Futbol entre violencia


Jorge Luis Cortina

Los hechos ocurridos el pasado 20 de agosto a las afueras del estadio del Club Santos señalan la inevitable –aunque atroz– llegada de la violencia a escenarios cuya naturaleza se centra en la diversión. El fenómeno que aqueja a diversas partes del país atacó como nunca antes el esparcimiento de familias completas, logrando sembrar el miedo en un lugar hasta hace poco inexplorado.

Como consecuencia de ello, la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut) se reunió con las autoridades del gobierno federal para pedir, entre otras cosas, la implementación de mayores medidas de control y seguridad en las inmediaciones de los recintos deportivos. Al mismo tiempo, los directivos del máximo organismo del balompié nacional se comprometieron a trabajar en nuevas estrategias que asistirán al resguardo de los asistentes a los encuentros de la liga nacional.

Esto anticipó la ejecución de tácticas que, tal y como se ha observado durante los últimos años en diversas ciudades del país, se basarían en el engrosamiento de la vigilancia policiaca. En Monterrey, por ejemplo, tan solo tres días después de los sucesos en Torreón pudo verse la puesta en práctica de retenes militares que controlaban la entrada y salida del público hacia los alrededores del estadio Tecnológico.

La situación de inseguridad y crimen que atraviesa esa ciudad justificó el establecimiento de acciones que entorpecieron el libre acceso del público a las tribunas del inmueble. Tanto en el interior como en el exterior del inmueble se realizaron filtros para evitar la portación de armas de fuego. Aunque, a diferencia de lo visto en los encuentros de liga, los ‘Rayados’ regiomontanos no pudieron disfrutar del apoyo total del público, pues su casa estuvo lejos del acostumbrado lleno de cada 15 días.

A ello se añadieron medidas preventivas en los diversos escenarios que albergan el futbol de primera división. Tan sólo en el Distrito Federal, el gobierno anunció la implementación de “medidas adicionales” en la vigilancia al exterior de los campos, destacando la revisión de los asistentes con detectores para evitar el ingreso de objetos metálicos a las tribunas (Redoblarán vigilancia en estadios de DF, El Universal, 23 de agosto de 2011).

Sin embargo, los hechos de este tipo no se concentraron únicamente en lo acaecido en las inmediaciones del nuevo estadio Corona. En la misma jornada, reportes sobre batallas a golpes entre partidarios de Puebla y los Pumas de la UNAM, así como entre atlistas y americanistas al finalizar los encuentros que enfrentaron a los cuatro conjuntos en sus respectivos duelos, vinieron a sumarse a esta ola de alarma que cundió en el grueso de los medios de comunicación mexicanos, a pesar de que uno de ellos prefirió ocultar las imágenes surgidas desde la Comarca Lagunera.

Ante la importancia que se dio al día siguiente a ese asunto, lo anterior quedó relegado a un segundo plano. Ni siquiera al momento de que Justino Compeán y Decio de María, presidente y secretario general de la Femexfut respectivamente, hicieran  referencia a la necesidad que también existe de reprimir los actos violentos ocurridos al interior de un estadio de futbol.

La cobertura mediática alrededor de los acontecimientos en Torreón se adecuó a lo percibido en últimas fechas. La ponderación del suceso que incluyó el disparo de armas de alto calibre, de la siembra del miedo entre el público inocente, pudo más al momento de exigir que los directivos del futbol mexicano hicieran algo para evitar una tragedia en el futuro. Por ello se aplaudió su inmediato interés por acudir con las autoridades para demandarles mayor control policiaco –y militar, en ciertos casos– en los alrededores. Pero adentro, ¿qué ocurrirá?

Medidas de seguridad como las recién solicitadas son comunes únicamente en partidos considerados por las autoridades como “de alto riesgo”. Ejemplo de ello son los cotejos entre el América y los Pumas universitarios, los cuales suelen obligar a las directivas de uno u otro –según su condición de local– la ayuda de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) capitalina para resguardar a los jugadores al momento en que éstos ingresan o abandonan el campo que visitan. Más de 4 mil policías se requirieron para cumplir con las labores de vigilancia en el último de estos enfrentamientos (El Universal, 29 de abril de 2011).

Los temores sobre la seguridad en Ciudad Universitaria o el estadio Azteca crecen siempre que el calendario marca el encuentro de estas dos escuadras, en especial ante los antecedentes de violencia entre ambas barras, los cuales incluyen batallas campales en los túneles de acceso a los estadios, así como pedradas a los camiones en los que arriban jugadores y cuerpo técnico de los equipos, e incluso los aficionados visitantes. Y aún entonces los directivos tampoco logran controlar los brotes de violencia, y mucho menos, identificar a los responsables de los disturbios dentro y fuera de los recintos futbolísticos.

De este modo, si las riñas entre aficionados o barras bravas de los equipos del futbol mexicano no son restringidas, no parece justo que las autoridades del futbol exijan el control de los alrededores de un estadio. ‘Lavar la ropa sucia en casa’, como dice la célebre expresión, es primero.

Por supuesto, no puede pedirse a la Femexfut el control total de una situación que, por sus implicaciones, toca prevenir y combatir al gobierno. Pero aún hay asuntos pendientes que, al igual que cualquier balacera, ponen en peligro la integridad física y psicológica de los futbolistas y los hinchas que asisten a verlos jugar. Ello porque, si bien hoy se habla del máximo circuito del futbol mexicano profesional, hay ejemplos que hacen pensar en que todavía se está lejos de controlar esta problemática. La división de ascenso, por ejemplo, presenta mayores y peores problemáticas. Tan sólo en plazas como León, La Piedad o Irapuato, que si bien fueron alguna vez de primera división, se practican estrategias extremas.

Para la penúltima final de ascenso, entre Tijuana y el Club Irapuato, se determinó no dar boletos a las porras visitantes para evitar brotes de violencia entre éstas. Como justificación de esta medida, se expuso lo ocurrido una semana antes con los aficionados de León, quienes frustrados por la eliminación de su equipo, invadieron la cancha del estadio Sergio León Chávez y destruyeron parte de la zona de tribunas, además de rejas y bancas del terreno de juego, al punto de obligar un operativo de grandes proporciones por parte de la policía municipal de Irapuato.

En aras de proteger el producto que representa el futbol para los dueños y directivos mexicanos, se requiere de implementar estrategias preventivas para estos eventos. La educación del público asistente para mantener comportamientos respetuosos con el aficionado contrario –que nunca enemigo– y con aquellos que asiste a alentar son igualmente necesarios, en especial al solicitar el engrosamiento de los procedimientos de seguridad a las afueras de los estadios.

Así, si éstos desean que el público no se aleje de las tribunas a raíz de los hechos en Torreón, se requieren tácticas integrales que mejoren la situación general de aficionados, directivos y futbolistas profesionales. No sólo se trata de exigir seguridad a las autoridades, puesto que la integridad del público también depende de los encargados del interior de los recintos deportivos. Y por ello, es inevitable exigirles que cumplan con su parte.

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