Guelaguetza sin auditorio


Ollin Velasco

Antes de vender miles de localidades, la Guelaguetza implicaba gratuidad, ofrenda y solidaridad. En su naturaleza se codificaba la ausencia de “plusvalía”, pues desde su etimología zapoteca, el término designa la acción de compartir o regalar. Hoy, quienes asisten a la “Fiesta de los Lunes del Cerro” sin monedas en los bolsillos, difícilmente serán parte del show.

 El ascenso, el descenso

Oaxaca destila fiesta. Suenan marimbas por las calles colmadas de vida y colores. Las calles están atestadas, pero no se oyen cláxones desquiciados: hasta la vuelta de rueda se disfruta.

Al pie de los más de 200 escalones de las famosas Escaleras del Fortín (que conducen al Auditorio Guelaguetza), se identifica a quienes descienden, luego de presenciar el espectáculo en su versión matutina. No es necesario preguntarles: traen la celebración en la cara y se dirigen al centro de la Ciudad de Oaxaca.

Muchos suben; la función vespertina dará inicio en una hora. En grupos de cuatro o cinco, andan y se detienen a bailar cada que llega el sonido de los bailes regionales que se escapan de alguna bocina. Muchos traen playeras o sombreros conmemorativos; gran parte porta algún motivo típico en la vestimenta. Todos celebran.

 La fiesta: hace 70 años

Según el Archivo Estatal de Oaxaca, la Guelaguetza fue oficializada en 1906, con motivo del centenario del natalicio de Benito Juárez. No obstante, sus orígenes se encuentran enraizados en rituales indígenas consagrados a Centéotl, la diosa del maíz, que luego los españoles tomaron y le otorgaron un sentido cristiano.

“La máxima fiesta de los oaxaqueños”, que por lo general, se celebra los dos lunes siguientes al 16 de julio de cada año, ha sufrido cambios que han ido desde el nombre (anteriormente era conocida como Homenaje Racial), hasta la verdadera significación.

En aquel tiempo, era común que las familias prepararan almuerzos y comidas que disfrutaban y compartían en lo alto del cerro. Después iban a tomar nieves de frutas y degustaban dulces regionales. Todo era amenizado por música de bandas de aliento y la presentación de algunos bailes locales.

Como se había mencionado, esta celebración no perseguía fines de lucro. Al llevarse a cabo el regalo e intercambio de productos típicos entre los reunidos, se demostraba una actitud de solidaridad y reciprocidad.

Casi 70 años después, la esencia original de la celebración contrasta con las estadísticas de la Secretaría de Turismo, que testifican que durante los días del evento, ocurre la mayor derrama económica en la ciudad de Oaxaca.

 Llévele, llévele…

El recién estrenado domo blanco que envuelve al auditorio Guelaguetza, se extiende, descomunal y causando polémica, sobre el Cerro del Fortín. “La Mantarraya” (como lo llaman despectivamente muchos inconformes, entre ellos el pintor Francisco Toledo) es la innovación del año, y el mayor contraste con la ciudad colonial que se extiende debajo.

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Comenzada a construir a finales del gobierno de Ulises Ruiz, y terminada ahora bajo la dirección de una administración de alternancia encabezada por Gabino Cué, para muchos, la cúpula no deja de representar el recuerdo de la controvertida política del ex gobernador priísta.

El ascenso al Fortín no es precisamente corto, pero sí famoso por su dificultad. Hoy luce irreconocible: cientos los transitan y cada uno de sus peldaños se ha convertido en especie de anaquel comercial.

En este tianguis, donde multi-multi-multi-vendimia discurre hasta las fauces de “La Mantarraya”, impera un olor a tortilla tostada sobre comal de barro. La turba de gente complica la ya atorada circulación.

Así, basta alzar la vista para descubrir en este mercado volátil desde productos traídos de la sierra, hasta mercancía china. Puntuales, los puestos ambulantes de música y películas, ofrecen DVD de Guelaguetzas de años anteriores, junto a compilaciones envueltas en celofán de “Lo más nuevo en el Hitlist de MTV”.

Cualquier lugar vacante a orilla del paso es buen lugar para plantar un local donde el tumulto de caminantes pierda la vista. Entre lo más solicitado: las tlayudas y el mezcal, sin que por ello empanadas, pulques, dulces regionales, refrescos de cola escarchados, chapulines, “panes para chocolate”, fritangas, tamales y aguas frescas, pierdan cartel. Es tal la diversidad de opciones disponibles, que parece imposible que todas estén a reventar.

A medio camino, se oyen cátedras de turistas experimentados sobre las propiedades del mezcal en las grandes fiestas. Muchos jadean y se detienen; otros se sientan y beben tejate o nieves (a las que no falta la compañía de cuanto menguanito esté al alcance).

En los últimos escalones, con el ondulado techo blanco casi flotando sobre la cabeza, una mujer lanza un: “Santo Dios, pero si esto parece penitencia…” Sonríe, y tras dar el último paso, voltea para admirarse con todo lo recorrido. En su blusa, un prendedor proclama: “Yo Amo Oaxaca”. Bajo sus pies, hormiguea la compra-venta.

La fiesta: varias monedas después

Las conmemoraciones de los “Lunes del Cerro”, son una muestra de la multicultural del estado, por ser uno de los que cuentan con mayor diversidad étnica en el país. Sus siete regiones y 570 municipios hablan por sí mismos.

Y aunque para muchos locales esta fiesta aún signifique un símbolo de identidad y arraigo cultural, lo cierto que es hoy por hoy, se ha convertido en un objeto de consumo bastante redituable: el indígena como un objeto exotizado, mercantilizado y folclorizado.

Sin pagar un centavo

Arriba, el acceso inicia. “Palcos A y B, con boleto en la mano, por favor”. Avanzan, ordenados en una desnutrida hilera de no más de diez metros de longitud. Boletos con valor de 400 pesos asomándose del borde de bolsas de guayaberas claras o pantalones de manta. Al lado, dos ambulancias reviven con suero oral a los insolados.

La llamativa bandada negra de seguridad policiaca enfoca su atención en la fila que corre debajo de la primera, y que se extiende por mucho, mucho más territorio.”Palcos C y D, les suplicamos orden, por favor…”

En doble hilera, la espera para este acceso gratuito al espectáculo (calculado sólo para 7 mil personas) se extiende por aproximadamente mil metros: desde la entrada al auditorio, luego por las curvas del Cerro del Fortín, hasta la zona hotelera.

Los ambulantes revolotean el largo kilómetro de espera, mientras varios oficiales de tránsito intentan hacer llevadero el caos de automóviles. Una mujer indígena ofrece una mandarina diminuta a un hombre sediento que va formado detrás de ella. El acto pasa desapercibido por el resto de la fila, aun cuando, olvidando el protocolo de los palcos, ese es un gesto de auténtica Guelaguetza. Y sin pagar un centavo.

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