamos a comer. Animadamente se empeña en hacerme unos dignos chilaquiles; saca un par de cervezas. Comienzo a imaginar que vivimos juntos desde hace meses. Me arrepiento y mejor me sugestiono con la idea que me propuso: ser los mejores amigos del alma (destinada a penar sobre el pasillo de la hipocresía y la resignación).

─Fede me invitó a ir a la plaza, aún estamos viendo la hora, ya sabes, vive lejos.

¿A qué viene Fede a la conversación? ¿Acaso te pregunté? ¿Hasta dónde vive?

─Por la casa de mis abuelos.

─¡Hasta allá! Son como dos horas de camino. Si pensara en matarlo me daría mucha flojera ir hasta allá

─Sí, nuestro aniversario se acerca y me prometió que me iba a dar una sorpresa.

─Ah mira… En la plaza hay muchos hoteles.

Suena su celular. Mi nuca comienza a sentirse pesada, respiro profundamente una, dos, tres veces y me es imposible aguantar. Descuelga y felizmente contesta con un “Hola-amor”. Adiós-amor, pensé, si a eso se le llama pensar.

─¿Cómo estás, Precioso?

─Muy bien, Hermosa, ¿y tú? ─comencé diciendo en voz baja, para jugar a que era el Otro.

─Extrañándote, tontín.

─Yo también te extraño; estás sola ¿verdad?

─Sí, ¿cómo lo supiste?

─Porque ahora mismo voy a ir a besarte donde te pones como lombriz.

─No seas exagerado, mejor ven mañana.

─No, Amor, quiero lamerte hoy, quiero decirte que te amo, y que automáticamente, como un botón de accionamiento, comencemos a dirigirnos a tu cuarto.

─Está bien, yo también quisiera que me hicieras un favor.

─¿Qué te la meta por el culo?

─Sí, por favor, espero que no haya ningún inconveniente.

─Claro que no, pero no prometo ser amable.

─Sólo te pido que tengas cuidado, ¿está bien? Me voy porque tengo visitas.

─¿No se supone que estabas sola?

─Sí, aquí está.

─Eres una puta.

─¡Yo también te amo, cuídate, chao! ─Los experimentos perversos nunca me han agradado, pero los llevo a cabo como único consuelo.

¿Qué hacer, qué utilizar? ¿Qué recurso usar cuando oímos argumentos o temas que nos incomodan? Sólo tres soluciones: hacerse el sordo o usar la hipocresía ¿Cuál recomiendo? Ninguna; la tercera es muy poco usada: decir la verdad.

Sólo espero que no me diga quién era, es obvio que lo sé. Sólo pido un poco de consideración, que recuerde que tengo cicatrices en las neuronas…  ─Era Federico, te manda saludos. ─Hijodeputa, todavía tiene el atrevimiento de mandarme saludar.

─¿Ah sí? Qué amable de su parte, mierda, mierda, dile que vaya y se meta un palo por el culo, yo creo que ni se ha de acordar de mí, es más dile que se empale.

─Claro que se acuerda, le he hablado mucho de ti. Bueno, no todo…

Si no eres pendeja, sólo tonta. Eso es bueno, haces bien. Pero mejor cambiemos de tema. Culera. ¿Acaso el colmo de querer tanto a una persona es tener que llegar a las mentiras para no hacerle daño? En mi caso, ya no la quiero, por eso fantaseo con lastimarla. Los chilaquiles y las conversaciones que sólo giran en torno a Federico transcurren como cualquier otro tedioso día hasta que llega la hora en la que se tranquiliza. Casi no hablamos de mí, siempre de Jazmín. Ella me notaba raro. Por lo menos no pregunta qué me pasa porque sabe lo que me pasa. Sólo nos quedamos mudos ante la sinceridad. Es hora de despedirse: un abrazo, un “tequiero”, dos “cuentas-conmigo”, un pequeño roce en sus mejillas, otro “tequiero”, y ¡listo! Por fin me puedo largar a mi casa, sin saber aún por qué estoy soportando esto.

