Amor fraterno


Alejandro García Domínguez

El infierno no puede atacar a los paganos…

Arthur Rimbaud

 

─ Ya es hora…─ El sonido de turbinas en pleno despegue o aterrizaje rezumba a lo lejos en los pasillos, la gente pasa de un lado a otro para irse lejos hacia un destino fijo e inalterable. Llevan consigo un boleto que acredita la predeterminación. Las ruedas de las maletas se arrastran al lado de sus dueños. Aquí estamos. Bajo la mirada como queriendo buscar un animalejo para asustarte, pero es inútil, no hay en este aeropuerto. Quiero acercarme para poder besarte. Dejo que me abraces para ser tu roble. Tu vientre está pegado al mío como si nuestros ombligos comenzaran a musitarse nuestros secretos. Deseamos telepáticamente cerrar los ojos. Siento cómo tus brazos rodean diligentemente mi febril cuello. Ahí están, nos miran.

Una lágrima comienza su recorrido sobre mi pómulo izquierdo después de haberte clavado una irritante mirada por mi total desacuerdo. Mis ojos parecen tiritar con la intención de capturar, como una cámara fotográfica, cada expresión de miedo que reflejas. Tu mano-fuerte se posesiona de mi lágrima, la agarras como si fuera la última confesión de un distanciamiento inevitable, pero no tienes de qué preocuparte, esa lágrima es como el testamento que te proclama como completa dueña de mis abrazos, promesas, orgasmos, suspiros y confesiones. Estás a punto de marcharte y sólo veo que tu puño se traga la agridulce gota con gulosidad; entonces sonríes y tus mejillas se levantan para desbordar un par de involuntarias bolsas acuosas, y yo, lo único que hago es abrazarte, siempre con el cuidado de no sacarte el aire, y así evitarte un desmayo. Te retrasaría el vuelo si te desplomas sobre el frío y límpido suelo.

Somos un par de chillones que se quieren lo suficiente como para odiar las circunstancias y la sangre… Beso tu cuello con diligente inocencia y siento cómo tus dedos navegan en las olas del mar negro de mi cabello, tus dedos bailan una melodía lenta sobre mi cabeza, un leve masajeo me hace pensar que soy tu arpegio. Ahí estamos para prolongar la despedida. Nuestros padres nos miran con extrañeza. No entienden. Y menos lo entenderían si supieran que nos necesitamos como amantes que somos y lo condenados que estamos para vivir sobre tontas etiquetas convencionales. Creo que sospechan algo, pero no van a insistir en indagar aquella idea grotesca porque siempre hemos sido buenos, nunca los hemos defraudado, lo cual es perfecto ya que confían en nosotros y nosotros confiamos en nuestros secretos.

La ida y venida de los labios nos es imposible. Los besos que nos balbuceamos entre cada milímetro en nuestro cuarto eran maratónicos. No había rumbo fijo. Con los besos no, con las caricias sí. Mis manos viajaban inconscientemente hacia rutas conocidas y prohibidas, (esas manos han estado en lugares navegables hacia los íntimos límites de eróticos secretos que sólo esperan su posible revelación y el caos de todo lo que hemos forjado) se aferraban a ti con abrazos desesperados y con el miedo a que nos descubrieran. El sentimiento de culpa se ausenta cuando estoy contigo, y sin ti, pienso que no hay Dios que castigue nuestras acciones. Aquel Dios no nos ha detenido, más que con sus reglas. A veces pienso acerca del instante en que rompimos las normas y no pasaba nada: nos proclamamos completos ateos. Estamos frente a la puerta de las despedidas. El sonido de la monótona voz que anuncia la partida de tu vuelo ya está disperso en la sala e introducido en nuestros oídos.

Entre todo y todo, los besos no pueden darse porque ayer los desahogamos mientras todos estaban dormidos. Pareciera ser que cuando entramos a la zona del ritual del beso (y que en nuestro caso anticipa una larga noche de miradas y gemidos diminutos con el amor y la adrenalina a flor de piel para después esperar los mil amaneceres…) siempre cerramos los ojos y nos convertimos en invidentes, realizamos una especie de anagliptografía de los cuerpos, nos leemos en besos, tomamos comas como caricias, conocemos aquel texto vestido y después desnudo cuantas veces queramos, nos comunicamos y apropiamos mutuamente. Perfectos ciegos enamorados que somos. Comienzo a creer que sería más fácil esperarte como hermano que soy que como amante.

Dentro de dos años te veré y tendré veinte años y tú veinticuatro. Dos años en los que el destino, y no el susodicho Dios, nos ha puesto a prueba. Estamos anonadados, inundados de gotas y gotas hasta formar un balde de preguntas. Te pido que no lloremos porque si lo hacemos, entonces nos desvaneceremos sobre el bote hasta superar el tope y después nos desbordaremos irracionalmente sobre el piso. Los encargados de limpieza llegarán y con actitud parsimoniosa, pondrán los letreros de Caution wet floor y nos absorberán con trapeadores sucios. En ese momento lo único que podemos ver en nuestras desveladas caras  son las secas rutas que dejaron nuestras lágrimas, decirnos “adiós”, guardar nuestro secreto y esperar…

─ Todavía nos miran.

─ Lo sé, lo sé.

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