Santa Fe Indian Market: Entre la artesanía y el arte


Francisco Javier Montaño

Aquí, las pieles blancas vienen a ver a las rojas. Durante el tercer fin de semana de agosto, los blancos de todo el país vienen a admirar las maravillas que los nativos americanos han esculpido, pintado, modelado, trabajado por siglos. Cada puesto tiene a su adusto vendedor silencioso, que se limita a informar a la clientela sobre los precios de los productos que ofrece: desde enormes osos de madera Sioux hasta pinturas de una familia de la antigua nación Navajo. La diversidad sobra, como también sobra el dinero y el renovado interés por las culturas originarias, ésas que son “el verdadero Departamento de Seguridad Interna, desde 1492”, como puede leerse en algunas playeras. Esto es el Mercado Indio de Santa Fe.

El premio a la habilidad

¿Mercado Indio? No, los indios no acuden a intercambiar alimentos, piedras o telas. Los blancos van a comprar lo que los indios pintan, tallan, modelan o esculpen. ¿Cómo funciona el mercado, entonces?

“Esto, amigo, es como coleccionar tarjetas de beisbol: tú intercambias las que te sobran y buscas con tus conocidos las que te faltan; algunas veces hasta se las compras; por ésta me han ofrecido hasta 25 mil dólares”, dice Adrian Nasafotie, un indio Hopi a cuyo puesto los asistentes se acercan para elogiar lo que hay en la mesa: una representación de la danza Hopi para invocar la lluvia.

Las interpelaciones de los asistentes nada tienen que ver con el significado real de la escultura sino con el precio, la habilidad del escultor y el número de compradores que están interesados en semejante obra de arte: “Qué precioso trabajo”, “¿Cuánto cuesta esta maravilla?”, son las dos frases que más se oyen.

“I’m from New Jersey, and all these things are very exotic for me”, comenta extasiada una mujer de mediana edad, mientras contempla lo que hace unos momentos ha llamado “un excelente trabajo”, como si se tratara de hacer labores de carpintería.

Así funciona el Mercado Indio, el más grande de Estados Unidos, el que convoca a representantes de todas las tribus y naciones que siguen vivas: con el simbolismo reducido a manualidad, artesanía, artefacto desprovisto de historia, tradición y –hay que decirlo- opresión.

Aquí las naciones indias parecen aprovechar el interés de los blancos para ganar dinero. “Estos abanicos aún los usamos en mi pueblo (se le llama ‘pueblo’ a toda población indígena), aunque no son tan coloridos ni elaborados; los hacemos así para que los blancos los compren”, afirma John, un Navajo que ha venido desde Utah para hacer, según dice, el negocio del año.

¿Esto es lo último que ha quedado de las 542 naciones nativas que alguna vez poblaron Norteamérica? ¿Las culturas nativas han quedado reducidas al nivel de mercancías dentro de este esquema capitalista en el que, a pesar de todo el respeto y admiración hacia lo nativo, los blancos siguen siendo quienes poseen los recursos?

No, afortunadamente no. La capital de Nuevo México también ofrece alternativas que revaloran formas discursivas reprimidas e ignoradas durante poco más de tres siglos. El Museo de Arte Indio Contemporáneo exhibe las obras de artistas indios que muestran mayor preocupación por su cultura.

Es el caso de Last Supper (nada que ver con Da Vinci, por cierto), una colección de platillos moldeados de azúcar, grabaciones y estadísticas recolectadas por la artista Maxx Stevens que apunta hacia los devastadores efectos de la diabetes en las culturas nativas, tres veces más propensos a contraer la enfermedad que sus pares de raza blanca.

The Last supper (Foto: Contratiempo)

Seamos justos: en el Mercado Indio no toda imagen es el estereotipo del blanco que no entiende –ni se esfuerza por entender– a lasa culturas diferentes. Si bien avanzan lento, los blancos también se esfuerzan por apreciar la diversidad. Quien diga lo contrario puede ver “Fill in the blank” (Llena el espacio), un espacio que trata de reivindicar, más que a los oprimidos, a los opresores, una actividad en la que el espectador puede resignificar uno de los monumentos que más vergüenza le da a la ciudad de Santa Fe, un monumento a los héroes caídos en la lucha contra los indios (salvajes, es la palabra que se ha borrado) en el territorio de Nuevo México:

Fill in the blank: "A los héroes nativos (RIP) caidos en batalla contra los blancos salvajes en el territorio de Nuevo México" (Foto: Contratiempo)

¿Cómo negar, pues, que el entendimiento y la convivencia de las diferencias sí es posible? El cambio va lento, muy lento, casi como la señora neoyorkina que recorre pesadamente el Indian Market, regocijándose con estas “preciosuras” que en palabras de Adrian Nasafotie son sólo tarjetas de beisbol. El cambio va lento, muy lento; pero al fin y al cabo, va.

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