“¡Ven, perra!” o De las ideas impublicables sobre la regulación migratoria


Oliverio Orozco

Como casi todo lo bueno que entre humanos tenemos, mis tres lectores, estas líneas de hoy comienzan con una confesión, ergo: “yo confieso ante su impar número y ante el público flotante (como el voto persecutor de despensas) que anoche he violentado –sin saber (aunque sé que eso no me excusa)- el Artículo 1 bis de la legislación cívica local de la municipalidad de Niza en la Côte d’Azur… me quedé como “SDF[1], a dormir en la playa[2]. Playa que, por lo demás, está hecha artificialmente de cantos rodados… y es incomodísima.

Es el caso, cercanísima tercia, que a mi alrededor se desarrollaba una escena digna (en la actualidad) del extremo austral del viejo continente: nadie hablaba la lengua del país[3]. Pero se podían escuchar conversaciones en árabe, español, hindi y otros idiomas que no reconocí. En dichas circunstancias, un grupo de hombres morenos que –desde mi ignorantón punto de vista hablaban árabe entre sí-, instruyó a un par de niños de 7 y 11 años respectivamente, para que se dirigieran a unas mujeres, en español. Los niños –esponjas del aprendizaje- inmediatamente siguieron las instrucciones y gritaron repetidamente, a todo pulmón: “¡Qué guapa!”, “¡Ven, mamita!”, y ante la obvia falta de respuesta de las susodichas: “¡Ven, perra!”.

Así fue que me decidí a escribir esto, aún siendo mexicano[4]. Esto quizá hará que ese de entre ustedes con parientes en extranjía, ya no me lea. Pero, les suplico, no se ofendan; reflexionen. Piénsenlo desde la perspectiva nacional… ya me dirán mañana, si en verdad son meras tarugadas…

“¡Ráscale mi Yeison!” (sic)

Desde Cabo Norte hasta Gibraltar, y desde Moscú hasta Lisboa, se escucha un zumbido en el enjambre. Y digo “en el enjambre”, con toda intención, porque los europeos se acostumbraron a ser abejitas trabajadoras: las huelgas funcionan, las presiones sindicales paralizan los transportes pero se arreglan tras negociaciones efectuadas pública y velozmente, los sueldos van mal pero no tanto, hay corrupción aunque no con la intensidad a la que nosotros estamos acostumbrados. Los ciudadanos se comportan, conservan su “derecho a pataleo”, pero se comportan. Y los niveles de criminalidad y de inseguridad social son sensiblemente más reducidos que en nuestra natal América Latina.

A pesar de todo hay un zumbido… y es que las abejitas se preguntan ¿qué ha pasado con nuestros trabajos?, ¿por qué nuestros gobiernos están haciendo reformas a la seguridad social –en especial a las prestaciones de desempleo, pobreza y número de hijos-?

Los conservadores (desde los neonazis que viven en la otrora ilegalidad de los primeros comunistas, hasta los demócratas cristianos) apuntan todos hacia el extranjero inmigrante… la verdad es que la izquierda que me da de comer también lo hace, pero a falta de votos, ahora resulta que se vuelve amiga de los recién llegados.

Malagradecidamente, los susodichos parecen querer alinearse bajo las propuestas de campaña del conservadurismo. En Suecia, por ejemplo, donde la seguridad social es famosa por su dadivosidad y donde la universidad era gratuita –como en cierto país tercermundista que conozco- hasta para los extranjeros (hasta hace un par de años); los migrantes con derecho a voto se decantan a favor de las propuestas que involucren elevar la barrera ante la oportunidad migratoria. Dicen, muy orondos y convenientemente olvidadizos[5], que si vienen más inmigrantes… perderán sus empleos y las oportunidades que –con sudor y lágrimas- han conseguido para ellos y sus familias. “¿Cómo le quedó el ojo?

El problema no es nuevo. Ya Giovanni Sartori, verbigracia, ha observado –y publicado sobre- el problema de la integración migrante[6]. Quienes llegan, importan consigo graves enfermedades sociales –algunas de las cuales son las responsables de su huída-: carestía educativa, cultura de la pobreza, fanatismo religioso… y la peor: xenofobia.

Lo dije, pero lo repito: los migrantes padecen xenofobia.

Por supuesto que lo entiendo, quiero decir: los humanos tememos a la diferencia. Es natural que quienes llegan de cierto lugar del mundo, a otro, busquen establecer una comunidad que les permita la “supervivencia”; lo hicieron los españoles en 1525, lo hicieron los puritanos con sus 13 colonias, lo hicimos los mechicanos (sic) en “él” “éi” (súper sic). Podría seguir…

El problema, me explico, no es que un grupo de mujeres palestinas&musulmanas[7] se manifiesten en las calles de Madrid porque se les niegue “el derecho”[8] a construir una mezquita. Tampoco es una perversión que la población se mezcle ni que la gente aprenda a hablar idiomas diferentes ni la difusión de tradiciones “alternas” a las originales en una región. No.

Lo terrible es que las comunidades migratorias no desean aprender el idioma del país al que llegan; no les importan las tradiciones, ni la religión, ni el status quo. No desean que sus hijos vayan a la misma escuela “porque los discriminan”, ni que las ceremonias civiles o religiosas del país –que antes siempre se habían hecho- se sigan llevando a cabo… “porque son actos discriminatorios en contra de sus creencias y tradiciones”. Tampoco se atreven a vivir en un barrio de “locales”, sino que prefieren llegar a las regiones donde habitan sus amigos y familiares migrantes.[9]

Al que haya levantado las cejas desde ahora, lo reto: Hoy en día, los ghettos, ¿se crean desde afuera o desde adentro?

