Entrevista


Por Josué Lugo

Orlando Zavala: ingeniero del alma

“La poesía es un arma del pasado, del presente y futuro, ayuda a enfrentar la vida; ¿cómo?, mediante la sensibilización del lector, lo envuelve, lo lleva por su camino y puede persuadirlo”, tercia Orlando Zavala, miembro del consejo editorial de la publicación “Burdel de Letras”. En tanto, sus manos llegan lentamente a la mesa blanca que se encuentra frente a él; sobre ésta, una taza de café (le gusta mucho el café) y un cuaderno. Sus respuestas son lentas, certeras, muy bien pensadas. Cuando se concentra mira al cielo, cuando duda mira la mesa, cuando bromea mira hacia el frente.

A lo lejos parecería un sujeto cualquiera; ojos adormilados, cabello rasurado, de estatura media, -1.70 aproximadamente-. Estudiante, obrero, obrero, estudiante, podría pensarse que se dedica a cualquier oficio, menos al de escribir. Camisa a cuadros, pantalón de mezclilla gastado y botas negras que según refiere, “siempre lo acompañan.” La vida no le preocupa, esto se evidencia, desde que se le ve y hasta que se le trata.

Ingeniero poeta, poeta ingeniero, estudia ingeniera civil en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A sus 21 años reconoce que Vicente Leñero fue su inspiración y el libro de Los albañiles le mostró la forma en cómo se debe hablar con los demás, la capacidad  para  entablar una conversación con cualquier tipo de personas, y en un caso más concreto, la posibilidad de impactar mediante la obra artística en el policía, arquitecto, estudiante y albañil.

Érase una vez.

Empezó a escribir en cuarto semestre del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), cuando -le cuesta recordarlo-, tenía entre 15 o 16 años. Su rostro oscila entre la duda y el desconcierto, parece afectarle a su memoria el tiempo transcurrido, los versos escritos, los autores leídos, los poemas publicados.

El juego con sus manos es permanente, desde que inició la entrevista, mueve sus dedos y hace que la mesa suene, suene y vuelva a sonar. Ante el silencio que invade el cuarto no es difícil desconcentrarse, pero al ritmo de su historia y al calor de sus palabras, la sesión sigue en orden; amena y dinámica, las preguntas se abocan hacia los inicios del ingeniero, del ingeniero poeta, quiero decir. Alza las cejas, sorpresivamente cesa el movimiento de sus manos, y profiere:

“¿Cómo empecé? Me acuerdo que ese día tenía tarea de filosofía, leía y leía, pasado cierto tiempo saqué mi cuaderno y escribí todo lo que sucedía a mi alrededor. Estaba en la azotea, veía el paisaje, la ciudad, escribía por automático, sentía lo que estaba a mí alrededor, lo plasmaba en el texto. Al final el escrito no me gustó, lo rayé y lo abandoné. Fue una buena etapa en mi vida, leía mucho, sacaba un libro y en dos días me lo echaba, eso me ayudó en demasía para la escritura de textos, de mis primeros textos”.

La política en los nuevos escritores.

“Veo difícil escribir política literariamente, para hacerlo hay que saber historia de México, historia mundial, corrientes políticas; los jóvenes actualmente estamos desorientados, no nos informamos, o nos informamos mal, mediante medios de comunicación que manipulan la verdad”, refiere el escritor, al tiempo que sus manos descubren un nuevo pasatiempo: jugar con una naranja (Orlando es de manos inquietas), la pasa de una mano a otro sin dejarla caer. ¿De dónde salió la fruta? Quién sabe, quizá Venus o Apolo lo sepan, aunque considerando el agnosticismo de Zavala, será difícil determinarlo.

Un hueso de la naranja yace tirado sobre la mesa, el mantel blanco se ha ensuciado,  a Orlando no le importa, la excavación de huesos continúa, saca otro y otro, -hasta ser cuatro-,  los acomoda en círculo sobre la mesa, cabe recalcar que dichas acciones las emprende sin olvidarse de parlar. El joven acota: “No es forzoso incluir política en la literatura, pero sí se puede, tal como lo hace Vargas Llosa”.

Tuerce su cuello, hacia el lado derecho, hacia el lado izquierdo, vuelve  a su posición original, una vez acomodadas las ideas y al ser cuestionado sobre los motivos por los que los literatos jóvenes ya no tienen interés en la política, menciona:

“Los tiempos cambian, hoy ya no hay una efervescencia política como la de los sesentas donde había más represión, la sociedad  se ha abierto un poco más, no es necesario decir que nos reprimen pues ya  no estamos tan reprimidos, esto en comparación con los lugares donde antes lo estaban (se refiere a los sesentas), ya nos interesan más otras cosas: las computadoras, el internet, la vida misma. Hay menos ambición de los jóvenes por cambiar esta sociedad, somos felices con nimias cosas: reggaetón, novelas, todo esto como producto de la desideologización”.

