Ensayo


¿La mujer se emancipa?

Por Zedryk Raziel

En una publicación de 1878, el pensador español Manuel de la Revilla aseguraba que su siglo era “el más humanitario de todos, a pesar del ‘grosero positivismo’ que le echan en cara los defensores de edades pasadas, que para nada se cuidaron de la humanidad, ni por ella sintieron amor alguno”.[1] Sin duda, De la Revilla habría estado aún más convencido de la incontable “humanidad” del siglo XIX si le hubiera sido otorgado adivinar el porvenir del mundo: en su recorrido por los muertos que dejaron las guerras del siglo XX y algunas del siglo XXI, el historiador Giovanni de Luna contabilizó 54 conflictos bélicos entre 1900 y 1993.[2] No es que De Luna pretendiera llegar a una frívola cifra, al mero cómputo del cadavérico resultado de la Guerra; de hecho, su objeto de estudio fungió también como instrumento: para el historiador, el cuerpo del enemigo muerto se transformaba en “documento para conocer a quien lo mató”.

En el examen que realizó sobre su época, Manuel de la Revilla, en un tono irónico, decía que su siglo estaba “penetrado” por un amor y una caridad tan excepcionales hacia los hombres, al punto de que a menudo lo conducían “a las mayores exageraciones. Para todo ser que sufre y llora hay en esta época amor y simpatía: el niño, la mujer, el proletario, objeto son de su atención y sus desvelos”, decía De la Revilla. Todo el preámbulo sobre la bondad del siglo XIX con que inaugura su artículo –titulado “La emancipación de la mujer”–, le sirvió a De la Revilla para plantear sin reservas su tesis original: era injustificada la causa de los que buscaban la igualdad absoluta de los hombres. No era posible igualar a hombres y mujeres porque “la desigualdad es ley fundamental de la naturaleza. […] cada individuo tiene una función propia que cumplir”.

El positivismo, “ciencia natural de la sociedad” que sirvió a la comprensión de los problemas de las sociedades occidentales, gozó de su poderoso auge en Europa a lo largo del siglo XIX. Surgido tras el triunfo de la Revolución Francesa, el positivismo, bajo el discurso científico, buscaba consolidar el statu quo a través de argumentos que apelaban a las leyes de la naturaleza, entendidas como fuerzas ineluctables que determinaban una organización social específica, de jerarquías infinitas.

Hijo de su época (o más bien: afectado por la objetividad de las estructuras sociales y la subjetividad de las estructuras mentales, como dice Bourdieu), De la Revilla, así como muchos de sus colegas, aseguraba que las leyes naturales (selección natural, herencia, adaptación) obraban también sobre los sexos humanos. “La mujer es débil –afirmaba el pensador–. Más pequeña que el hombre, de formas suaves y redondeadas, de desarrollo muscular escaso, de nervios muy impresionables, expuesta constantemente a la anemia y al histerismo, sujeta a pérdidas periódicas de fuerza y encargada de funciones reproductoras que debilitan su organismo, la mujer parece nacida para la pasión, como el hombre para la acción.” Y como la “organización intelectual y moral” dependía de la organización física, la mujer era menos inteligente que el hombre (pues su cráneo era más pequeño), era receptiva y pasiva y no creadora (el hombre nacía para la creación), no comprendía lo abstracto –“rara vez profundiza y reflexiona”– y era dueña de una fantasía y un sentimentalismo poderosísimos –atributos en los que la sociología positivista concedía la superioridad femenina–.

“Hablar, pues, de igualdad tratándose de hombres y mujeres, es dar prueba de desconocer por completo las leyes de la naturaleza” –magister dixit. Puestas así las cosas, la emancipación femenina, misma que presupone una servidumbre con respecto del hombre, ¿tendría razón de ser?

