Empolvado


Alfonso Hernández

 

Igual que un balón descontrolado, la luna rebota sobre la mesa y yo no sé por qué libélula empezar a contarte todo esto. Sí, porque son libélulas lo que yo tengo en el pecho y no palabras; ésas que arroja la gente a diestra y siniestra cuando quiere ocultar su miedo, pero no es mi caso. Por eso agarro esta hoja de papel como si fuera un micrófono y te escribo sin vacilaciones. Total, puedes apagar tu celular pero no estas líneas. No, estas libélulas no se apagan.

Nos conocimos en el circo. Quizá no te acuerdas porque aquél sábado día tenías que ir a trabajar y no me acompañaste. Ya no importa. El caso es que ese día regresé de ver la función con una orquídea blanca en las manos que, por supuesto, tú ni siquiera notaste por estar distraído con la lámpara de luz neón que te regaló tu madre: pinche lamparita de petróleo, la verdad a mí nunca me gustó.

La orquídea me la dio ella, para que te miento. Yo no sabía ni qué hacer cuando me la dio. Sólo atiné a quedarme sin decir nada, como cuando te ladra un perro en la calle y no sabes ni para dónde hacerte. Así sucedió todo, de un solo golpe. Los detalles posteriores no los necesitas. No necesitas saber que a su departamento lo bautizamos como “El Circo”.

No necesitas saber que era entre su comedor y la cocina donde, ella y yo, jugábamos al columpio, balanceando nuestro cuerpo hasta concluir en la cama. Tampoco necesitas saber que sus dedos se movían en mí, simulando el coito, como si un tigre amaestrado saltara por el aro de fuego. O que después de esos sísmicos encuentros, más de una vez, ella me dio sus aretes para recordarla y jamás lo notaste: a ti siempre te han valido madre los detalles, por eso no los necesitas.

No te lamentes. Tú y yo sabemos que esto era una relación podrida desde antes de que ella apareciera. Desde que fingíamos hablar y no hacíamos otra cosa sino darnos el avión, o cuando nos besábamos y ya los besos eran como puños de arena bien amargos.

Mejor dicho, tú y yo nunca hemos sabido nada de nuestra relación.

Disculpa si el papel de esta nota tiene perfume; ella vino ayudarme a empacar mientras yo te escribía y también guardó en mi maleta el flautín y la bandera que ya no necesitamos para firmar la paz, como hicimos alguna vez, en los viejos tiempos.

Yo me voy. Me largo con Inés a otra galaxia. Sí, así se llama, Inés. La misma que me convenció de dejar tus pastillas para los nervios junto al horno de microondas. Allí, junto al estúpido reloj que también te dejo para que no llegues tarde al amor como lo hiciste conmigo. Retrasado.

Aunque, pensándolo bien, de no haber sido por el reloj, Inés jamás me habría prestado el plumero para limpiar las manecillas del tiempo que jamás compartiste conmigo, ni la hubiera conocido. ¡Exacto! Porque a ella la conocí como la vecina siempre atenta a mis peticiones y pendiente de tus ausencias. A ella la reconocí en el circo de su departamento, donde amar es lo mismo que andar sobre la cuerda floja sin el temor al porrazo de la caída. En fin, me largo, mi amor. Nos largamos.

Tú cuídate. Cuídate mucho, Alfonso. Y no lo olvides: Te Quiso, Malena.

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