Ha dejado en paz los huesos de naranja y se ha concentrado totalmente en las preguntas, el mantel blanco y sus manos parecen ser uno mismo, la tranquilidad es más que profunda; sin dedos que golpeen la mesa o juegos del entrevistado, el silencio otorga a la noche un clima de serenidad. Da un sorbo a su café. Presta atención al próximo cuestionamiento:

J: ¿Qué opinas de los literatos que dieron la vida por causas sociales en los sesentas?

Con toda calma y con una mano sobre su barbilla indica: “de acuerdo con la época son héroes, sintieron tanto la debacle política y cultural que dieron su vida por la causa, finalmente el cambio se dio, sobre todo en el ámbito cultural”.

J: ¿Estás de acuerdo que el Nobel de literatura se otorgue primordialmente a escritores encauzados a lo social?

OZ: Sí, estoy de acuerdo. Los críticos del premio Nobel quieren legarnos textos que sirvan a esta sociedad, que aporten algo, no tanto por el placer, como Borges o Cortázar, sino por la sociedad, por el mundo.

La inspiración es casi todo

Toma su café; uno, dos, tres, tres segundos, vuelve a colocarlo en la mesa. Hace una cara de aprobación, mira hacia al frente, su vista se pierde por medio segundo (mirada tan atemporal como sus palabras), no encuentra algo en que entretenerse, dónde colocar sus dedos, donde desperdigar su nerviosismo -o alegría, tal vez-.

Al preguntarle sobre los temas a los que los literatos jóvenes se dirigen en la actualidad, Orlando contesta: “son muy variados, no dependemos de una sola cosa, escribimos lo que nos pasa, no hay un fin fijo, hablamos de la noche, la soledad, la luna. Depende el momento, el lugar, el estado de ánimo”.

“Para mí la inspiración es casi todo, son importantes las reglas, pero la inspiración es más importante”. Su tono de voz se alza ligeramente, sus ojos denotan un brillo inusual, diferente al que tenían cuando llegó. Prosigue: “aunque escribas mal, pero si logras expresar lo que quieres,  si alguien más lo entiende, vale mucho más que ponerle miles de elementos técnicos”.

Disfraces de ámbar

Disfraces de ámbar es una muestra clara de lo que digo, ese texto se lee y parece incoherente, en él escribo todas las imágenes que vi durante un recorrido de un día cualquiera; voy caminando y percibo el olor de una chica, la lluvia, la ventana, el baño, la música, cuando estás inspirado te  puedes ir… (risas) Te vas y empiezas a escribir, no te importan las reglas”, menciona Orlando al ejemplificar sus palabras de inspiración.

Disfraces, no más que eso, masturbación inocente y cálida: Risible. Oblea de compromiso, de impuntualidad y deseo. ¿Por qué criticas lo que no entiendes? Un elefante no reniega de sus orejas, ni las uñas de sus dedos.
En un parpadeo: Vacío. En un parpadeo: Senos. Risas, impresiones; pero duele en el fondo y ningún oboe nos alivia; solo una charla. Miro y callo; huelo y hablo. Una sí, una no; alternando el tiempo para no despeinarse, para no perder el brillo de los ojos. ¿De qué te sirve si no recuerdas? Almidones extraviados en busca de su rumbo, del rumbo ortogonal de la luz. De nada sirve: Es solo un día más en la vida, un esbozo de tiempo tratando de no ser remembrado. Un ciego en busca del migajón perdido, del escarabajo azul que sacie su sed de luz. Vaho de león depurante (…)

El placer de la poesía

Una vez me preguntaron que desde cuando escribía, contesté: “jamás he empezado y jamás voy a terminar”, acota Zavala, bebe café, talla su ojo, se estira. El silencio (tan característico en esta entrevista) se mantiene, a excepción de cuando los perros ladran y el teléfono se escucha muy lejos.

J: ¿Qué se necesita para ser poeta?

OZ: Lo único que se necesita es sensibilidad, sin sensibilidad no tienes nada, con esto me refiero a ser sensible ante el mundo, que el encuentro con una mosca no sea un evento común y corriente, apreciar el detalle más mínimo, eso es sensibilidad. No sirve saber todas las reglas si no existe sensibilidad.

J: ¿El artista siente más que el “no artista”?

“Suena alevoso” -suelta una tremenda carcajada-, cavila muy bien lo que va decir, tras un breve tiempo las palabras llegan (como concedidas por el Dios Dionisio) y evoca: “un beso nos llega más, igual y es algo tonto generalizar, no sé lo que los demás artistas sienten, pero esa sensibilidad para apreciar el mundo influye demasiado”.

Su café se acabó. Coloca sus manos en su nuca, se estira una vez más. Vuelve a golpear la mesa, sus pensamientos se vuelcan hacia otra parte, es claro que a Orlando le gusta la soledad, la tristeza, aduce que se siente bien con ella, es parte de su modus vivendi.

J: ¿Para qué le sirve al individuo la poesía?

“La poesía proporciona mucho placer; al leerla cada frase es una imagen, es una identificación. Quien la lee se siente identificado, lee una frase y dice ‘eso yo también lo sentí, tanto tiempo he tratado de decir esto y él lo ha dicho en un renglón’, materialmente la poesía no deja nada, pero confiere un gran placer”.

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