La dominación masculina

La alusión inicial al violento siglo XX, en oposición al exageradamente bondadoso siglo XIX, tiene una sólida razón. El pasado 8 de marzo, tanto innumerables organizaciones feministas, como mujeres y hombres partidarios de la causa, festejaron el centenario del inicio de la “reivindicación de la mujer”. Inaugurado en 1910, el Día Internacional de la Mujer representa un movimiento que busca “la igualdad y la emancipación de las mujeres”. Sin embargo, haciendo a un lado los logros alcanzados en cuestión de derechos civiles, políticos y sociales, la causa feminista considera que “la plena igualdad con el hombre sigue siendo un objetivo pendiente[3]. Superado por nuevas perspectivas sociológicas el discurso positivista, ¿por qué, a cien años de la institucionalización del movimiento feminista, no ha sido posible alcanzar el objetivo máximo de la igualdad?

Probablemente el siglo XIX fuera menos belicoso, menos cruento que el XX, pero definitivamente no menos violento. Un gran mérito de la sociología de la segunda mitad del siglo XX fue dar cuenta de la silenciosaviolencia simbólica. En su ensayo La dominación masculina, el sociólogo francés Pierre Bourdieu descarta que “el orden de las cosas” sea un orden natural inmodificable (¡ah!); según él, no es sino una construcción mental que a los hombres les garantiza la plena dominación, puesto que las víctimas de ese orden, las mujeres, lo han asumido como su propia visión del mundo, “aceptando inconscientemente su inferioridad”.

Dice Bourdieu que la legitimación del dominio masculino es resultado del aprendizaje de la cultura, proceso en que “se aprehende al mundo social y a sus divisiones arbitrarias como naturales, evidentes, ineluctables”[4]. Se construye y nutre, así, la doxa: aquello que es convenido –por tanto indiscutido– y, en la práctica, fortalecido. El individuo constantemente confirma y legitima el “sistema mítico-ritual” de la dominación masculinausando las mismas prácticas que dicho sistema determina y permite. Esto es así, porque tal sistema es una institución inscrita desde hace milenios, por un lado, en las “relaciones sociales de dominio y explotación que se han instituido entre los sexos”, y por el otro, en las mentes de los sujetos, “bajo la forma de los principios de división que conducen a clasificar todas las cosas del mundo y todas las prácticas según distinciones reductibles a la oposición entre lo masculino y lo femenino”[5], oposición que proviene de su inserción en un sistema de pares de opuestos del tipo: alto/bajo, identro/fuera, adelante/atrás…

El punto neurálgico del dominio masculino está en el hecho de que, como todo poder, éste requiere de una dimensión simbólica: debe conseguir que los dominados se adhieran, pero no como fruto de la “decisión deliberada de una conciencia ilustrada”, sino de la “sumisión inmediata y prerreflexiva”. Al incorporar las relaciones de poder entre los sexos bajo la forma mutada de un conjunto de pares de opuestos (alto/bajo, grande/pequeño) que funcionan como categorías de percepción (“pensamiento impensado”), los dominados construyen esas relaciones de poder desde el mismo punto de vista de los que afirman su dominio, haciéndolas parecer como naturales[6]. Si, como afirma Bourdieu, “la relación de dominio [es] con frecuencia inaccesible a la toma de conciencia reflexiva y a los controles de la voluntad”[7], queda claro que algunas “tomas de conciencia” lo son sólo en apariencia, cuando en realidad son resultado de la actualización inconsciente de las prácticas que determina y legitima la propia institución del dominio masculino. Juzgo que un ejemplo de ello se encuentra en el arte “femenino”, “feminista” o “de mujeres”, espacio en el que muchos observan un apogeo de la representación crítica de la condición de la mujer.

Alguien pregunta: “¿arte, para qué?”

Es un hecho que, a partir de finales de los años sesenta, en un periodo inundado por conflictos políticos y actitudes intelectuales subversivas, el arte empezó a preocuparse por la situación de la mujer en su relación de desigualdad con el hombre.[8] ¿Pero el ejercicio de ese arte contribuye ciertamente a la emancipación del sexo femenino, tanto en su discurso (lo que narra) como en sus recursos (técnica, punto de vista)?