Poco a poco, las comunidades de migrantes, van creciendo en número y adquiriendo Poder. Poder frente al cual, el Estado primigenio, aquel que recibe la migración, se reciente y se defiende como puede. Hacia el interior adopta medidas “conservaduristas” (defensoras del status quo) y hacia el exterior patalea argumentando la responsabilidad de los estados “fuente” de la migración.

Y, admitámoslo, no es tan mal argumento–como le gusta decir a la izquierda de la humanización del capitalismo-. Si en México, por ejemplo, se resolviera la enfermedad social; el estado natal de nuestro h. c. p. FECAL[10], no estaría vaciándose de jóvenes. Y quizá, los EE.UU. no tendrían motivo para haber levantado su polémico (e inservible) muro de la vergüenza.

Freno el carro un poco. Naturalmente no todos los migrantes se pueden comparar. Al menos hasta ahora he encontrado dos tipos de migración: la migración como cura y la migración como mejora cierta. Sea la primera, una que pueda describir la actitud de refugiados y exiliados; de pobres y “olvidados” por su propio sistema; quienes suponen que su situación mejorará con el cambio. Mientras observo la segunda como una categoría que incluye la fuga de cerebros y el desarrollo en extranjía al que pueden acceder quienes tienen (o han desarrollado) las capacidades intelectuales o técnicas necesarias. Quizá, la diferencia más importante entre quienes se agrupan en una u otra categoría, es el nivel y la calidad de la educación que han recibido; aunque no niego que haya otras, como el resultado del acto migrante: pocos son, entre los del primer grupo, quienes resultan verdaderamente beneficiados.

Ya me he atrevido a mucho. Por eso concluyo invitando a la reflexión: ¿será cierto que la “apertura” de las estructuras preexistentes en los países destino, es la mejor respuesta a la migración? Entonces, ¿por qué no nos mudamos todos a EE.UU.?

Yo, que escogí la profesión del merolico, el payaso y el ratero… (aunque afortunadamente deserté antes de la especialización), me remito a los sabios consejos de Doña Esther†:

“La ropa sucia se lava en casa.”

COLOFÓN

Conocí a Giulia (“yiúlia”, se pronuncia) en el tren de Boden a Uppsala. Me platicó que toma clases de español con una profesora chilena, en la universidad de Uppsala. Dice que su profesora, tratando de explicar por qué la comunidad chilena en Suecia observa una conducta tan descaradamente criminal (hay quien arma su despensa en el supermercado sin pagar), dijo ante su clase: “Es que esa es la mentalidad chilena; en Chile, todos somos así: ‘compartidos’. Todo es de todos, y la razón es una arraigada tradición indígena de la producción comunal…”. ¡Gracias a Dios que no soy chileno! Porque de otro modo me habría tenido que apersonar en la clase, para desfacer el entuerto. Ustedes, ¿cómo ven?


[1] “SDF”: en el argot utilizado en estas latitudes significa Sans Domicile Fixée. Lo que se traduce como: “sin domicilio fijo” y se usa para referirse a los vagabundos –que duermen siempre en lugares diferentes-. Si un día me enjuician, me emocionaría que la requisición de mi dirección se conteste como lo prevé la legislación mexicana: “… en cualquier lugar que su persona se encontrare.” ¿No sería emocionante, que el Estado quiera perseguirte y para ello, primero tenga que hurgar dentro de sí, como cuando se extermina una pulga?

[2] A la sazón, el artículo explicita: “C’est interdit: L’acces a la plage publique de 22 heures a 7 heures du matin”. (Queda prohibido el acceso a la playa pública de las 22 horas a las 7 horas de la mañana).

[3] Que, dicho sea de paso, es el niçoise. O, más actualmente, el francés y el italiano.

[4] La verdad ya traía ganas. En los últimos cuatro meses he juntado historias suficientes sobre el tema, pero esta fue la “gota que derramó el vaso”.

[5] Como si faltaran argumentos para hablar, de nuevo, sobre la cultura de la pobreza.

[6] G. Sartori. La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros.

Para quien guste, les dejo el link de la entrevista que hace Herman Tersch, del Periódico “El País”: http://www.esi2.us.es/~mbilbao/sartori.htm (Consultada 17/07/2011 GTM +1).

[7] ¡Ojo! No hay tautología.

[8] A mí, por cierto, que me digan dónde está escrito en la ley española –o en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano-, que construir templos de culto es un “derecho”.

[9] De nuevo: lo hicieron los españoles (por eso no escribo en Náhuatl); lo hicieron los puritanos ingleses en EEUU (¿alguien se acuerda de las “reservas” donde metieron a los “indios americanos” nativos?); lo hicieron los franceses en Camerún, los chinos en Manchuria, los belgas en el Congo, los musulmanes en la conquista de la península ibérica, los romanos con su imperio, Alejandro con el suyo y Napoleón y Stalin no se quedaron muy detrás. Para ejemplos más modernos: los judíos en EEUU (o en Polanco), o los libaneses en México, los mexicanos también en EEUU, los italianos en Chipilo (Puebla)…

Frente a estos ejemplos hay quien pujará argumentando algunos de los mencionados llegaron con ejércitos. ¿Y qué? El proceso de colonización es el mismo, la diferencia es quizá la motivación para el acto, pero no el resultado en sí mismo. Es decir, antes el argumento era “no, porque lo que había aquí antes de que yo llegara estaba mal”. Hoy es “no, porque lo que yo hacía en el lugar de donde vengo estaba bien”. ¿Cuál es la diferencia? ¡A mí que me lo expliquen!

[10] Honorable Ciudadano Presidente Felipe Calderón Hinojosa

Comments
One Response to ““¡Ven, perra!” o De las ideas impublicables sobre la regulación migratoria”
  1. atzin dice:

    ME GUSTA como escribes pasare mas seguido por aqui.

    saludos de cuernavaca

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