Pasó una semana y ahora es un árbol el que observo con mi cara de pendejo, no puedo seguir así. No finjo porque no pretendo ser sincero con ella, no cuando me dijo que lo amaba y que lamentaba haber cogido conmigo. Aquel día fue en el que terminaron su relación (al cabo de una semana regresó a sus labios). Uno, dos, por dos, ya eran cuatro, y por dos, eran ocho los tequilas que se bebió aquella noche en su fiesta. La fui a dejar a su cama y me pidió que la besara. Lo hice. Cogimos como si fuéramos una pareja casual. Gocé y gocé mucho de ella aunque me bautizara con pequeños suspiros con el nombre de “Federico… Fede… Fede…”. No me importaba, sólo aproveché la oportunidad, la única que me brindó. Sin embargo, de todas las oportunidades que he tenido, ésta fue la menos satisfactoria, fue grotesca, me sentía “Federico”. Yo llegué a amarla, me enamoré mucho antes, durante y después de aquella noche, y Jazmín ni siquiera mostró interés alguno, salvo el de ser una supuesta “amiga”. Fue patético, me empeñé por demostrar que era mejor que Fede, por lo menos en la cama. Recuerdo que tocaban a la puerta de su cuarto y nosotros seguíamos. Después de veinte minutos, terminé, no sé si ella terminó pero me abrazó como activista medioambientalista, aferrada a mí como a un roble al que estaban a punto de derribar. Creí que tal vez ésa era una muestra de cariño que yacía secreta. Todo se desvaneció cuando diez segundos después se levantó para ir al baño a vomitar. Daba traspiés desequilibrados. Tuve que ir a ayudarla, y desde el eco del inodoro me pidió que esto no lo supiera Fede. En ese entonces, supe que seguiríamos sin ser nada. Entendí muy bien que yo era una salida, casi recé para que no se arrepintiera. “Lo peor que se puede hacer es arrepentirse”, le dije después de que estaba al borde de la crisis de si decirle o no a Fede, según ella, “por una culpa de conciencia”. Salió del cuarto y me pidió que me esperara un rato para que nadie sospechara que estuvimos juntos. Al fin y al cabo pasó una semana y le contó lo ocurrido. Sólo me cambió el nombre: de Baruch a Ungüeydelafiesta. Por qué le contaste si ya habían terminado, no tienes por qué darle explicaciones, terminaron y sólo me usaste, te desquitaste… Aún así, seguía dándose golpes de pecho. Hizo que su insistente culpa yo la comenzara a pensar como arrepentimiento para mi memoria.

El árbol que aún veo no es un roble. Mi hombro va a acabar lisiado por aguantar todo el peso de su cabeza. Cuando suspiro para tranquilizar mis pensamientos, detesto que me diga: “Sí, amigo, sé que es un dilema difícil”. Pendeja, si supieras que lo que hago es soportarte. Nos volvemos a levantar y mis pensamientos caen hasta mis nalgas, dejándolas, como siempre, entumidas. Decidimos ir a caminar. Se digna a preguntar por mí y yo le cuento qué tal va mi vida, le invento que no tengo amores pendientes y que soy feliz estando solo. Puras evasivas. Ahí es cuando comienza a entablar una conversación sobre la soledad. Sólo pongo mi mente en stand by y cambio su voz por la de la profesora de Charlie Brown. Así es más fácil sobrellevarla.

Comienzo a pensar en estas instancias que soy un gran actor, preparado para inventar verdades, para alterar los hechos y en espera de poder comprobar si la venganza es eficiente, mas no la única salida; tal vez estoy haciendo las cosas mal (como me lo dijo un amigo:

─ Cabrón, tu locura te lleva hasta la obsesión. Toda esta situación te ha cegado ante tantos impulsos. Todas tus explicaciones las utilizas como excusas de errores cometidos y sin solución. Tus recuerdos reviven malas interpretaciones de lo vivido, alteras lo poco que valió la pena. Mejor déjalo pasar y deja que la prudencia o el perdón quepan en ti, conserva…

─No pienso perdonar porque es difícil zafarme de aquella relación sentimental que por un momento amé y que ahora odio amar…─le traté de refutar.

─ ¿Y la amistad, no vale?

─La amistad murió cuando me resigné a seguir siendo su amigo después de lo ocurrido…) Yo quiero comprobar si mis dientes son sensibles para comer un poco de ese alimento que se come frío.

Al finalizar la monótona conversación nos dirigimos a la parada de autobús. Alcanzo a ver que su transporte se acerca. Entonces, un abrazo, un “tequiero”, dos “cuentas-conmigo”, un pequeño roce en sus mejillas, otro “tequiero”, y ¡listo! Por fin me puedo largar a la casa de Fede para “confesarme” y comprobar si tengo talento para la actuación.

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Comments
3 Responses to “Patografía de un amor”
  1. Diiana Márquez dice:

    Lo amé, simplemente amé y amo leerlo…

  2. fuzz dice:

    Simplemente genial.

  3. Lenica dice:

    uf que buena historia, gracias por publicarla, y felicidades!!!! q haya más de esto……

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