Cuando menos en literatura, la forma más eficaz de actualización del mito de la dominación masculina consiste en hablar de una “literatura femenina”. De acuerdo con la escritora chilena Erna Pfeiffer, tal término designa aquella literatura escrita por mujeres, sin importar ni el punto de vista ni el género que asuma. La actualización del mito subyace en la presencia de otro poder estructurante, igualmente subrepticio y aun retórico: el lenguaje, instrumento de conocimiento y de comunicación. Así como el término “hombre” no sólo designa al sujeto varón sino a todo el género humano (el género masculino es sinécdoque de la Humanidad), al adjetivar la literatura se alude a una parte de un todo; es decir –explica Pfeiffer–, hay una totalidad, la llamada creación literaria en general, que  no lleva el signo de lo femenino y que, en ausencia de éste, lleva el de su contrario, el de lo masculino. La literatura, como totalidad, es la literatura masculina.[9]

¿Emancipación? (Rafal Olbinski)

La distinción entre “lo femenino” y “lo masculino”, en literatura, es aún demasiado vigente como para que Gérard Genette afirme que nuestra lectura de un libro no es la misma si estamos conscientes de que ha sido escrito por una mujer y no por un hombre. Según Pfeiffer, la literatura femenina ciertamente posee “calidades femeninas”: resulta sentimental, intimista, “tal vez un poco palabrera”, coloquial y muy autobiográfica. Así, no es injustificado que Santos Alonso, a propósito de la publicación de Mujer de aire, novela de Enriqueta Antolín, afirmara –con un dejo de decepción a la vez que de cierta satisfacción con respecto a la literatura femenina–: a las mujeres “se les ha brindado la carnaza […] de su intimidad dolorida y turbulenta en el enfrentamiento con un mundo gobernado por los hombres”.[10]

¿A quién se refiere Alonso cuando escribe: “a las mujeres se les ha brindado…”? ¿Quién les ha otorgado el favor de tomar al arte como presunto espacio de vindicación? Sin duda, en el hombre permanece arraigada la idea de que gracias a su propia permisividad, la mujer ha conseguido su avance hacia el igualitarismo. Y, sin embargo, el arte no ha contribuido sustancialmente a este propósito, por la sencilla razón de que la “creación femenina” utiliza, para la producción artística, las mismas herramientas y tendencias que, milenariamente,naturalmente, han sido “propiedad” de los hombres. La mujer, entonces, no ha dejado de confirmar y legitimar la institución del dominio masculino, pues realiza las mismas prácticas que tal institución determina y permite, como asevera Bourdieu.

Mujeres “literarias” como Madame Bovary, Ana Karenina, Dulcinea y La Maga, todas ellas inventadas por escritores masculinos, indudablemente comparten “calidades femeninas” como sentimentalismo, intimismo y coloquialismo. Sin embargo, lo que hoy resulta bien visible –a ojos de la aún vigente dominación masculina– es que aquellos escritores inventaron la posibilidad de representar a la mujer con tales características. A lo largo de la historia de la literatura, otros creadores varones han confirmado esa concepción como verdadera. En la actualidad, la mujer ha continuado con la legitimación del mito, al representar lo femenino del mismo modo como se ha hecho “naturalmente” en literatura (sin adjetivación). Mientras que la crítica aplaude a la mujer sentimental e intimista creada por un varón, menosprecia a esa misma mujer si ha sido creada, claro, por una mujer (el caso de Santos Alonso es representativo).

Entonces una pregunta es inevitable. ¿Es imposible, pues, la emancipación del sexo femenino? No soy capaz de resolver la cuestión. No sé si sea posible mostrarse contrario a la retórica de la dominación masculina sin hacer uso de “su propia sintaxis”.[11] No obstante, juzgo que existe, quizás, una vía para hacer del arte un auténtico espacio de vindicación de la mujer. De acuerdo con María Carmen Vidal, en nuestra posmodernidad, caracterizada por la cultura hedonista del consumo que estimula los deseos inmediatos, el individuo está afectado por “una mezcla de pesimismo político y cultural, de indiferencia lúdica y juguetona. El yo es tolerante, escéptico, permisivo, pragmático, abierto, tardo-liberal”.[12] ¿Podría entenderse este espíritu –del cual, con certeza, el hombre se cree único acreedor– como una oportunidad para el arte femenino como un medio hacia la magnífica emancipación? ¿Podría, de algún modo, aprovecharse el escepticismo, la apertura, la indiferencia general (generalmente masculina) como un invaluable momento para que el arte femenino, divorciado de las pautas dominantes, encuentre y aproveche renovadas maneras de vindicar la emancipación de la mujer? ¿Está dispuesta la mujer a pasar inadvertida durante cierto tiempo (lo que dure la “tolerancia” de la época), para después reaparecer con una herramienta –el arte– realmente igualitaria, misma que le servirá en su máxima causa por la justa igualdad?

 

Referencias

  1. Erna Pfeiffer, “Reflexiones sobre la literatura femenina chilena”, en Karl Kohut y José Morales Saravia (eds.), Literatura chilena hoy. La difícil transición, Frankfurt, 2002.
  2. M. Carmen Vidal, La magia de lo efímero: representaciones de la mujer en el arte y literatura actuales, Universidad Jaume I, España, 2003.
  3. Manuel de la Revilla, “La emancipación de la mujer”, Revista Contemporánea [en línea], año IV, núm. 74, Madrid, 30 de diciembre de 1878, Dirección URL: www.filosofia.org/hem/dep/rco/0180447.htm
  4. Manuel Rodríguez Rivero, “Somos como matamos”, Revista de Libros [en línea], núm. 132, diciembre de 2007, Dirección URL: www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=1772
  5. Radio FMBolivia.net, Dirección URL: www.fmbolivia.net/noticia10403-hace-100-aos-empez-la-reivindicacin-de-la-mujer.html
  6. Pierre Bourdieu, La dominación masculina [versión PDF]. Extraído de: Dirección URL:www.quedelibros.com/libro/63265/La-dominacion-masculina-libro-completo.html
  7. Santos Alonso, “De mujer a mujer”, Revista de libros [en línea], núm. 6, junio de 1997, Dirección URL:www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=3734

 


[1] Manuel de la Revilla, “La emancipación de la mujer”, Revista Contemporánea [en línea], año IV, núm. 74, Madrid, 30 de diciembre de 1878, Dirección URL: www.filosofia.org/hem/dep/rco/0180447.htm

[2] Manuel Rodríguez Rivero, “Somos como matamos”, Revista de Libros [en línea], núm. 132, diciembre de 2007, Dirección URL: www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=1772

[3] “Hace cien años empezó la reivindicación de la mujer”, Radio FMBolivia.net, Dirección URL:www.fmbolivia.net/noticia10403-hace-100-aos-empez-la-reivindicacin-de-la-mujer.html

[4] Pierre Bordieu, La dominación masculina [versión PDF], p. 4. En el proceso de aprendizaje de la cultura, participan, además de la familia, instituciones como la Iglesia, la Escuela y el Estado, “responsables en último término de la dominación masculina”.

[5] Íd.

[6] Ibíd., p. 6.

[7] Ibíd., p. 7.

[8] M. Carmen Vidal, La magia de lo efímero: representaciones de la mujer en el arte y literatura actuales, Universidad Jaume I, España, 2003, p. 46.

[9] Erna Pfeiffer, “Reflexiones sobre la literatura femenina chilena”, en Karl Kohut y José Morales Saravia (eds.), Literatura chilena hoy. La difícil transición, Frankfurt, 2002, p. 67.

[10] Santos Alonso, “De mujer a mujer”, Revista de libros [en línea], núm. 6, junio de 1997, Dirección URL:www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=3734

[11] M. Carmen Vidal, op. cit., p. 31.

[12] Ibíd., 29-30.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • "Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos." E. Galeano

  • "Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte." J.Cortázar
  • "No hay necesidad de fuego, el infierno son los otros." J.P. Sartre
A %d blogueros les gusta esto: